Por: Bárbara Haurie

Dijeron que no tenían ningún derecho; que “Academia della pizza” era un ambiente familiar; que por eso una familia se quejó y que también, unas mesas más allá, hubo dos señoras mayores que les hicieron señas. Dijeron después, que la pareja los había provocado; que Tomás (22) y Joaquín (21) habían querido irse sin pagar. Pero ni el encargado, que se acercó a decirles que no podían besarse mientras cenaban; ni el mozo, que los corrió una cuadra y media después de que los echaron; ni el lavacopas, que calzó a Tomás de la mochila pegándole por la espalda; ni el otro, que lo golpeó en la cara y lo dejó tirado en el piso, supieron justificar sus agresiones: “Putitos de mierda”, “Si quieren chúpense la pija entre ustedes pero no vengan a la pizzería”, les dijeron. Y eso que estaban en Palermo, y que era un ambiente de familia. Esto ocurrió en octubre de este año.

Tres años atrás, en el 2015, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires promulgó la Ley Antidiscriminatoria 5.261, impulsada por la FALGBT (Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans) ante la necesidad de erradicar los actos discriminatorios cometidos contra la orientación sexual y la identidad de género; asignatura pendiente en materia constitucional que ya en el ’98, frente a la sanción de Ley Nacional 23.592, la Comunidad Homosexual Argentina peleaba por incluir.

Carlos Jáuregui, fundador y primer presidente de la CHA, había fallecido en el año ’96. Tenía apenas 38 años y aunque llevaba poco más de una década de militancia, toda su vida había sido una lucha:

Nacido en La Plata el 22 de septiembre de 1957, Carlos fue el primer hijo de una pequeña familia de clase media, constituida por un abogado y una maestra. Roberto, su único hermano, era unos pocos años menor y, al igual que él, también sería reconocido al interior del colectivo por ser la cara visible de la Fundación Huésped.

Alumno del Colegio José Manuel Estrada, se enamoró a los dieciséis años de su compañero de banco y a partir de ese momento estableció su posición frente al rechazo social: “Si este es mi deseo, es mi vida… ¿a quién voy a pedir autorización para vivirla como quiero? ¿que voy a hacer? ¿Ocultarme, esconderme?”

Entre 1975 y 1979 cursó el Profesorado de Historia en la UNLP, y entre 1977 y 1980 fue ayudante de la cátedra de historia medieval. Tras graduarse, fue profesor de historia argentina en la misma universidad y docente de instrucción cívica en un colegio secundario. A principios de los ochenta se fue a Francia, donde cursó un posgrado en París y, luego de un recorrido por distintos países de Europa, viajó hacia Estados Unidos para realizar un curso de sociología urbana en el Webster State College. En 1982, de regreso en La Plata, dio clases en la misma universidad durante un tiempo y, más tarde, se mudó con su padre a Buenos Aires donde fue profesor adjunto de geografía histórica en la Universidad del Salvador. En el año 1984, impulsado por las experiencias de movimientos sociales europeos, así como por la emergencia de aquel contexto social marcado por la represión y las razzias policiales hacia el colectivo LGBT, fue que se decidió a organizar la Comunidad Homosexual Argentina y en cuyas primeras asambleas, realizadas en el boliche Contramano, sería elegido como presidente. Ese año, tras ser tapa de la revista Siete Días bajo el título “El riesgo de ser homosexual en Argentina”, comenzó su actividad mediática. En 1992 organizó la primera marcha del Orgullo Gay Lésbico en Buenos Aires e impulsó el primer proyecto de unión civil, junto con la inclusión de la orientación sexual en la cláusula anti-discriminatoria de la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires.

En el año 1993 falleció su hermano Roberto  y unos años después, su concubino Pablo Azcona; ambos, víctimas de afecciones y cuadros depresivos asociados a la segregación social marcada por el VIH.

Yo sentía que ese lugar me correspondía y, de hecho, si hubiésemos estado casados legalmente me hubiera correspondido […] Años atrás, la represión policial era nuestra principal preocupación. A partir del sida, nuestro mayor problema es la herencia”, dijo Jáuregui luego de que la familia de Pablo le arrebatara la propiedad donde habían vivido juntos. Sin casa ni sitio a dónde ir, tuvo que vivir de prestado en el departamento de su amigo César Cigliutti y su entonces pareja, Marcelo Ferreyra, con quienes compartió los últimos momentos de su vida hasta que finalmente falleció, en 1996, a causa de la misma enfermedad que le había transmitido Pablo y a quien por amor, ante el deseo de que muriese en paz, jamás se lo contó.

Pero del mismo modo que Marlene Wayar dice “Las travestis no desaparecimos porque seguimos naciendo”, también nacen cada tanto algunas disidencias, binarias o no binarias, cuyas identidades parecen garantizar la continuidad y, al mismo tiempo, actualización del colectivo.

Sergia”, como se apoda Tomás, nació en el Partido de La Matanza el mismo año que falleció Jáuregui pero, a diferencia de éste, no acepta que le digan gay: es marica por definición y militante de una corriente nacional y popular desde la que gestó la mesa de disidencias del Partido de Nuevo Encuentro (La Matanza), iniciativa regional que lucha por tener su alcance nacional.

Una de las cosas que nos motivó fue ver que siempre hablamos un montón de la mística en torno a los piquetes, por ejemplo en los ‘90 y 2000, del movimiento piquetero y, sin embargo, nadie de la ciudad mencionaba a Diana Sacayán; como nadie nos habla ahora, de las compañeras travestis y trans que estaban en esos piquetes, en esas movilizaciones, y que son las herederas de toda esta lucha; ahí veíamos a Lohana y a otras referentas, nadie nos habla de ellas; por eso las disidencias no tenemos ningún tipo de modelo, de líder político y por eso importante que nos sentemos a pensar qué lugar va a ocupar esto en nuestra militancia”, asegura Sergia parado junto al proyector del Centro Cultural Colibrí –Kolina y Nuevo Encuentro- tras la inauguración del ciclo de Cine Diversx que tuvo lugar el pasado martes y en cuya primera edición se proyectó “El Puto inolvidable” (2016), una película de Lucas Santa Ana, basada en la vida de Carlos Jáuregui.

Según explicó su compañera de Nuevo Encuentro (La Plata), Carla Hoyos: “Fue una búsqueda y una decisión política hacerlo”. Tal vez porque recuperar la vida de aquel activista desde la lectura política de Sergia es algo más que entrecruzar biografías y trayectorias personales; es preguntar, por ejemplo, en términos colectivos: “¿Qué nos pasó a nosotras, las maricas? ¿Qué es ese modelo de varón gay que nos ofreció el neoliberalismo para alejarnos completamente de esta historia?”.

Vivimos en un contexto en el que a las compañeras travestis y trans las matan en las zonas rojas de nuestros países, a las maricas nos corren cuadras y media por odio a nuestra orientación sexual y a las compañeras tortas las encarcelan por querer darse un beso; es muy difícil así poder salir del clóset”, asegura. “Porque la salida del clóset no es una sola vez con tu familia, es todos los días; a cada rato, en cada nuevo encuentro en el que lo que se presume o espera de vos es que seas heterosexual.”

Hay que ser muy crítica, dice Sergia, para bancar esta lucha:

Pero, ¿cómo? Si ya se pueden casar –ironiza.

Porque cuando una marica quiere saltar a denunciar un acto discriminatorio, como nos pasó en la pizzería, y como pasa todo el tiempo, la primera respuesta que recibe siempre es: ‘ah, pero sos una loca; una loca que no entendió que los derechos ya los tienen y estas cosas ya no pasan´; entonces, claro, el evento de la pizzería vuelve otra vez a caer en el lugar de un hecho aislado”, y comenta además que una semana después de lo ocurrido, el dueño de la pizzería recibió una formación de tolerancia: “Como si a nosotras nos enseñaran a ser tolerantes”.

En la película veíamos mo se comenzaban a armar, por ejemplo, los encuentros de personas LGBT en Rosario; eso es un Encuentro Nacional que habría que renovar, porque las identidades no binarias estamos negadas en los espacios, digo: al único taller de maricas que pudimos asistir, fue al del encuentro de Varones Antipatriarcales y, todo bien, pero plantea una deconstrucción que nosotras no tenemos que hacer porque no formamos parte de los círculos de complicidad machista que se encuentran trabajando los compañeros”, dice Sergia y agrega: “Estamos muy acostumbradas las maricas a que los heterosexuales varones nos digan cómo hay que entender al pueblo”.

Férreo opositor del neoliberalismo Gay Friendly, Sergia está convencido de que la única posibilidad de recuperar el país, tomado por la derecha, es a través de un modelo nacional, popular y feminista: “Formar parte de los espacios políticos latinoamericanos, populares, que las disidencias entendemos que son las que pueden tomar estas luchas; no apropiárselas para presentar un modelo de varón gay que ya no lucha por nada, sino poder incorporarlas, hacerlas parte de la misma lucha”, sostiene.

En este sentido y, recuperando las palabras de Cristina, reconoce que “ante la individualización del ideal” es fundamental anteponer el afecto, el orgullo y el amor.

Si hay algo que yo recuerdo desde el momento en que mi familia me dijo “no”, era llegar a la escuela y llorar rodeada de amigas heterosexuales; mujeres que estuvieron ahí para contenerme”, confiesa Sergia.

Pero lo personal es político y, por ende: “Si el terreno de batalla es la heterosexualidad, nos urge construir entre todxs familias alternativas, disidentes”, porque “estamos cansadas de que crean que las disidencias y las diversidades queden sólo para algunos espacios: apuntemos a una secretaría de gobierno de género”, propone.

Una última reflexión: “¿Se complicó la realidad de Jáuregui y los suyos? Sí, un montón; pero también hay un montón de cosas de las que estar atentas”. Mientras tanto, a seguir marchando.

Fotos: Nuevo Encuentro

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El Intransigente

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