Abrazame hasta que se caiga el patriarcado

A nuestras amigas. Sobre la amistad política de las mujeres” de Edda Gaviola, que nos invita a terminar de entender una de las palabras más lindas y que realmente es un viaje de ida: la sororidad.

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Por: Victoria Briccola

La Amistad, me parece, se construye con un pie en lo privado y el corazón, y el otro, en lo público-político del pensar… del pensar juntas. Con todo lo que esta dimensión conlleva de valores y de responsabilidades sociales y humanas”. Margarita Pisano. 

 

 

La Casa de la Mujer La Morada fue creada en 1983 en Chile, en medio de las sombras de la dictadura de Pinochet, por un grupo de mujeres que tenían como bandera la conformación de una conciencia de género. Dos de sus valientes fundadoras fueron Julieta Kirkwood y Margarita Pisano.

La escritora Edda Gaviola en “A nuestras amigas” nos revela ya en los primeros párrafos que fue a los 24 años cuando se sumergió en las aguas del feminismo y su referencia más directa fueron ellas: las feministas que construyeron y moldearon La Morada.

Aguas que, por cierto, la mayor parte del tiempo resultaban turbulentas y que buscaban asentarse en un mundo masculino que sólo acepta que las mujeres “se pierdan” en la política para ser madres y esposas, pero no aceptarán “jamás”, la autonomía y la libertad de una mujer en ese ámbito.

Gaviola le dio forma a estas líneas en marzo de 2015, impulsada por la amistad que terminó enhebrando con Margarita Pisano. A la fecha que terminó, Margarita había fallecido, pero con este texto busca hacer un repaso de su relación y el hecho de haber sido su amiga por más de un cuarto de siglo.

Junto a ella aprendió el término y el sentimiento de una amistad política, es decir, del despojo de la animadversión a la otra, de las envidias y de las rivalidades, y el mantener presente que es necesario trabajarlas, desmenuzarlas y estar atentas, para que no vuelvan a aparecer como parte del mandato histórico de la enemistad entre mujeres y la misoginia internalizada.

Para Gaviola, en este constructo, las mujeres tendemos a rechazar, devaluar, negar u odiar a la que habla fuerte, a la que tiene ideas propias, a la que discute con pasión y sin concesiones, a la que cuestiona y vive su vida con independencia y autonomía atreviéndose a ser, pensar y actuar, fuera de los códigos de la feminidad impuesta. Y esto es porque, definitivamente, “las mujeres medimos a la otra con el rasero que nos impone el patriarcado”.

La autora nos invita a dejar de pedir explicaciones sobre la vida de mi compañera y por el contrario, animarse a empezar un andar juntas. Para hacerlo, explica, es necesario tener proyectos comunes, pensar juntas y un profundo reconocimiento a la otra, a sus saberes y autorías, para poder lograr el aprendizaje recíproco.

A mediados del año 1997 y a los 36 años, Gaviola toma la decisión de cambiar de país: se va de Chile, que recuperaba la democracia, para llegar a Centroamérica. Ese mutar de lugar no provocó distanciamiento o cambios con la amistad con Margarita: “ella tenía muy claro que sus relaciones y la amistad debían forjarse en la confianza más plena y que, a esas alturas, no iba a cambiar”, explica Edda.

En todo su relato se encarga de detallar los momentos y los proyectos que las unieron y que compartían gracias y a través del feminismo.

Rescato el apartado que le dedica al concepto de Amistad Política, que según ella, necesita de mucho trabajo y análisis. Porque nos exige estar alertas, despiertas, expresadas y atentas a las dinámicas personales e interpersonales que se dan en las relaciones construidas entre mujeres.

Ella lo explica mejor: “a mi juicio, construir Amistad entre Mujeres implica relacionarse desde la horizontalidad, en la ruptura de las jerarquías. Es decir, –y como muy bien lo expuso Margarita- en el abandono del juego de dominio y el descubrimiento de otros contenidos del poder que hagan posible entrar en el reconocimiento a los saberes, en la reflexión inteligente y en la capacidad de respeto, desde las potencialidades y no desde las carencias humanas”.

También aplaudo el capítulo de Claudia Korol, educadora popular argentina, “El feminismo compañero de las feministas compañeras” que ya llegando al final del libro nos deja una invitación a pensar de qué hablamos cuando hablamos de compañeras feministas: “las que nos llamamos cuando no sabemos cómo seguir andando con las heridas abiertas. Las que nos acompañamos cuando no sabemos cómo hacer la denuncia en comisarías donde lxs canas se ríen de nosotras, en juzgados indiferentes, en medios de comunicación que nos invisibilizan o estigmatizan. Feministas compañeras. Haciendo el aguante en las duras y en las maduras. Escrachando a los feminicidas. Inquietando a los machistas. Acusando a los pedófilos. Interpelando a los violentos que están en nuestros trabajos, universidades, movimientos, aunque se presenten en el mundo como los mismísimos hombres nuevos”.

Leer “A nuestras amigas” es una manera muy tierna y audaz de invitar a las nuevas compañeras feministas a reflexionar sobre la sororidad, sobre la importancia de acompañarnos y comprendernos, sin juzgar, sin cuestionar -y por el contrario siendo solidarias-. Haciéndonos fuertes en el camino compartido.

 

Fotos: Revista Código

https://bit.ly/2AYo0NK

 

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