Victoria Briccola

 

Esta semana analizamos el libro “El color púrpura”, de una de “las auténticas heroínas de América” y un ícono del feminismo: Alice Walker.

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Yo no sé pelear, lo único que sé es ir viviendo”, confiesa la protagonista de esta historia publicada en 1982. ¿Acaso todas en algún momento no tomamos el papel de sobrevivientes, y tuvimos que aprender a luchar ahí mismo, en medio de la reyerta?

Para empezar, es preciso adelantarles que la novela de Alice Walker presenta una estructura epistolar, donde la mayoría de las cartas están escritas por Celie y dirigidas a Dios, a excepción de las que tomaron la palabra de su hermana Nettie, que logran proporcionar un punto de vista añadido al texto.

Dentro de ese marco, la protagonista – una mujer afroamericana que vive en el Sur de los Estados Unidos – se anima a puntualizar y a vomitar toda la pesadilla que atravesó desde muy chica: violencia intrafamiliar, abusos sexuales reiterados por parte de su padre, maltrato psicológico y, como fruto de ese escenario, dos hijxs de lxs que no vuelve a saber nada.

En un comienzo, percibimos a una Celie sumisa, sin reacción frente a la locura que es su día a día y sin oponer ningún tipo de resistencia. Además, vale aclarar que la misma violencia que padeció durante su infancia y en el seno de su familia, se repite de la mano de su esposo años más tarde:He tenido que pelear toda mi vida: con mi papá, con mis hermanos, con mis primos y con mis tíos. Una chica no está tan segura con tantos hombres en la familia”, relata Celie.

Pero resulta que su actitud de ver al machismo y a los maltratos como algo normal, se borra cuando conoce a estas otras mujeres que le enseñan cómo ir evolucionando hacia la libertad en múltiples sentidos. ¿Acaso no nos ha pasado también a nosotras en el espinoso camino de la deconstrucción? ¿No ha sido la sororidad y nuestras hermanas las botellas de agua que salvaron nuestras gargantas y pudimos, finalmente, usarlas para gritar?

Celie logra empoderarse y junto con sus compañeras demuestra que la mujer, evidentemente, no tiene por qué ser lo que espera de ella, más en aquel momento: la primera mitad del siglo XX.

El color, por su parte, opera como un simbolismo muy significativo. Porque mientras Celie, al comienzo de la historia, es maltratada mental, física y sexualmente, ella usa ropa oscura y triste. Sin embargo, al final del libro, después de que logra liberarse de sus opresores, llama la atención con su color púrpura.

Además, Shug, su amiga – una mujer muy fuerte e independiente- normalmente lleva ropa brillante y de colores rojos y morados. Después de obtener su independencia de los hombres y su felicidad, pinta su cuarto con ese mismo color. Hasta lo confiesa: para ella usar el color púrpura es equivalente a algo a lo que se necesita prestar atención y además, asegura, es muy raro en la naturaleza.

Se retrata la represión a la minoría afroamericana y la impunidad frente a la doble represión de la mujer afroamericana: como negra y como mujer.

Es una novela dinámica, con personajes reales e identificables que nos relatan la cruda historia de una mujer que termina convirtiéndose en dueña de su propia vida. Detrás de cada palabra hay una enseñanza: la verdadera revolución feminista está en el autocuidado.

 

Foto: https://bit.ly/2Qxmsmm

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