El ciclo de la cigarra: un viaje a María Elena Walsh

Por: Bárbara Haurie

 

Una larva de cigarra, una ninfa dotada de gran movilidad, a lo largo de su vida ha perforado largos túneles que conducen a sus fuentes de alimentación: las raíces de ciertas plantas. Como si de un enorme pulgón se tratara, pincha una raíz para absorber sus jugos. Una vez desarrolladas, tras largos años de una vida aislada y monótona, el cambio será inminente. Pero antes debe trabajar cerca de la superficie en construir una cámara muy especial, en ella espera el momento más idóneo para salir a la superficie. En los terrenos más duros y secos del jardín, mezcla la tierra con los líquidos que extrae de las raíces transformando la tierra seca en moldeable barro. Trepándose por una planta, o por cualquier cosa que se eleve por encima del suelo, con sus patas firmemente unidas a la rama comenzará su mágica transformación. *1

Nace bajo el sol de acuario un primero de febrero de 1930 en Ramos Mejía, partido de La Matanza. Su padre, Enrique Walsh, es descendiente de irlandeses e ingleses y trabaja como jefe de contaduría en la línea Sudoeste del Ferrocarril; es viudo, tiene cincuenta años y ya lleva presenciados seis partos: cuatro de su esposa anterior y dos de Lucía Elena Monsalvo, con quien ha vuelto a ser padre; primero de Susana y ahora de María Elena.

En el amplio living del caserón hay un piano donde este señor se sienta a practicar nursery rhymes; legados de una infancia guiada por una tradición oral inglesa en su retorno hacia el origen. De ahí la cercanía con él, quien la animará en sus primeras manifestaciones a través de la música, el juego y el nonsense.

Por su parte, el legado de su madre estará constituido por un reino sin princesas: patios con huerto, rosales y limoneros bajo los que crecerá abrazada a los gatos, los perros, las gallinas, vendrán a revelarle algo; un secreto por demás inaccesible para ese mundo adulto perturbado con ideas acerca del progreso, la crisis económica y el golpe de estado. Aunque de eso, por suerte, todavía entienda poco.

María Elena tiene apenas cuatro años y ya es rara: no juega a la mamá, no le interesa. Tampoco parece tener puntos en común con el resto de las nenas, a excepción del género, la edad o de Susana, tan retraída como ella. Así y todo, la señora de al lado le está enseñando a leer y a escribir, y eso la tiene bastante entretenida. Por las tardes, mientras su hermana se pone a practicar piano, ella le saca punta al lápiz y se sienta a jugar frente a la hoja en blanco; poco a poco, a la luz de su naciente idioma, comenzará a fabricar sus primeras palabras.

Cuando por fin alcance la biblioteca de sus padres ya estará en condiciones de conocer a Dickens, Verne y Lewis Carroll; serán, junto con las poesías españolas del Siglo de Oro, una especie de savia que extraerá para sintetizar su propio proceso evolutivo. Porque, como explicaría mucho después en “El cuento de la autora”, -hermosa autobiografía que nxs dejó a lxs más chicxs-, “casi nadie escribe si antes no le gusta leer: siempre se empieza imitando”.

 

 

Su entrada en la adolescencia no será un asunto fácil: “Era tímida y arisca, una osa encerrada en mí misma”, dirá en retrospectiva. El caso es que ya a los 15 años va a publicar su primer poema en la revista el hogar, y si habrá temblor de manos o no al momento de presentarse en la redacción, es algo que poco va a importar; importará menos todavía al año siguiente, cuando los fondos de su alcancía le sirvan para solventar su primer libro: “Otoño imperdonable”, poemario con versos escritos entre los 14 y los 17 años que le valdrá el Segundo Premio Municipal de Poesía junto con las felicitaciones del jurado que, entre culposo y absorto, ofrecerá sus disculpas por no darle el primer lugar dada su condición de mujer/joven, entendida como barrera.

 

Yo nunca tuve edad. Por eso entonces
crecí en la medida de mi muerte
ante la certidumbre del dolor
y la presencia de lo inexistente”.

 

Esos versos profundos disparará María Elena fogoneada por una juventud inextricable en la que comenzará a recoger elogios de exponentes literarios como Borges, Silvina Ocampo y Bioy Casares. En ese mismo momento sucerá lo triste, lo difícil: la muerte de su padre y la significación que tendrá como fin frente a todos los inicios; principio de una etapa que en un mismo movimiento le dirá: Hola, mundo; adiós hogar familiar.

 

Este es el viaje de la sangre mía: / apenas viaje, espuma de palabras:

4 de agosto de 1948. María Elena tiene 18 años y acaba de publicar su segundo libro: “Apenas viaje”, casi una premonición. Ahora está sentada frente al puerto de Buenos Aires rodeada de estudiantes y jóvenes escritores. Sólo un hombre ha conseguido reunirlos a todos. Ese hombre es Juan Ramón Jiménez, célebre autor de “Platero y yo”.

El poeta andaluz regresará a EE.UU el 13 de noviembre de 1948. Pero antes de embarcar, les ofrecerá a lxs emergentes Walsh y Armani, compartir una temporada con él; María Elena será la única que podrá ir. Finalizados sus estudios en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano partirá de Buenos Aires rumbo a Maryland, donde vivirá unos 150 días en compañía de Jiménez y esposa. Años después, recordará la experiencia de este modo: “Cada día tenía que inventarme coraje para enfrentarlo, repasar mi insignificancia, cubrirme de una desdicha que hoy me rebela. Me sentía averiguada y condenada. Suelo evocar con rencor a la gente que, mayor en mundo, tuvo mi verde destino entre sus manos y no hizo más que paralizarlo. Con generosa intención, con protectora conciencia, Juan Ramón me destruía, y no tenía derecho a equivocarse porque él era Juan Ramón, y yo, nadie. ¿En nombre de qué hay que perdonarlo? En nombre de lo que él es y significa, más allá del fracaso de una relación”.

De regreso a su tierra publicará un segundo poemario “Baladas con Angel” (1951), que será editado en un mismo volumen con “Argumento del enamorado”, de Angel Bonomini, su pareja de ese tiempo. En este libro, María Elena incursionará en la balada como forma lírica; expresando emociones de las más variadas y contradictorias respecto del amor, dejará traslucir su profunda insatisfacción de fondo; no sólo en relación a su vínculo sexo-afectivo sino también a las represiones familiares, sociales y políticas configuradas por aquel clima de época. María Elena reconocerá en Eva y en Perón, figuras que devolverán la dignidad a los sectores populares pero, al mismo tiempo, sentirá su libertad de pensamiento y expresión amenazados ante una política de Estado que desde su pertenencia de clase percibirá como fascista.

A Leda Nery Valladares la conocerá por carta. Durante un año circularán entre ellas las postales de Buenos Aires a Costa Rica hasta que finalmente la cantante folclórica, veintiún años mayor que ella, tomará la iniciativa de invitarla a girar por Europa.

 

 

En 1952 comenzarán a zapar las primeras canciones en París que pronto harán sonar en boîtes y cafés donde “Leda y María”, junto a Violeta Parra o Blossom Dearie, entre otras, convivirán en escena con los talentos de la chanson francesa: “Fue un período trascendental. Encontré programas de conciertos, notas y entrevistas en diarios y revistas: hubo un momento, allá por 1957, en que el dúo estaba casi de moda. Se presentaba en todas partes, mimado por Victoria Ocampo, Borges y la mar en coche. Eso me permitió reflexionar un poco más sobre la influencia que tuvo el folklore sobre su obra posterior, así como calibrar mejor su relación con la interpretación, los escenarios, el contacto con el público. Evidentemente, el cruce del folklore con la figura de los cantautores franceses le produjo un shock y redefinió para siempre el curso de su vida artística”, di el periodista e historiador Sergio Pujol por enero del 2012.  

Albumes como “Chants d’Argentine” (1954) y “Sous le ciel de l’Argentine” (1955), con canciones del folclore nacional andino como “Dos palomitas” y “Huachi tori”, junto a sus interpretaciones de Yupanqui Dávalos, y Chivo Valladares – hermano de Leda- serán sellos de una música tradicional y, al mismo tiempo, novedosa; trayectoria que, en su regreso al país, las llevará a recorrer el Noroeste argentino para grabar las composiciones de “Entre valles y quebradas” (Vol. I y II), muchas de las cuales pasarán a formar parte del cancionero folclórico nacional.

Pero las potencias artísticas de Leda y María comenzarán a mostrar sus fisuras hasta que, finalmente, esa unión entre la tradición y la vanguardia, termine de resquebrajarse. Será entonces cuando el cuerpo de las dos se separe para dar comienzo a nuevas posibilidades de ser por fuera del núcleo que gestaron.

Bajo su piel se ha formado otra totalmente nueva, que además incorpora cambios vitales para su nueva vida aérea. Ambos tejidos se separan provocando una rápida deshidratación de su vieja piel. Un rápido aumento en el volumen de su cuerpo, es suficiente para que la reseca piel ceda permitiendo al nuevo ser que hay dentro, salir al exterior.

Canciones del tiempo de Maricastaña, Leda y María cantan villancicos, junto a los espectáculos musicales “Canciones para mirar” y “Doña disparate y Bambuco”, ya de la mano de María Herminia Avellaneda, se constituirán como las primeras manifestaciones a dúo de aquello que, tiempo después, hará crecer María Elena desde la singularidad de su propio estilo: El reino del revés” (1964), “Zoo loco” (1964), “Dailan Kifki” (1966), “Cuentopos de Gulubú” (1966) y “Aire libre” (1967), serán algunas de las obras con las que revolucionará el universo imaginario de lxs chicxs al tiempo que trabajará por deconstruir el sentido común del mundo adulto. Porque, como explicará Pujol también en “María Elena Walsh”, documental de Ernesto Ardito y Virna Molina: “María Elena no sólo le escribe y le canta a los niños, sino que principalmente le canta a los jóvenes, padres de esos niños, que son los jóvenes de los años ’60”.

En 1968 estrenará su espectáculo para adultos “Juguemos en el mundo”, cuyas canciones grabará un año después en su disco homónimo; las mismas que, en 1971, llevará a la pantalla Herminia Avellaneda. Ahí emerge, desde un idioma infantil, la crítica social y el fuerte contenido político que seguirá manifestando más tarde en sus trabajos periodísticos.

 

Desventuras en el país jardín-de-infantes

Dos años después de aquella proyección vendrá la enfermedad; el cáncer de su sangre le hablará de desarraigos y de exilio. Se hundirá en el dolor de aquel proceso hasta emerger, con mayor fuerza que nunca. “Como la cigarra” desplegará sus alas y hará escuchar otra vez su voz.

Lo primero que aparece es el tórax y la cabeza de la cigarra adulta. A continuación son sus patas y sus alas perfectamente plegadas las que comienzan a salir. Poco a poco, la ninfa se va quedando vacía, como si de un estuche se tratara. Todos sus órganos están totalmente formados. Unos cuantos forcejeos más y se libera por completo, ahora bombea sangre a hacia las extremidades de sus alas y las despliega. A la mañana siguiente, estará lista para iniciar su gloriosa vida a pleno sol. Sus resecas mudas son las únicas pruebas de su anterior mundo subterráneo.

Bajo la censura de otro golpe de estado, María Elena intentará despertar a los adultos sometidos por la inmadurez: “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca, ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista!, estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: “¿Nosotros qué éramos…?”, escribirá en el suplemento cultural del diario Clarín en 1979.

La dictadura militar despertará en ella revisiones y autocríticas respecto de su posicionamiento frente al movimiento peronista. Pionera de un feminismo con su propias marcas de género y dueña de una profunda sensibilidad hacia los movimientos populares, reivindicará la obra de Eva Duarte en el volumen “Canciones contra el mal de ojo” (1976)

Dos años después, en 1978, encontrará en su amiga y compañera, la fotógrafa Sara Facio, el amor definitivo: “Un amor que no se desgasta sino que se transforma en perfecta compañía”, dirá sobre la fotógrafa; compañera que será mujer y madre de todas las batallas que le tocará librar hacia el final de su vida”.

La vuelta a la democracia, traerá algo nuevo para la televisión argentina: “Como la cigarra” (1984) será un programa periodístico sin precedentes en el que María Elena, María Herminia Avellaneda y Susana Rinaldi, refundarán el periodismo desde la perspectiva de género proponiendo espacios de reflexión y debate inusuales hasta la época. Pese a las críticas demoledoras que sufrirían, resistiría en la pantalla durante unos cinco meses.

María Elena Walsh sobrevivió a la censura, la enfermedad y los jardines de infantes militares. Dirán algunxs que falleció tras una larga internación el 10 de enero de 2011. Pero su música y sus letras desmentiran para siempre estas versiones.

 

*1 –Texto del documental “El ciclo de la cigarra”

 

Fotos: Fundación María Elena Walsh

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