Septiembre de Alejandra Pizarnik

Este mes se llevó a una de las grandes poetisas surrealistas del siglo XX, cuya obra es una de las más intensas de la literatura argentina.

Por Victoria Briccola

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Ojala Alejandra hubiese sido recibida de la misma forma que lo es ahora. Ella y sus letras, ella y sus escritos. Por el contrario, durante mucho tiempo la poesía de Flora (como también se hizo conocer) era considerada revulsiva e hiriente y producto de la locura.

Las principales temáticas abordadas en su prosa era el sentimiento de la inadecuación del lenguaje para expresar al mundo y a su vez, la inadecuación del mundo con respecto a nuestros deseos más profundos. Es decir, que había en Alejandra una continua desconfianza y temor en el lenguaje y al mismo tiempo una capacidad extraordinaria y un excepcional manejo del mismo para decir realmente lo que nos pasa.

Nació en el seno de una familia de inmigrantes rusos que perdió su apellido original, Pozharnik, al instalarse en Argentina. Fue en 1936, durante la década infame argentina, un 29 de abril en Avellaneda.

Cursó estudios de filosofía y periodismo, carreras que no terminó, y se formó como artista de la mano del pintor surrealista Batlle Planas.

La imagen que debía dar una chica joven de la clase media argentina distaba mucho del perfil de Alejandra. Por un lado el imaginario social apuntaba a un prototipo de adolescente ligado al recato, a la discreción, a la buena conducta, a la aplicación en los estudios, a una feminidad típica y conservadora, a un lenguaje educado y carente de groserías, a la habilidad para la cocina y otras tareas del hogar.

No obstante, Alejandra se rebelaba ante lo que su familia y la sociedad esperaban de ella a través de su forma de comportarse y de vestirse. Se convirtió en una adolescente desvergonzada, que vestía con ropas estrafalarias y fumaba a escondidas.

Pero pese a todas sus diferencias con el resto de personas, tenía grandes inquietudes intelectuales y una inteligencia superior, reflejada en el interés por la literatura, la filosofía y la psicología.

Su obra vislumbra siete poemarios: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971). Escribió un diario personal desde los 18 años de edad hasta los últimos días de su vida y que se publicó luego de su muerte.

Fue considerada una referente del feminismo. Contaba que sentía “un entrañable calor que me abriga cuando el mundo me golpea”, y que ese calor era “el de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero“.

En París vivió con hombres y mujeres. Allí trabajó para la revista Cuadernos y para algunas editoriales francesas; tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Césaire e Yves Bonnefoy; estudió historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. Se hizo amiga de Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz. Este último le escribió el prólogo de Árbol de Diana (1962), su cuarto poemario.

Pero justo en su momento más asfixiante, cuando Alejandra no se sentía más refugiada en el lenguaje, se ofreció a la muerte. Sucedió un fin de semana cuando había salido con permiso del hospital psiquiátrico donde se encontraba a raíz de un cuadro depresivo.

Se suicidó a los 36 años, con 50 pastillas de Seconal, el 25 de septiembre de 1972. En la pizarra de su habitación, varias anotaciones y en el centro, bien abajo, tres versos: “No quiero ir / nada más / que hasta el fondo”.

 

Cenizas – “La última inocencia” (1956)

La noche se astilló de estrellas

mirándome alucinada

el aire arroja odio

embellecido su rostro

con música.

Pronto nos iremos.

Arcano sueño

antepasado de mi sonrisa

el mundo está demacrado

y hay candado pero no llaves

y hay pavor pero no lágrimas.

¿Qué haré conmigo?

Porque a Ti te debo lo que soy

Pero no tengo mañana

Porque a Ti te…

La noche sufre.

 

Foto: https://bit.ly/2xDunnF

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