La activista rusa, Anna Dovgalyuk fue noticia en las últimas semanas por liderar una campaña que se encargó de “marcar” a los `manspreaders´.

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Por Victoria Briccola

La joven feminista rusa Anna Dovgalyuk, de 20 años decidió el 25 de septiembre tomar cartas sobre el asunto. El asunto era y es el manspreading, que fusiona ‘man’ (hombre) y ‘spreading’ (del inglés ‘spread’, extender o expandir), y consiste en la infundada costumbre de los hombres de sentarse en los asientos de los transportes públicos ocupando más espacio del que les corresponde por tener las piernas excesivamente abiertas.

Atención a lxs machistas camufladxs en lingüistas ordotodoxxs, porque este término sí fue avalado e incorporado al Diccionario de Oxford en agosto de 2015 y su alternativa posible en español a dicho anglicismo es “Despatarre o despatarre masculino”. Es decir, no pueden utilizar la misma excusa con la que se oponen al lenguaje inclusivo.

Un hombre ocupando el espacio de dos en un asiento alargado de la línea C.

El hecho sucedió en el metro de San Petersburgo, cuando Dovgalyuk y un grupo de amigas recorrieron el transporte público para manchar a los hombres que estaban siguiendo esta práctica. Para lo cual, utilizaron una mezcla conformada por 30 litros de agua mezclados con seis de lejía que le tiraban en el pantalón cuando ellos más distraídos estaban.

Dicha composición se comía el color de la ropa en minutos ya que la idea era identificarlos, que estos hombres, los `manspreaders´ queden marcados en la vía pública. Y no solo eso, sino también “para que todo el mundo pueda entender qué parte de su cuerpo les contra”, agregaron las protagonistas.

El video se convirtió en viral en cuestión de minutos y en los últimos días algunos medios rusos afirmaron que se trataba de una campaña arreglada, donde se les habría pagado a los hombres por aparecer en la grabación.

De lo que no hay duda es de la discusión que instaló sobre la mesa: una realidad que es perceptible apenas subimos a cualquier medio de transporte. El mayor porcentaje de los varones se sientan despatarrados, con las piernas abiertas ocupando más lugar que el de su asiento.

Ellos aseguran que es algo espontáneo, sin pensar y sin intenciones de molestar a nadie. Efectivamente, la cultura patriarcal les enseño que pueden “hacer lo que quieran” con sus cuerpos y con el espacio del otrx desde siempre, porque su dominio es precisamente, el ámbito público.

En contrapartida, a nosotras se nos enseñó a ser agradables, simpáticas y no confrontar a los hombres, por lo que la única respuesta frente a esta imposición machista es pasar por encima de esa educación que recibimos y revelarnos. Sin lugar a dudas, más violento es obedecer.

“Es una cosa nueva”. Y ella lo corrigió: “No, siempre lo han hecho, nada más que ahora se le puso un nombre. Lo hacen en los aviones, en los trenes. Es muy irritante”.

Foto: Periódico Lea

Clarín

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