Nos detenemos en las páginas de “Yo nena, yo princesa”, el relato en primera persona de Gabriela Mansilla, quien en 2011 comenzó a escribir todo sobre el proceso identitario que vivió su hija: la niña trans más joven del mundo que obtuvo un DNI conforme a su identidad de género.

Por Victoria Briccola

Yo nena, yo princesa: Luana, la niña que eligió su propio nombre” es un diario íntimo, un libro de crónicas cotidianas y tiernas de una madre. Una mamá siempre comprensiva, atenta a los estados de ánimo de sus mellizos que nacieron en julio del 2007, después de un embarazo de alto riesgo.

Esa mujer es Gabriela Mansilla y es la dueña de esta epopeya: la lucha del personaje heróico que es “Lulú” para que la sociedad valore y escuche su pedido y le otorgue ese documento de identidad.

A los veinte meses, cuenta Gabriela, Luana ya podía hablar y empezó a decir la frase que conforma el título del libro; repetía las palabras claves: “soy nena”.

En la otra esquina estuvo siempre el papá, en un papel secundario, enojándose y oponiéndose a las demostraciones de su hija. Así es que Gabriela relata cómo fue aprendiendo a escuchar el deseo de Luana, a interpretarla y a crecer junto con ella. De la mano y siempre al lado, nunca por delante.

Otra mujer imprescindible dentro de esta historia es la tía Silvia, hermana mayor de Gabriela. Fue ella quien le recomendó ver un documental en la TV donde una nena en EE.UU afirma: “Me llamo Josie, soy una niña y tengo pene”.

No sé cómo explicar lo que sentí en ese momento, fue como caer al vacío. Vi reflejada ahí nuestras vidas, nuestros problemas, tu deseo de ser nena siendo varón, la felicidad que esa nena trans tenía y te vi a vos. Fue un espejo”, comenta Gabriela cuando se topa contra ese término y todo lo que conlleva: transgénero.

Este ensayo fue presentado por la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), y tiene prólogo de Valeria Pavan, Coordinadora del Área de Salud de la CHA y terapeuta de Luana. No sólo eso, sino que junto a Marcelo Suntheim, el fiscalizador de la CHA, lograron en el 2011 que Lulú ingrese a la salita de 4 años como niña.

El libro lleva un relato casi cronológico y nos precisa cuándo fue el día, el momento de la autodenominación, con los detalles y la descripción exquisita de Gabriela. La fecha clave fue el 31 de julio del 2011 cuando “Manuel” cambia de nombre, decide llamarse Luana y no sólo eso, sino que dictamina: “si no me llamas Luana no te hago caso”.

Este libro fue su catarsis, su mano de ayuda para tantas familias que como ella se vieron inundadxs en dudas, preguntas y temores. Gabriela nos cuenta cómo se tuvo que sacar esa mochila cargada de prejuicios, de cientificismos, de culpas milenarias y vergüenzas profundas para luchar junto a su hija.

Gabriela es la mamá coraje, sí; pero ese valor es contagioso y fue Luana quien logró germinarlo. A lo largo de las páginas vemos cómo ambas se aferran al deseo que combate al mandato para poder ser.

Obvio que todos los que estaban en el colectivo te miraban, un nene jugando con muñecas y la madre, que está al lado, no se las saca, qué espanto, ¿no?, pues a mí no me importaba la mirada del otro, es más, ni siquiera los conocíamos, lo que me importaba a mí era tu mirada, tus ojitos llenos de luz, tu alegría”.

Yo nena, yo princesa” es un relato sin igual sobre el recorrido que tuvieron que hacer ambas para saltar los baluartes culturales discriminadores y represores. Y nos van llevando cual hilo, de la mano, advirtiéndonos que tengamos los ojos bien abiertos y sosteniendo el deseo de esta madre e hija coraje.

Por último, señalo las palabras de la escritora Gabriela Larralde, quien en una entrevista cuando le preguntaron sobre su libro “Bestiario, secreto de niñas malas” afirmó que toda niña es feminista porque ninguna persona podría ir contra sí misma si no fuera parte de este sistema que legitima la desigualdad y la violencia.

Magnífico ejemplo de esto llegó a ser Luana, quien llenó de purpurina, color y orgullo su infancia trans y tiró por la borda los estereotipos normativos que quitan derechos y habilitan la tristeza.

Fotos: Noticias San Pedro

Infobae

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