Bullrich en perspectiva: un análisis de Paula Lambertini sobre el discurso Pro-Vida

Por Bárbara Haurie

Paula Lambertini es platense y peronista; como candidata a concejala por el Frente Cumplir, se enfrentó durante las legislativas al oficialismo (encabezado por ex el ministro de Educación y actual Senador por la Provincia, Esteban José Bullrich). Licenciada en Psicología desde hace veinte años, tiene su especialidad en Género, Derechos Sexuales y Reproductivos. Desde una Red Federal de Trabajadoras de la Salud Mental participó, además, de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

Con motivo de la charla organizada por Sinapsis “Aborto legal y salud mental, desde una perspectiva de DDHH”, visitó el pasado martes la Facultad de Psicología de la UNLP donde expuso, entre otras cosas, un análisis del discurso del legislador referido a la legalización del aborto durante su debate en la Cámara Alta:

  1. <<No es una política pública, es un fracaso social. La decisión de una mujer de abortar -en eso todos hemos consensuado- es una decisión trágica>>

Aquí, cuando habla de tragedia, apela a lo traumático, y es esto lo que me interesa abordar, en tanto muchos de los argumentos en oposición al aborto se sostienen sobre esta base”, puntualizó Paula, y retomó la definición de “trauma” como punto de partida hacia un análisis respecto de experiencias asociadas al embarazo:

Frente a la idea del aborto como evento traumático quisiera recordar que existen múltiples enfermedades ligadas a lo traumático en la maternidad que han sido conceptualizadas y están bien extendidas, como la psicosis puerperal y la depresión posparto, y que no por eso está prohibido maternar. Distinto es, en cambio, el tema del aborto. Porque el DSM Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales – no ha podido establecer un Síndrome Post Aborto como se intenta sostener, aún cuando desde la psicología cognitiva de los EEUU se haya tratado de vincular un síndrome propio del post parto a la situación de las mujeres después de tener un aborto”, explicó Lambertini.

Pero no hablemos del trauma como generalidad ni del aborto como evento aislado; hablemos mejor de las condiciones en las que se desarrollan estas prácticas cotidianas; ponerlo en contexto es lo que nos va a ayudar a entender dónde radica esa asociación con lo traumático”.

Seguido de esto, recuperó datos oficiales arrojados por el Ministerio de Salud (previo a su desmantelamiento y posterior reducción a secretaría) según los cuales, se reconoce que en Argentina se practican entre 500 mil y 760 mil abortos por año. Que de cada 100 chicxs que nacen, 40 embarazos son interrumpidos. Y que unas 80 mil mujeres son hospitalizadas a causa de prácticas abortivas inducidas, constituyéndose como principal causa de muerte materna.

Los números nos hablan de que el aborto sí existe y es una práctica frecuente, cotidiana. Ahora bien, si decimos que para que un evento deje de ser traumático hace falta hacerlo hablar, socializar, ubicarlo desde la palabra, ¿qué es lo que pasa cuando una mujer queda embarazada a pesar suyo, siente el embarazo como una condena y decide abortar? Si el aborto es ilegal, esa mujer no puede hablar, no tiene lugar; acudirá, en algunos casos, a una red de socorristas como las que existen, y a los Profesionales Por el Derecho a Decidir cuando tenga los recursos simbólicos y las posibilidades de hacerlo. Pero aún así, no hay modo de que esa situación no devenga en trauma”, expresó Paula.

En línea con esto último, subrayó que la ilegalidad inscribe condiciones de profunda injusticia entre los sectores populares en tanto produce clandestinidad y hace que se utilicen métodos abortivos no seguros: “La ramita de perejil, sin ir más lejos: ¿Pensábamos que ya no sucedía? Lo vimos recientemente; vimos como una mujer se moría y dejaba un hijo huérfano por practicarse un aborto. Estas condiciones suceden entre los sectores humildes, pero en la generalidad entramos todas. Porque la ilegalidad genera condiciones de inseguridad que son terreno fértil para lo traumático.”

2- <<Si no hubiera vida, no habría Cámara de Senadores, no estaríamos aquí, no habría ley.>>

Más allá de toda legislación sobre la vida, Paula Lambertini sostiene que para que se produzca una concepción es condición indispensable que exista un deseo de hijx por parte de la persona gestante: “El primer momento es esa mujer que inviste adentro de su panza ese embrión y genera el movimiento para que allí aparezca un ser humano. Si no se produce ese movimiento, esta mujer no puede simbolizar este grupo de células y, por tanto, este embrión no será igual a hijx. Frente a esta situación se abren dos caminos: está la opción de transcurrir ese embarazo buscando construir ese deseo de hijx –que es lo que les pasó, por ejemplo, a nuestras abuelas – Pero existe, también, la posibilidad de interrumpir el embarazo y a partir de esa decisión, dar nacimiento a proyectos alternativos de vida. Cuando se elige esto último en condiciones de legalidad, el aborto deja de ser un trauma para pasar a representar una fuente de alivio”.

Una vez clarificado el asunto respecto del deseo de hijx como condición necesaria para la simbolización del embrión, volvió sobre los dichos del legislador: “Este hombre está diciendo algo que es muy interesante por lo autorreferencial, y es que si se legalizara el aborto no existiría la vida, ni la Cámara de Senadores, ni la ley. En definitiva: no existiría él. Esto se vincula directamente con el miedo a no haber nacido, que explica muy bien Malena Pichot en un video, y que desde mi punto de vista tiene que ver principalmente con una pertenencia generacional: mi generación es la generación de hijxs no deseados y probablemente en la suya también esté operando esta situación. Por supuesto, no todxs atravesamos las situaciones de la misma manera, pero hay algo que se juega en torno a la perspectiva generacional de pensarse y que, en este caso, hace que su proceso identificatorio sea con un feto, antes que con una mujer”.

En este sentido, se refirió al patriarcado como otro proceso de identificación ligado a lo instituido, que llevaría a hombres y a mujeres a identificarse en clave patriarcal “con un árbol, con una nube, con un grupo de células o con un perro, antes que con una mujer y sus problemáticas”. En contrapartida, reconoce a la sororidad como proceso instituyente que viene a romper estas identificaciones limitantes para el desarrollo de la empatía en la construcción de los vínculos.

Foto 1: Kt D´Ascanio

Foto 2 y 3: Vero Hirtz

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