Las miradas de Lee Miller

Por: Bárbara Haurie

A los siete años se escapó de la casa para ver cómo funcionaba un tren. A los ocho la violaron: sufrió gonorrea y estrés post-traumático. “Desnuda, háganla posar desnuda para que libere el trauma”, dicen que habría dicho un terapeuta. Y así lo hizo su padre hasta que pasó la adolescencia.

A los 17 se asomó a la ventana de un hotel parisino y se maravilló tras descubrir, detrás de la cortina, cómo era el trabajo sexual de las prostitutas mejor cotizadas de la ciudad.

A los 18 quería suicidarse pero probó con el modelaje: fue portada de Vogue a los 19 años y, a sus 22, la revista cedió una fotografía suya a la empresa Kotex, siendo la primera mujer en dar rostro a una campaña de toallitas.

A esa misma edad, se encaprichó con Man Ray y lo persiguió hasta que la tomó como aprendiz. Después vino el tiempo en el que fueron amantes y ella posó para él infinidad de veces gratis y trabajó ad honorem y revolucionó la fotografía, y realizó descubrimientos geniales como la solarización. Y Man Ray se llevó todos los créditos.

Lee Miller, como comenzó a hacerse llamar en aquel entonces –su nombre parecía de hombre y le gustaba esa ambigüedad- pudo haber sido una enorme actriz -le debemos a Jean Cocteau haberla convencido para actuar en una película suya, La sangre de un poeta– pero prefirió jugársela por la fotografía desde la que ilustró surrealismos enormes hasta que, tras romper con Man Ray, se alejó de París.

Enorme pero ajena, por entonces, se fugó de sí misma corriendo tras aventuras amorosas que la tuvieron de un lado para otro del mapa: de París regresó a Estados Unidos, de Estados Unidos a Egipto, de Egipto volvió a Francia y de Francia a Inglaterra donde, finalmente, se instaló con su pareja de ese tiempo, el pintor inglés Roland Penrose.

Una novedad en el frente

Segunda Guerra Mundial. Reino Unido se levanta contra la Alemania nazi. El director de la Vogue le encarga diversos reportajes centrados en la contribución femenina al esfuerzo de guerra británico. Lee responde a las órdenes y avanza, vestida de soldado, sobre el campo de batalla; el arma, colgada al hombro, es su cámara de fotos. Sigue el reguero de pólvora, camina entre los cadáveres; reversiona la Ofelia de Millais en la fotografía de un soldado que yace sobre el agua. Toma nota, escribe crónicas; abre y cierra el lente, dispara. Hace de la muerte y el horror una poética. Es irónica, potente y explosiva.

El paso de Lee Miller por la guerra constituyó un registro histórico sin precedentes: retrató cadáveres de bebés y de mujeres, víctimas de ataques aéreos; prisioneros torturados y sobrevivientes de mirada famélica; modelos con máscaras anti radiaciones entre ruinas de casas bombardeadas; enfermeras y periodistas. Mujeres que se alistaron a cuerpos militares femeninos y empuñaron armas y pilotearon aviones y murieron. Y fueron olvidadas.

Finalmente, cuando los aliados llegaron al corazón del Tercer Reich y Hitler, todavía vivo, se refugió en su búnker de Berlín, Elizabeth Lee Miller tuvo una revelación: en un acto tan personal como político le pidió al fotoperiodista de The Life, David Scherman, que la fotografiase desnuda como tantas veces había hecho su padre, además de Man Ray y otros amantes, sólo que esta vez, en el departamento del Führer.

“Le sigo contando a todo el mundo que no he malgastado ni un minuto de mi vida; lo he pasado maravillosamente, pero sé, en el fondo de mí misma, que si tuviera que volver a vivir sería aún más libre con mis ideas, con mi cuerpo y con mis afectos”. 1

Lee Miller sobrevivió al suicidio, a la guerra, al alcohol; luchó incansablemente durante siete décadas y se murió tranquila, a los setenta años, en una casa de campo.

El retrato en la bañera

Es el 30 de abril de 1945 y el cuerpo desnudo de Lee Miller exuda los olores de un sitio inolvidable: el campo de concentración de Dachau. Sus botas, al pie de la bañera, dibujan manchas de tierra sobre la alfombra del dictador cuyo retrato, junto a la jabonera, parece acecharla por la espalda. Pero Hitler ya no vive ahí; ni siquiera en Berlín: acaba de pegarse un tiro en la sien.

Lee lo ignora, pero su fotografía será la representación simbólica de una de las muertes más significativas de la historia del siglo XX. En un gesto que coincide con la Venus apoyada sobre la mesada, Elizabeth Lee Miller lleva su mano al cuello y descansa, por fin, la mirada.

  1. Extracto de una carta que escribió a su marido, Roland Penrose, cuando terminó la guerra.

 

“No seré la única reportera en París, pero si la única fotógrafa, a menos que llegue otra en paracaídas”

 

Lee Miller, Nürnberg, April 1945.

Lee Miller, Nürnberg, April 1945.

Lee Miller (segunda por la derecha) con otras corresponsales femeninas.

Cuerpo de la hija del alcalde de Leipzig, Alfred Freyburg, después de suicidarse por cianuro. © Lee Miller 1937.

 

 

Photograph by Lee Miller, June 1944

Lee Miller, “Scharnhorst Boy”, 1945 © Lee Miller Archives, England 2015. All rights reserved.

credits: Lee Miller, “SS Guard in Canal”, 1945 © Lee Miller Archives, England 2015. All rights reserved.

 

Fotos fuente:

https://bit.ly/2xUD8ca

https://bit.ly/2xVo5zb 

https://bit.ly/2Of5Q1K 

https://bit.ly/2QjamtB 

https://bit.ly/2xW42R7 

https://bit.ly/2xJySgr 

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