La invención de Lamarr

La mujer detrás del Wifi y el BlueTooth

Por Bárbara Haurie 

 

Corre el año 1990. El periodista Fleming Meeks está escribiendo un artículo en la redacción de Forbes cuando suena el teléfono; su padre, un astrofísico del MIT, le cuenta una historia increíble sobre una actriz de cine que, aparentemente, había revolucionado el mundo de las telecomunicaciones en la década del ‘40. Fleming busca en su agenda, marca el número y graba; expulsa los cinco cassettes de su reporter y escribe: “Hedy Lamarr”. Las cintas, olvidadas en una papelera azul del Barron’s Magazine de Nueva York, saldrán a la luz veintiséis años después, cuando Alexandra Dean se decida a rodar el documental Bombshell: The Hedy Lamarr Story

Quiero vender la historia de mi vida a Ted Turner porque es increíble. Contrario a lo que piensa la gente, los cerebros de las personas son más interesantes que las miradas”, decía Lamarr en una de las cintas. Tenía 76 años y su vida, surcada por la vejez y las cirugías estéticas, no tenía más papeles que ofrecer.

Había nacido en Viena, un 9 de noviembre de 1914. El matrimonio burgués formado por el banquero y la pianista -ambos judíos secularizados-, esperaba la llegada de quien sería su único hijo abrigando el deseo de llamarlo George, por lo que Hedwing Eva María Kiesler significó una decepción.

Antes que la belleza, manifestó el ingenio: tenía cinco años cuando estudió el mecanismo de su caja musical; animada por la necesidad de saber cómo funcionaban las cosas, la desarmó, inspeccionó cada pieza y la volvió a armar. Su padre, a quien apabullaba con preguntas sobre tecnología, lo supo desde el comienzo. Tiempo después, cuando ingresó en el colegio, sus profesores de química lo comprobaron: era una superdotada.

Se anotó en ingeniería a los 16 años. Tres años después, se metió en un estudio cinematográfico, consiguió un papel de extra y la abandonó. A los pocos meses debutó en Éxtasis (1933) y resultó incendiaria: esa fue la primera vez que una actriz, desnuda ante las cámaras, se atrevió a simular un orgasmo; su cara, en primerísimo primer plano, no tardaría en hacerse conocida.

Su padre, el hombre a quien Hedwing admirada, estaba avergonzado. Tal vez por esa razón, quiso alejarse del escándalo: al poco tiempo de iniciada su carrera artística se casó con Fritz Mandl; el Henry Ford de Austria le llevaba 14 años y era un fabricante de municiones al servicio de los nazis.

En los campos de Mandl aprendió a disparar armas; desarrolló un espíritu de caza que ocultó, bajo el papel de dama, a los almirantes alemanes e italianos amigos de su esposo: “Cualquier mujer puede parecer glamorosa, lo único que tiene que hacer es quedarse quieta y parecer estúpida”, ironizó, alguna vez, a la prensa.

Fingía; al igual que aquel orgasmo, su simpatía era una simulación. Pero Mandl no lo entendía: estaba celoso, paranoico. Volvía constantemente su mirada hacia Éxtasis como si tal representación pudiera contener alguna verdad sobre ese goce. Su obsesión llegó hasta tal punto que intentó, inútilmente, hacerse con todos los ejemplares de la película hasta que Hitler la prohibió en 1937, tras enterarse de que Hedy era judía.

El tormento, sin embargo, continuó: Hedy, convertida en esclava, se mantuvo encerrada bajo un estricto control; imposible era, para ella, pensar en bañarse o desnudarse en ausencia de su marido, quien sólo la sacaba de aquel enclaustramiento por reuniones de negocios, obligándola a asistir a cada evento en silencio y siempre con una sonrisa.

Pero la guerra era inminente, y la persecución antisemita ocasionó graves trastornos en el padre de Hedwing, quien finalmente murió de un ataque al corazón ocasionado por el estrés.

Sólo se vos misma”, le había dicho su padre. Hedwing nunca olvidaría esa frase. En medio del dolor y del encierro, se reencontró con sí misma y se liberó. Aunque no se sepa bien cómo. Porque, de lo que vino después, existen dos versiones bien distintas.

La primera, es que pudo huir de Mandl disfrazada de doméstica tras haberle aplicado somníferos a su empleada mientras dormía. La segunda, extraoficial y polémica, es que durante su vida en el encierro había comenzado a mantener un vínculo sexo-afectivo con su mucama, razón por la que la habría ayudado a huir prestándole sus ropas.

Sea como sea, Hedwing se fugó de ese castillo de Salzburgo y apareció en París, sólo con lo puesto y un par de joyas en mano. Perseguida por los guardaespaldas de su marido, viajó a Londres y se embarcó hacia Estados Unidos; fue en el transatlántico Normandie donde conoció al productor Louis B. Mayer, quien le prometió un trabajo cuando llegaran a puerto. A cambio, le hizo una petición: que se cambiara el nombre Hedwing María Kiesler, asociado a la película Extasis por algún otro. Eligió entonces el nombre Hedy Lamarr, en homenaje a la actriz de cine mudo Bárbara La Marr, y sobre las aguas del atlántico firmó con la Metro-Golwyn-Mayer, firma que la convertiría en la actriz más glamorosa de Hollywood.

Camarada X (King Vidor,1940); Cenizas de amor (King Vidor, 1941); Noche en el alma (Jacques Tourneur 1944); Pasión que redime (Robert Stevenson1947); Sansón y dalia (Cecil B. DeMille, 1949), son algunos de los casi treinta films que eligió protagonizar por aquellos años, aunque sin demasiada suerte. Rechazó clásicos como Casablanca y perdió el papel de Scarlett en Lo que el viento se llevó. Fue una presencia exultante para el cine de los años 30.

Para 1941 ya había más de medio mundo en guerra. Los alemanes, que habían derribado fácilmente a las fuerzas polacas y francesas, preparaban su invasión sobre Gran Bretaña. Su táctica, conocida como guerra relámpago, consistía en articular a gran escala la aviación, como artillería volante, con el uso de fuerzas móviles que, manipuladas con velocidad, impedían al enemigo ejecutar su defensa.

Los años en que estuvo sometida a los encierros de Mandl finalmente le servían para algo. Hedy sabía de ingeniería porque la había estudiado, y conocía las prácticas del gobierno de Hitler porque también había estudiado el mundo de su marido durante el encierro. Sumado a eso, era judía y guardaba un profundo rencor hacia los nazis que, entre otras cosas, le habían arrancado a su padre. Tenía todo, y fue por todo: decidida a aportar su contribución personal al esfuerzo de guerra de los aliados, presentó sus trabajos y su preparación como ingeniera en el National Inventors Council, pero las autoridades se lo negaron. En lugar de eso, le sugirieron que aprovechase su éxito como actriz para promover la venta de bonos de guerra. Hedy lo hizo: lanzó una campaña en la que cualquiera que adquiriese 25.000 dólares o más en bonos, recibiría un beso de ella. En una sola noche, vendió 7 millones de dólares.

Pero Hedy sabía y se puso a trabajar, convencida de que sus conocimientos podían salvar a los aliados. Conocía el funcionamiento de la radio –era una de las cosas que le gustaba desarmar- y entendía, también, lo eficaz que resultaba ese aparato como medio de comunicación durante las guerras móviles. Además, lo novedoso: por aquellos años, habían aparecido armas a control remoto cuyas señales se emitían por señales radioeléctricas. Aun así, en el uso presentaba unos defectos: el primero era que las transmisiones eran demasiado vulnerables y podían ser localizadas por el enemigo mediante barridos de frecuencia por los que podían impedir la recepción, generar interferencias o bien, atacar directamente el transmisor. El segundo, era la propia inseguridad en la recepción, no sólo por las interferencias intencionadas, sino también por la afectación de las ondas que pudieran dispararse ante accidentes geográficos o meteorológicos.

Pero Lamarr conocía estas cuestiones desde 1940, luego de que aquel submarino alemán hundiera un barco cargado de refugiados. Estados Unidos todavía era neutral cuando Hedy concibió aquel sistema; el truco consistía en transmitir los mensajes u órdenes de mando pero fraccionados en pequeñas partes, cada una de las cuales se transmitiría secuencialmente alternando las frecuencias mediante un patrón aparentemente aleatorio. De este modo, los tiempos de transmisión en cada frecuencia eran cortos y espaciados, aunque de forma tan irregular que era casi imposible recomponer los mensajes sin conocer el código de cambio de canales.

El problema, para Hedy, era que los transmisores y receptores accesibles en aquella época eran demasiado armatostes y al mismo tiempo frágiles, por lo que tendría que ponerse a diseñarlos. De todos modos, ese no era el mayor problema. Lo que desconocía era todo ese asunto de la sincronización. Hasta ahí había llegado sola, ahora lo que necesitaba era un experto.

A George Antheil, pianista y compositor, lo conoció en una cena. Él era un admirador de Stravinsky y vivía inmerso en mundo dadaísta y futurista. Años atrás, se había hecho conocido por protagonizar un escándalo en un teatro de París cuando presentó su obra Ballet Mécanique. La orquesta estaba compuesta por dos pianos, dieciséis pianolas sincronizadas, tres xilofones, siete campanas eléctricas, tres hélices de avión y una sirena. Proyecto demasiado pretencioso que, a excepción de Man Ray, Cocteau y algún que otro chiflado, no generó más que rechazo. Su segunda obra, estrenada un año después, fue igual de bochornosa, razón por la que su compositor desistió de seguir representándolo.

Pero Antheil, solo y devastado, tenía algo: había logrado sincronizar sin cables los 16 pianos de la orquesta mecánica, y esa sincronización era justamente lo que Hedy necesitaba. Trabajaron intensamente durante más de seis meses hasta que lo lograron: emplearían dos pianos, uno en la estación emisora y otra en la receptora y codificarían los saltos de frecuencia de acuerdo con los taladros longitudinales efectuados en la banda de papel, como en una pianola común. La secuencia de los saltos sólo la conocería quien tuviese la clave; es decir: la melodía. Los motores de arrastre de ambos dispositivos estaban sincronizados por mecanismos de relojería y, además, el transmisor emitía periódicamente una señal de sincronismo compensando cualquier posibilidad de desviación.

El 10 de junio de 1941 presentaron al registro la solicitud de la patente: “Secret Communication System”. La misma les fue concedida un año después, cuando Estados Unidos ya estaba en guerra con Japón y Alemania. Hedy, quien ya se había casado por segunda vez, firmó con el apellido de su marido, Markey, que apenas utilizó durante un par de años.

La marina de EE.UU les señaló fallas por todos lados y concluyó que el sistema no servía porque era demasiado vulnerable. Por su parte, Lamarr y Antheil no insistieron cuando vieron que archivaban su proyecto. Antheil, finalmente se olvidó. Pero ella, que había dejado la vida en eso, no pudo. Aunque intentó, de todos modos, continuar con sus trabajos en el cine.

La idea, difícil de llevar a la práctica en 1940, se hizo posible tras la invención del transmisor. En 1957, ingenieros de la empresa estadounidense Silvania Electronics Systems Division desarrollaron el sistema patentado por Hedy y George. Su descubrimiento, irónicamente, fue adoptado por el gobierno y utilizado por primera vez en 1962 durante la Crisis de los misiles en Cuba. Técnica que, años más tarde, aplicarían también en Vietnam y en el sistema norteamericano de defensa por satélite (Milstar). En la actualidad, es un sistema que se utiliza en casi todas las tecnologías inalámbricas, aplicable en las telefonías de tercera generación y en cualquier dispositivo que haga uso de Wifi o BlueTooth.

Hedy Lamarr se casó seis veces. Ninguno de sus matrimonios funcionó. Eso, y el declive de su carrera artística, la condujeron por un obsesivo y solitario camino de trastornos, alternados con pastillas y cirugías plásticas. Las últimas veces que apareció en cámara fueron a causa de una aparente cleptomanía por la que, en reiteradas ocasiones, resultó detenida. Recluida en una casa en Miami, pasó los últimos años de su vida sola, de espaldas a una sociedad que la ignoraba y que ya comenzaba a reemplazar sus viejos aparatos analógicos por los mismos dispositivos digitales que generó tras su invención.

 

Fotos: El país

www.cinemalouxor.fr

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