Por: Leopoldo Rueda

10 años. Hice probablemente mi primer comentario machista. -Te avivaste un
poco- me dijo el mejor aprendiz del curso de machos, -eras un poco
mariposón- sentenció.
Ahí, en los bailes de pueblo, el nene que se encargaba de hacerme bullying
me etiquetó por primera vez con un estigma y al mismo tiempo se
vanagloriaba, supongo, de los buenos resultados que su educación basada en
violencia y acoso estaba surtiendo en mi. Ese día me sentí orgulloso de mi
mismo. Ese día me pregunté qué significaba mariposón. Nadie se metió.

Con mis hijos no te metas.

Vi cómo en el jardín, la primaria y la secundaria le hicieron bullying a un
pibe. Pero como era medio bobo, se lo merecía. Sabíamos también que su
padre era un violento. Todxs, padres, profesores, directivos, dejaron
abandonada esa infancia en riesgo. Nadie se metió.

En la escuela católica en la que estudié no sólo aprendíamos las materias
del curso. Un minucioso currículum oculto formaba a los machos de la patria.
Los pibes más grandes estaban legitimados a acosar a los menores porque así
se forman los varones, soportando violencia y golpes. Nadie hacía nada.

Con mis hijos no te metas.

En la misma escuela, incluso violando las leyes estatales existentes, me
enseñaron que la homosexualidad era un pecado. No, corrijo: me dijeron que
era una enfermedad. Sí, justo en los años en que la palabra mariposón
empezaba a tener más sentido para mi, y comencé a tener mis serias dudas,
toda una pedagogía me decía que lo que estaba pasando en mi era la peor
aberración.

Con mis hijos no te metas.

Cuando necesité respuestas, y cuando más solo estaba, todo lo que sabía era
que ni siquiera podía atreverme a contar que pensaba que era puto. Tenía
miedo, estaba cagado hasta las patas. Pensaba que no iba a tener más
amigxs, ni más familia, ni más futuro, ni más escuela, ni más vida. Nadie
enseñaba que ser puto y vivir eran dos cosas que podían ir de la mano.

Con mis hijos no te metas.

Yo, que jamás me había atrevido a golpear a nadie, yo que sufría en los
márgenes buscando formas de supervivencia, yo que hacía todo mas o menos
bien, sabía que estaba podrido por dentro. Sabía que ser puto me hacía peor
que incluso el chico más forro de esa escuela. Porque ser un violento si
sos varón está bien, pero ser puto es abjurar de lo más preciado para esta
sociedad: su heterosexualidad. Y lo peor es que me lo creí. Y me lo creí
porque los profesores me lo confirmaban – y también los mayores – con sus
chistes y sus bromas.

Con mis hijos no te metas.

Quise morir muchas veces, pensé en matarme otras tantas. Hice ritos. Nadé
un río corriente arriba, me refugié en bibliotecas, tuve novias, intenté. Y
sin embargo, con culpa y con bronca, en cuántas noches húmedas me pajee
pensando en otros pibes.

Le pedí a Dios que me salvara. Le insistí. Le dije que yo no quería ser
puto. Le pedí por favor que me vuelva hétero. Me convencí a mi mismo que
era cuestión de hacer fuerza, de extirparlo de mi mente.

– No me sale.
– intentalo de nuevo.

Todas las noches, todos los días.

Lo hice solo.

Con mis hijos no te metas.

Canté los cantos aprendidos en la escuela. Que “el agro es/un colegio de
varones/no se aceptan maricones/como todos los demás”.
Pedagogías heterosexualizantes

Sí, yo, un niño de 15 años a quien nadie le creía porque mientras cantaba
eso se me movía la cadera y se me quebraba la muñeca. Sí, yo. Que aunque
quisiera, no podía ocultar lo puto que era. Me dijeron mozo sin bandeja, me
dijeron que rasguñaba el paquete, me amenazaron. Hasta un puto me dijo una
vez: callate puto.

Nadie se metió.

Observé, aprendí, estudié. Las poses, los valores, los dichos, las formas
de pensar de los varones heteros. Observar y analizar era lo que mejor me
salía. Si no podía cambiar desde adentro, tenía que cambiar desde afuera.
Por imitación, tal vez, algún día, lo de adentro se transformaría. Invertí
la metafísica de la Santa Comunión. Intenté la alquimia de cambiar los
accidentes para transformar la sustancia. Fallé durante años. Pero lo hice
en secreto, y continué investigando, como los escépticos.

Con mis hijos no te metas.

17 años. Escuché otras historias, busqué nuevxs maestrxs. Escuché las
historias de maricas y travas expulsadas de sus casas, escuché las
historias de pibas golpeadas, abusadas y violadas. Por sus novios, por sus
padres, por sus parientes, por extraños. Siempre varones. Siempre
heterosexuales. Nadie se metió.

Escuché las historias de amores y noviazgos, de putxs con trabajo, de putxs
orgullosxs. Escuché y viví las historias de placer y de fiesta, de
celebración de la mariconería. Impensable para mi. De celebración, qué
maravilla, qué empoderante.

Escuché y aprendí que ser puto no está mal, que ser trans no está mal. Que
son una de las tantas modalidades. Escuché y aprendí que las personas que
son leídas como mujeres tienen miedo real en la calle.

Leí. A Lemebel, a la Susy Shock, al José Sbarra, al Fauno, al Nino Z, a
tantos putxs bizarrxs. Escuché y aprendí de tantas Pazchi y Bruno, y tantos
Lucas Mendos y tantos Emma Theumer y tantos Nicolas Cuello, y tantas
Alejandras que me criaron desde el amor y la confrontación, pero siempre
desde una pedagogía que implicaba sanación y cura para desaprender todo lo
que la otra pedagogía, la pedagogía de la crueldad, me había enseñado. Soy
hijx orgullosx de todxs ellxs.

¿Con mis hijos no te metas? No vamos a hacer lo que ustedes hicieron; que
fue no meterse cuando enseñaban que ser puto estaba mal. Cuando callaban
ante el bullying. No vamos a hacer como ustedes, que callan los abusos
sexuales de los curas pedófilos, que callan los golpes que los maridos le
dan a sus mujeres.

No vamos a hacer como ustedes, que entre tener razón y herir un niñe,
prefieren tener razón.

No vamos a ser como ustedes, que enseñan a una nena o a un nene abusado que
esos son secretitos que no tiene que decirle a nadie. No vamos a ser como
ustedes que se callan cuando a un niñe le enseñan a odiar su cuerpo, porque
es gordo, o muy flaco, o porque tiene esto o aquello.

Quisiera haber tenido una Educación Sexual Integral que me hubiese dicho
que tenía que amar mi cuerpo, que me hubiese enseñado que había más que
heterosexuales en el mundo. Una ESI, que me hubiese enseñado que el placer
está bien, pero que si no quiero coger nadie me puede obligar. ¿Es esto lo
que les molesta de la ESI?

Quisiera haber tenido una ESI que me haya enseñado que todos los tipos de
cuerpo son dignos de amor. Y de goce. Y que el placer no está reservado
solo a los varones, delgados, machos, blancos y musculosos.

Quisiera haber tenido una ESI para no haber pensado alguna vez que una
colega era una puta por acostarse con tal o cual. Quisiera haber tenido
una ESI para haber tenido claro, mucho antes, que las mujeres pueden ser
tanto más inteligentes que yo. Quisiera haber tenido una ESI que me
enseñara a valorar otras experiencias, una ESI que me hubiese enseñado a no
monopolizar la palabra, cosa con la que ahora estoy tratando de luchar. Y
quisiera que mis profesorxs hayan sido educadxs en esa ESI, y mis padres y
mis amigxs.

Porque yo tuve suerte, y soy, en muchas cosas, un privilegiado. Porque mi
viejo y mi vieja y mis hermanxs me comprendieron. Porque a pesar de los
prejuicios, primó en ellos el amor.

Quisiera haber tenido una ESI que me hubiese hecho reflexionar acerca de
cómo en el mundo las cosas no son iguales para varones que para mujeres,
para blancxs y no-blancxs, para neurotípicxs y no-neurotípicxs, para
nativxs y para migrantes. Que me hubiese hecho reflexionar sobre los
mecanismos de opresión y de poder, reales, palpables. ¿Cuántos varones
heteros desaparecen cada año víctimas de la trata? ¿A cuántos varones
heteros violan cada año? ¿Cuántas mujeres cobran el mismo salario por igual
tarea? Ideología es pretender que estas preguntas no son relevantes y
urgentes.

Con mis hijos no te metas. ¿Les vas a dar educación sexual en tu casa?
¿Vos? ¿Por qué si no estás capacitadx para dar matemáticas, lengua,
historia, biología, sociología, etc, considerás que sí estás capacitadx
para enseñar Educación Sexual, que incluye todas las dimensiones de la vida
humana? ¿Vos y yo? ¿Desde nuestra parcialísima y limitadísima noción de
mundo, desde lo poco que conocemos?

La educación sexual que yo recibí se basaba en que coger era para tener
hijos, a menos que seas varón. Ahí sí, te alientan a coger cuanto antes y
cuanto puedas. La educación sexual que a mi me dieron nos entrenaba para ser
predadores. La educación sexual implícita que recibí fue que la mujer era
un ser de segunda categoría, y que tenía que cerrar las piernas. La
educación sexual que yo recibí me decía que el mundo era heterosexual. ¿Y
somos nosotrxs los que vendemos *ideología de género?* Ideología es negar
lo que de hecho existe. Y ustedes nos vienen negando a los putos, a las
tortas, a las travas, a lxs trans desde siempre. Ustedes nos vienen
negando, a lxs gordxs, a lxs que nos gusta bailar como maricas sacadas, a
quienes no son neurotípicxs. Ustedes vienen negando a las mujeres que no
quieren ser incubadora, que no quieren casarse y tener marido. Ustedes
vienen negando todo un conjunto de otras experiencias y recorridos de vida,
todo un conjunto de cuerpos y modos de habitar el mundo. Haciendo de cuenta
que no existimos.

Ustedes son los que vienen negando que las familias son de muchas formas.
Ustedes son los que niegan que los papás varones abortan a menudo y que
nuestras crianzas están a cargo de madres, madres solteras, abuelxs, tixs y
demás. Pero no, ahí están ustedes enseñando que familia solo es papá y
mamá. Ustedes son los ideólogos.

Pero acá estamos, enseñando otra pedagogía. Acá estamos, orgullosxs y
visibles. ¿Saben por qué? porque existimos. Y sobrevivimos . A su pedagogía
cruel, a sus palos, a sus golpes, a su hacernos mierda el autoestima.

Porque aunque ustedes nos nieguen, encontramos otras pedagogías y otras
redes. Nos juntamos y celebramos, y lo vamos a seguir haciendo.

Nos vamos a meter, porque nuestra pedagogía es para infancias más felices y
más íntegras. Es para una infancia libre de prejuicios y de abusos, es para
criar mejores personas. Y porque por mucho que sean tus hijos, sus derechos
son prioritarios.

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