El último cumpleaños de mamá

Suena el celular. Te despertás sobresaltado. Vas a atender, pero recordás que es la alarma. Son las siete de la mañana. Volás a Montevideo. Tu madre cumple años. Otra vez. Los cumpleaños de tu madre te parecen muy seguidos. Puteás. “No voy y listo”, pensás y, entretanto, te levantás, vas al baño, prendés un pucho, el humo se te mete en el ojo, llorás.

Tardás en afeitarte, te cuesta pero te gusta. Hasta ahora jamás te hiciste un corte. Antes de salir del departamento te mirás al espejo sin intención de verte. Sólo lo justo, lo propio de un hombre. Comprobás el orden de la ropa, no de las cosas. Todavía no estás acostumbrado. Salís a la calle. Desde hace algunas semanas el pavimento te parece una alfombra de arañas y de hormigas y de cangrejos y de bolillas. Cuando la gente te mira, pensás: “Caminen por donde yo camino y van a ver, carajo”.

No llevás equipaje. Vas y volvés. “Una noche, mamá, el tiempo no me da para más”. Y ella: “Ay, hija, siempre lo mismo, pero claro, yo soy lo último” –suspiro, carraspeo– “si viviera tu hermana…” –quiebre de la voz, silencio, suspiro– “pero bueno, mejor me callo, una madre tiene tantas cosas que callar, claro que vos, cómo vas a saberlo, si nunca quisiste hijos, pero tenés razón, ¿sabés?, total para qué…”.

Esta vez no le compraste nada, porque esta vez es distinta y además porque nunca le gustaron tus regalos. “Para qué quiero yo otro saco, ese libro me dijeron que no es muy bueno, tengo guantes de sobra, qué chinelas delicadas, se van a estropear en una semana, ¿cuánto te costaron?” “Siempre la obsesión de los precios”, pensás mientras pedís al taxista que te lleve al aeropuerto y el taxista te pide que repitas el destino, sobre todo porque quiere escuchar de nuevo tu voz, no está seguro de haber oído bien. Volvés a decirle lo que ya escuchó, esta vez con hostilidad, y el hombre, que observa tus manos con perplejidad, da vuelta la cabeza para adelante y arranca.

Suena de nuevo el celular. Otra alarma. Hora de tomar una pastilla. No te cuesta tragarlas sin agua. Fueron ya tantas. Perdiste la cuenta.

El tumulto del aeropuerto te relaja. Te acercás al mostrador de Aerolíneas con cautela, con una ligera taquicardia. No va a ser fácil. Así las cosas, es la primera vez que volás. Respirás hondo. Vas a intentar hacerlo todo sin hablar con nadie, o al menos eso es lo que planeaste en la primera parte de la noche de ayer, durante un largo insomnio.

Te dirigís a un mostrador en el que hay una mujer. Algo más joven que vos, quizás treinta y cinco. Sacás el documento. La chica te mira, disimula que se da cuenta de lo que ve y pregunta: “¿Va a despachar equipaje?”. Negás con la cabeza. Te devuelve el documento junto a la tarjeta de embarque mientras te sonríe. Una vez en el avión, llamás a tu madre. “Vamos a estar solas”, te dice. “Con tu tía me enojé hace media hora y por mí que la maten, no te lo vas a creer, lo que me dijo…” La interrumpís. Ya te lo va a contar cuando llegues. Sí, sobre las once vas a estar en su casa.

Durante el vuelo intentás imaginar qué cara va a poner cuando te tenga adelante. Hace un año que no se ven. Valoraste la posibilidad de decírselo por teléfono, por carta, de mandarle un pasaje de avión para que te visitara, incluso para que te acompañara los días de hospital. Recordás muy bien la primera y única conversación sobre el tema: “Ni se te ocurra. O sos mi hija o no sos nadie”.

En el aeropuerto te espera una amiga de toda la vida que sí estuvo junto a vos los días de hospitalización. Te abraza. Te dice “qué lindo estás”. Fuman un cigarrillo en el auto. No se te mete el humo en el ojo, pero llorás.

Antes de tocar el timbre te acomodás la camisa adentro del pantalón, guardás los anteojos de sol, te frotás la cara con las manos. Llamás. Oís el taconeo rápido que llega desde el interior. Se abre la puerta. Tu madre te mira de arriba abajo y cierra. Oís el taconeo lento que llega desde el interior. Esperás quieto unos minutos, hasta que ya no se oye nada más. Salís de nuevo a la calle. Ahí está tu amiga, que se quedó por si acaso. Subís al auto. “Vamos”, decís. “Se acabaron los cumpleaños de mamá”.

Flavia Company: (Buenos Aires,1963) escritora, periodista y traductora. Nació en Buenos Aires el 27 de septiembre de 1963. Vive en Barcelona desde 1973. Su obra, que está recogida en varias antologías, ha sido traducida en Francia, Holanda, Brasil, Polonia, Alemania, Portugal, Italia y Estados Unidos. Es licenciada en Filología Hispánica, traductora, periodista, profesora de l’Escola d’Escriptura del Ateneo Barcelonés y de Creación Literaria (cuento) en el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. Crítica literaria en suplementos como Babelia o Quadern y colabora con Página/12.

Foto: Revista Gazpacho

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