María y Dora, las mujeres de los 90 días y el 17 de octubre.

Por: Bárbara Haurie

Días antes del encuentro con Dora había estado rastreando información en distintos sitios sobre la participación de las mujeres durante aquel evento histórico reconocido como “Día de la Lealtad”, y por el que la controvertida figura de Cipriano Reyes había logrado trascender los límites de Berisso para inscribirse en la memoria nacional como su principal referente. “Yo hice el 17 de octubre”, así se llamó su autobiografía publicada en 1984 y así también la película de Gálvez dirigida en 2011.

Y aunque Reyes la incluyó en sus memorias y Gálvez, fiel a ellas, fue certero en el rodete y en el talle, las dos veces negaron su tamaño: doña María Bernabitti Roldán fue grande, más grande, quizás, de lo que hubiera imaginado el propio Reyes, aún cuando haya sido él quien impulsara la creación del Sindicato de la carne y su designación como primera delegada.

Compañera, necesitaba hablar con usted un minuto.

Sí, ¿de qué? —pregunta doña María, asustada.

Sobre el sindicato- dice Reyes, con voz grave.

No sé en qué podría serle útil pero, si quiere, puede acercarse a mi casa y hablar con mi marido.

A doña María también la conoció el historiador británico Daniel James en 1985. Las memorias de Reyes, que habían motivado su visita al país, quedaron en un segundo plano la misma tarde en que escuchó su historia. Fascinado con los datos que le aportaba, la continúo frecuentando durante nueves meses, tiempo en el que le realizó una treintena de entrevistas. Su libro “Doña María: historia de vida, memoria e identidad política” sería publicado diez años después y se constituiría como material de consulta ineludible entre lxs historiadores nacionales.

Tres años después de aquel primer encuentro, María se despidió del mundo. Es probable que ni siquiera haya podido leer su versión de la historia. Pero está presente, de todos modos, en el relato oral de su familia.

La felicidad es un inodoro

Dora tenía apenas dos años cuando sus padres –Vicente y Doña María- decidieron dejar La Pampa para trasladarse con ella y sus dos hermanos a Berisso. En el campo, las cosechas no habían andado bien y María no podía permitir que sus hijxs se muriesen de hambre, como ya les había sucedido a otrxs campesinxs.

Vicente, nos tenemos que ir ya de acá –había dicho María.

Era el año 1933 y todo el país se hundía bajo el peso de una Década Infame. A Vicente, sin embargo, le habían dicho que en los frigoríficos las cosas iban a estar mejor. Sin dudarlo, juntaron lo poco que tenían y se subieron a un tren. Apenas llegaron, se instalaron en un conventillo de la calle Nueva York y se pusieron a trabajar: su padre en Armour y su madre en Swift.

El trabajo en la fábrica era terrible; lxs trabajadores ahí adentro ni siquiera tenían nombre porque la fábrica funcionaba bajo un sistema de estándar que los contabiliza a través de una pantalla. La mayoría eran extranjerxs que habían venido de la primera guerra muertxs de hambre. Se amontonaban en la puerta desesperadxs y entre esxs elegían; por lo general, se quedaban con las rusas y los rusos grandotes y a lxs demás les tiraban agua con una manguera para que se fueran”, recuerda Dora.

Tras terminar sus jornadas laborales –a veces llegaban a trabajar hasta dieciséis horas seguidas- regresaban con sus hijxs al conventillo.

Los Roldán eran cinco; dormían todxs en la misma habitación y debían hacer fila frente a los baños, a lo turco, esperando el turno; lo mismo sucedía con la pileta de la cocina. Frente a las condiciones sanitarias en las que vivían, se las rebuscaban como podían.

Tenía un solo par de zapatos; los usaba para ir a la escuela y después se los daba a mi mamá para que los guardara hasta el día siguiente. Durante el resto del día andaba descalza, incluso en pleno invierno, y siempre con los pies embarrados”.

Entre tanto, algunxs obrerxs comenzaban a identificarse con las ideas de José Peter, un comunista que había conseguido fundar una federación obrera entre lxs trabajadxres de Zárate, Berisso y Avellaneda y que finalmente, había sido frustrada por los conservadores.

Entre el Grupo de Oficiales Unidos que derrocó a Ramón Castillo (1943) había un Coronel que desentonaba; tenía una sonrisa gardeliana y saludaba a la muchedumbre con los brazos extendidos. Al poco tiempo, se armó una Secretaría de Trabajo y Previsión Social y comenzó a convocar reuniones con lxs trabajadorxs de distintos sectores.

Vicente ya era delegado de Armour cuando María, picando carne el Swiift, se rebelaba frente a la patronal para defender a sus compañeras. Vocación de servicio, justicia social y espíritu combativo eran, en ella, parte de una misma causa. No tuvo que pasar demasiado tiempo para que, ante los ojos obrerxs, esta mujer-madre, sacrificada y laboriosa, dejara de ser “la señora de Roldán” para forjar su propia identidad como primera delegada, evento que resultaría inaugural para la vida política de las mujeres latinoamericanas.

Coronel, no tenemos donde vivir, tenemos que vivir en una pieza de conventillo que tiene un solo baño, y encima es a la turca y si alquilamos una casa, tenemos una letrina sucia en el fondo; nuestros hijxs ya ni quieren ir al baño, gritaba doña María con la voz potente que tenía.

Al igual que lo hacía su madre, Dora recuerda a Perón con absoluta gratitud y ternura. “Bueno María, ya lo vamos a solucionar”, decía Perón y sonreía, con los ojos achinados.

Dora recuerda que Perón llegaba por las noches al Sindicato de La Carne acompañado de Mercante, quien solía recostarse en un sillón mientras el coronel, siempre de pie, les hablaba a lxs trabajadorxs sin prisa y sin descanso.

Ustedes hacen la patria; desconocen su poder y lo que valen, ¿no saben que pueden hundir un país si no lo piensan y que con esa misma fuerza organizada, dirigida, lo pueden levantar?

Pero Coronel, nosotros necesitamos baño, papel higiénico–volvía a decir María, siempre que encontraba oportunidad.

Bueno, María, ya vas a tener tu baño – le contestaba Perón.

No queremos baños, queremos casas, coronel –retrucaba ella, tan persistente como él.

A los pocos días, según recuerda Dora, Perón volvió a Berisso con una bandera grande y la plantó sobre un terreno donde se practicaban cuadreras de caballos. Así se levantó, sobre la calle 18, el legendario Barrio Obrero.

Pero al tiempo que lxs trabajadorxs avanzaban en derechos, los ingleses dueños de las fábricas comenzaban a identificar a Perón como una gran amenaza.

Ustedes no pueden permitir que les paguen siete centavos por una hora de trabajo: protesten. Y si ellos no quieren escuchar, hagan huelga; que se les pudra la carne y ahí, cuando no puedan hacer negocio, van a querer oír.

Fue difícil persuadir a lxs trabajadorxs rusos de la necesidad de hacer huelga. Estaban acostumbrados al frío, pero no tanto como para soportar todos los días la tortura de las cámaras frías, a donde los mandaban sin más abrigos que el alcohol, con el que se calentaban la sangre. Eran tiempos violentos. Lxs extranjerxs, amenazados por lxs criollxs, no tuvieron más opciones que adherirse.

Por suerte hubo mucha solidaridad: desde Gorina y Avellaneda nos hacían llegar camiones con bofes y garrones; los tiraban en la calle 12 de Berisso, casi Montevideo y nosotrxs los recogíamos; también nos regalaron bolsas de azúcar, de arroz, de yerba; las mujeres envasaban y hacían pucheros. Fue difícil, pero pudimos comer y así resistimos los tres meses”, cuenta Dora.

Finalizados los 90 días, la fábrica tuvo que ceder, las condiciones de trabajo se modificaron y los ingresos de lxs trabajadorxs aumentaron -la mayoría, incluso recibió en un solo pago el resarcimiento por los meses no trabajados-.

Pero Dora no corrió con la misma suerte: “A mi mamá la echaron directamente; cuando fue a cobrar le entregaron un sobre amarillo y le dijeron: ´A usted que le pague Perón´ .

De un momento al otro, Berisso repuntó. Los Roldán, como muchas otras familias, se alejaron de la vida del conventillo y comenzaron a proyectar, por primera vez, el sueño de una casa propia. Al fondo de la calle 20, compraron un terreno y comenzaron a levantar su hogar que primero sería de chapa y luego de material.

La gente empezó a comer bien, a poder comprarse cosas; mi papá enseguida fue a la joyería Gonnet y me compró un anillito que decía Dorita y unos aros grandes, de oro. Todo el mundo estaba con oro encima, porque el oro no era caro y además era una conquista, y los sastres: ¡cómo trabajaban!”, recuerda Dora, con emoción.

Poder acceder por primera vez a tener un traje, ¿sabés lo que era eso? La gente antes no tenía nada, apenas un cinturón gastado, y de golpe podíamos comprar ropa y celebrar con cordero. Perón nos devolvió la dignidad, y la alegría. Y yo estrené el par de zapatitos que no había podido tener nunca”.

La estrategia de Doña María

Durante la mañana del 12 de octubre se desató la tormenta: Juan Domingo Perón estaba preso: lo habían encajonado en la Isla Martín García y el Sindicato de los Trabajadores de la Carne había sido clausurado.

Esos días estuvimos de acá para allá. Lxs pocos delegadxs que no habían caído presxs estaban refugiadxs; las reuniones tenían que hacerse siempre en casas diferentes y, por supuesto, no podíamos ni pasar por la fábrica porque donde pasaba prefectura y veía un movimiento raro, listo: patada en el culo y a la cárcel”.

El 14 de octubre, tras un intento de movilización hubo que retroceder. El ejército tenía intenciones de evacuar. Algunas mujeres se arrimaban a los tanques militares e intentaban dialogar, pero las órdenes eran claras: había que reprimir sin distinción de género ni edad.

Un par de días después nos enteramos que Perón había sido llevado al Hospital Militar; ahí es cuando mi mamá se chivó: “¿Qué estamos esperando, que lo maten a Perón? Le dan una inyección y lo matan; lo van a matar”, repetía a los gritos. Ella era así, muy combativa, y yo ya estaba acostumbrada a todo eso. Había veces en que se hacía de noche y mi mamá no llegaba; mandaba a otras compañeras a cocinarme, yo sentía desde lejos el sonido de los tacos y entonces ya sabía que había caído en cana”.

En la casa de los Roldán el 17 de octubre se amaneció temprano. María, entre brotes de cólera, gravitaba en algún planeta distante – probablemente marte- . El sueño era terrible pero se despertó de golpe:

-¡Vicente, vení!; agarrá a dos o tres, ándate a la puerta de Swift y hacete el que te peleás –No le hizo falta explicar.

Entonces mi mamá sal vestida de civil y venía con todas las mujeres y los hombres saliendo del Swift. Vicente ya sabía lo que tramaba: había que distraer a la vigilancia para poder sacar a lxs trabajadores a la calle. Que se parara la fábrica, el país: había que liberar a Perón”.

El plan dio resultado; cuando los guardias se alejaron de la entrada para observar qué era lo que pasaba entre esos tres, María se mandó para adentro.

-¡Vamos, vamos! ¿Qué están esperando? ¡A la calle! – gritaba María y aplaudía; lxs agarraba del brazo como chicxs y seguía caminando por las demás secciones.

Tenía que ser ella la que movilizara, no quedaba otra. Cipriano, líder del partido Laborista, estaba marcado; a riesgo de ser asesinado por los militares, se refugió en Magdalena y desde allí movió sus hilos.

Salimos todxs de la fábrica y ahí nos unimos a las otras columnas; marchábamos para La Plata, con una primera manifestación en plaza San Martín y después a Buenos Aires, colgadxs de los trenes. Mi mamá, por la experiencia de las veces anteriores, sabía que iban a haber tanques, entonces advirtió a las mujeres para que llevaran una botella de agua y un trapo. A lxs más chicxs, las mujeres les cubrían la nariz, la boca con el trapo y lxs levantaban por el aire, protegiéndolxs de los gases”.

Dora cuenta que el llegar a Plaza san Martín, había una especie de jeep grande desde el que les proporcionaban un megáfono. Ella fue la tercera en hablar.

El discurso de mi mamá fue maravilloso, yo quedé muy emocionada porque era una gran oradora. Después del acto en La Plata, ella y lxs otrxs delegados siguieron hasta Buenos Aires pero nosotrxs, que éramos chicxs, nos quedamos a cargo de una señora. En la mitad del camino tuvimos que parar a descansar los pies sobre el pasto; hacía calor y habíamos estado caminando kilómetros y kilómetros con unas llagas terribles; llorábamos de dolor, pero también de felicidad. Era una mezcla rara”.

Cerca de las once de la noche, Perón se asomó al balcón:

¡Qué emoción! Yo te daré, te daré una cosa; te daré, mi patria hermosa, una cosa que empieza con P: ¡PE- RON! ”

 

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