Una genialidad insoportable

La vida de Chaya Pinkhasovna Lispector, conocida por todxs como Clarice Lispector, una de las escritoras más importantes del siglo XX

 

Por Bárbara Haurie

Entre el grupo de soldados rusos que violaron a su madre durante la guerra civil bolchevique, había uno que tenía sífilis. El embarazo, según rezaba la creencia popular por ese entonces, era lo único que podía curar a una mujer de esa enfermedad. Mania se embarazó y a los nueve meses, el 10 de enero de 1920 en Chechelnik (Ucrania), nació Chaya; tercera hija de su matrimonio con Pinkhas Lispector y cuyo nombre, en hebreo, significa vida.

Dos años después consiguieron un pasaporte ruso, un permiso para viajar a Brasil, y se instalaron en Recife. No tuvo que pasar demasiado tiempo para que Mania comenzara a manifestar otra vez los síntomas y Clarice, huérfana en 1930, se sintiera culpable para siempre: “Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y haberlos traicionado en la gran esperanza. Pero yo no me perdono”, eso lo dirá en junio del ‘68 (“Pertenecer”, Jornal do Brasil) y de modo similar, lo pondrá de manifiesto en 1974 cuando escriba los primeros borradores de la que será su novela, apenas póstuma, Un soplo de vida (1978): “Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida”.

Desde chica manifestó una fuerte atracción por la lectura; amante de las historias de paulista Monteiro Lobato, era capaz de hacer cualquier cosa para conseguir alguno de sus libros. “Felicidad clandestina” es, de hecho, la descripción tragicómica de toda esa serie de bromas que tuvo que soportar para que su compañera de clase, hija de un librero, se dignara por fin a prestarle Las travesuras de Naricita:

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí algunas líneas maravillosas, lo cerré de nuevo, me fui a pasear por la casa, lo postergué aún más yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad.”

Tras el fallecimiento de su padre, otros diez años después, Clarice se las rebuscó para estudiar derecho y escribir sus primeros artículos periodísticos mientras trabajaba como secretaria. A los 22 años se casó con un diplomático y empezó a escribir su primera novela: La hora de la estrella, cuya primera parte consta de nueve capítulos que Clarice escribió entre mudanzas y algunos ratos de soledad que supo rescatar durante los constantes y fatigosos viajes por Europa que le tocaron realizar junto a esposo.

Dueña de una “genialidad insoportable”, a decir de la historiadora feminista Laura Freixas, Clarice Lispector fue siempre una extranjera; extraña portadora de un misterio que ni una esfinge fue capaz de develar: “No la descifré, pero ella tampoco me descifró a mí”, escribió cuando regresó de ese viaje a Egipto, decepcionada por haberle sostenido tanto tiempo la mirada a aquella estatua sin que se produjera nada, ningún evento significativo para esa especie de realismo mágico en el que vivía, absorbida por las emociones más intensas y las ideas más disparatadas; imposible era su mundo para el mundo, pero apostó por él y lo habitó como pudo.

Su doble condición de judía y brasilera, sumado a ese espíritu que mantuvo siempre en pugna entre la extinción y la supervivencia o entre el espíritu animal y la vida doméstica, son algunos de los signos de su literatura. “Con horror descubría que ella pertenecía a la parte fuerte del mundo (…) pero era una piedad de león”, escribió en “Amor”; en este cuento, tan autobiográfico como casi todo lo que escribió, enfrenta a una mujer a su propio deseo, cuya fuerza de verdad consigue hacer tambalear la estructura del modelo familiar para poner en crisis aquello que, hasta entonces, le resultaba incuestionable: el amor de madre.

 

 

No sé escribir cartas de viajes. Ni siquiera sé viajar”, pretendía confesar en esos tiempos en los que se las ingeniaba para mecer a su hijo con una mano y seguir escribiendo con la otra. Dicen que fue más o menos así, tirada en el suelo y con la máquina de escribir sobre las rodillas, que terminó de escribir su segunda novela: O lustre.

En 1949 regresó a Brasil y en 1952 se volvió a ir, pero siete años después se separó definitivamente de su marido y ya no quiso alejarse de Brasil; se instaló en Río de Janeiro con sus dos hijos –uno sufría esquizofrenia- , y ahí se las rebuscó como pudo; escribía, por ejemplo, en la columna semanal de una revista femenina, artículos en los que inventaba tips de belleza solicitados por la empresa de productos Pond’s que publicitaba el medio.

Un año después de regresar a su país publicó su primer libro de cuentos, Lazos de familia, y al siguiente ya sacó a la luz otra novela: La manzana en la oscuridad, que más tarde inspiraría una obra de teatro. Esa vida de mujer adulta, ya libre hasta de sí misma, coincidirán –al menos, la mayoría- en que fue la más fructífera. Eso lo terminó de demostrar con su segunda novela La pasión según G.H, escrita en pocos meses del ’63.

Es “tristemente célebre” dice Juan Forn, que una madrugada de 1966 se haya quedado dormida con un cigarrillo en la mano y prendiera fuego su dormitorio; sufrió quemaduras en gran parte de su cuerpo y aunque zafó de que le tuviesen que amputar la mano derecha, quedó bastante afectada física y psicológicamente. A pesar de todo eso, continuó escribiendo.

Ya hacia finales de los años sesenta y principios de los setenta, publicó libros infantiles y desprolijas traducciones de autores extranjeros mientras se presentaba en algunos espacios a dar charlas y brindar conferencias.

Murió en Río, el 9 de diciembre de 1977 a las diez y media en la mañana, un día antes de cumplir 57 años y unos minutos después de que alguien, por los pasillos del hospital, la haya escuchado avisar: “¡Se muere mi personaje!”

 

Fotos: eldiario.es

 

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