Mi declaración de independencia

Esta semana nos toca recorrer “Una habitación propia” de Virginia Woolf que une dos mundos bellísimos: el feminismo y la literatura. O mejor dicho, el poder de la mujer dentro de la escritura.

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Por Victoria Briccola

Estamos situadxs en 1928, en Inglaterra y la inigualable Virginia Woolf decide construir este ensayo basado en un conjunto de conferencias dadas en el Newnham College y el Girton College, ambas universidades femeninas de la Universidad de Cambridge.

Una habitación propia” ha sido clasificado como un reconocido texto feminista, y es también una metáfora. Un simbolismo de la libertad e independencia femenina que debería sernos intrínseca.

La británica nos invita a reescribir la historia y a repensar el lugar que las escritoras tuvieron desde el siglo XVI hasta el XX. Comienza su recorrido cuando, dentro de un relato ficcional, se sienta a orillas de un río donde la contemplación del paisaje la va a conducir a una serie de observaciones, preguntas y respuestas sobre este panorama.

Revela que aquella mujer que fue inventada y descripta por hombres escritores era la “mujer de la literatura” y se diferenciaba, drásticamente, de aquella de la realidad. En Inglaterra, en 1470, los padres las encerraban bajo llave, les pegaban y la zarandeaban por la habitación si se oponían a casarse con el esposo elegido desde pequeñas. Pegarle a la mujer era considerado un derecho reconocido del hombre que practicaban sin avergonzarse tanto las clases altas como las bajas.

Es ahí precisamente cuando invita a lxs estudiantes a que reescriban la Historia ya que tal como está narrada le parece “un poco rara, irreal, desequilibrada”. Sugiere añadirle “un suplemento” para que las mujeres pudieran figurar en él.

Haciendo uso constante de la ironía y de su inteligencia, Woolf menciona “el oscuro complejo masculino” que ha tenido tanta influencia sobre el movimiento feminista; este deseo profundamente arraigado en el hombre no tanto de que ella sea inferior, sino más bien de ser él superior.

Volviendo al vistazo que realiza sobre el papel de la mujer-escritora, ella afirma que ni en el siglo XIX se alentaba a las mujeres a ser artistas, sino que por el contrario, se las desairaba, insultaba, sermoneaba y exhortaba.

Revela nombres de “heroínas” de esa época, como Lady Winchilsea, quien nació en el año 1661 y era noble tanto de cuna como por su matrimonio; no tuvo hijos; escribió poesía y basta abrir el libro de sus poemas para verla hervir de indignación acerca de la posición de las mujeres. También odiaba a los hombres, les temía porque “tienen el poder de impedirle hacer lo que quiere, que es escribir”.

Ay, a la mujer que prueba la pluma se la considera una criatura tan presuntuosa que ninguna virtud puede redimir su falta.

Nos equivocamos de sexo, nos dicen, de modo de ser;

la urbanidad, la moda, la danza, el bien vestir,

los juegos son las realizaciones que nos deben gustar;

escribir, leer, pensar o estudiar nublarían nuestra belleza,

nos harían perder el tiempo e interrumpir las conquistas de nuestro apogeo,

mientras que la aburrida administración de una casa con criados algunos la consideran nuestro máximo arte y uso.

La diferencia vino con Mrs.Behn, “una mujer obligada por la muerte de su marido y algunos infortunios personales a ganarse la vida con su ingenio”. Ella demostró que las mujeres podían ganar dinero escribiendo e hizo que esta actividad deje de ser vista como señal de locura y perturbación mental; adquirió importancia práctica.

Si bien Mrs.Behn conquistó escasa fama, fue ella quién logro que otras escritoras sí mundialmente reconocidas tengan el derecho de decir lo que les parezca. Más que eso, sino que puedan decir “gané quinientas libras al año con mi inteligencia”.

De esta obra proviene la conocida frase de Virginia Woolf: “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”. Porque recordemos que antes del siglo XX una mujer que escribía tenía que hacerlo en la sala de estar común. ¿Por qué? Para que nadie de su círculo íntimo sospechara de sus ocupaciones: ni los criados, ni las visitas, ni nadie ajeno a su círculo familiar.

Me hizo acordar a un párrafo del libro “La plenitud de la vida” de Simone de Beauvoir que relata su llegada a París en 1929 y su encuentro con quién sería su habitación, justamente: “¡Qué alegría poder cerrar la puerta y pasar mis días protegida de todas las miradas!. Durante mucho tiempo me resultó indiferente el decorado en el cuál vivía (…) me bastaba con cerrar la puerta para sentirme feliz”.

Retomo lo antes mencionado: la habitación propia es libertad, independencia económica y autonomía de cuerpo y palabra. ¿Te parece poco? Y me olvidaba, como consecuencia, encontrarse con unx mismo, en la soledad y en la plenitud.

Fotos: La Tinta

Interfatio

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