El género en el deporte desde la primera infancia

Por: Sofía Sánchez

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En este mundo, no es insignificante nacer hombre o mujer. Sin embargo, bien distinto es ser mujer o ser varón.

El género se define por oposición al concepto de sexo –concebido como un hecho biológico–. El género está estrictamente relacionado con el conjunto de significados simbólicos que diferencian a varones de mujeres: activo/pasiva, proveedor/ama de casa, público/privado, cultura/naturaleza, razonable/emocional, competitivo/compasiva. En contraste con esto, el sexo refiere a los cuerpos de varones y mujeres, en tanto fijos, inmutables y naturales.

Los cuentos infantiles, y no tan, muestran que siempre el papel de la mujer implica ser la hija o la esposa del rey; los aprendizajes que se fomentan dan a entender que ser mujer es formar parte de la humanidad, caracterizada por la invisibilidad del propio ser; una invisibilidad que cuando intentaba deshacerse para sacar a la luz la existencia de ese ser mujer, tal existencia se manifestaba como carente, menor, inferior, supeditada… a la del ser hombre. Porque en definitiva, el sustantivo “hombre” incluye -dicen “genéricamente”- también a las mujeres.

Las relaciones de alteridad y las de diferencia se inician en la primera infancia, cuando todo aprendizaje es inconsciente, no pensado, sólo vivido, y vivido en relación a un ser del que dependemos radicalmente. Estas diferencias lamentablemente siguen a lo largo de la vida.

Se manifiestan, por ejemplo, en el juego infantil, siendo éste la forma de aprendizaje por excelencia, y siempre hablando en términos de características generales: mientras las niñas juegan “a las muñecas” (futuro rol de madre), los niños “a los autitos”. Ellas tienen una oferta mayor de actividades expresivas e individuales, y ellos, de actividades deportivas y grupales; ellas dentro de casa o en espacios cerrados (futuro hogar) “a la casita”; ellos en la calle o en espacios abiertos, “a la pelota”. Todos estos aprendizajes infantiles direccionan el futuro actuar del adulto y es en esta etapa donde se van forjando las representaciones de lo “femenino” y lo “masculino”.

Tanto más fuertes y estructurados sean estos mandatos, tanto más difícil será modificarlos. En cuanto al deporte, este fue desde sus orígenes uno de los mencionados ámbitos exclusivamente masculinos. La mujer, a medida que fue accediendo a distintos espacios y actividades públicas, se fue incorporando también a él, con las limitaciones que implica entrar en un campo hegemonicamente masculino.

El sistema educativo argentino desde su constitución hasta no hace muchas décadas instaló explícitamente “guiones generalizados” exclusivos y excluyentes para cada colectivo. Durante décadas las niñas recibieron exclusivamente el conocimiento de labores de manos y nociones de economía doméstica. Los varones, en cambio, tuvieron el privilegio de recibir enseñanzas en relación con nociones de agricultura y ganadería y ejercicios y evoluciones militares. La finalidad de la educación de las niñas fue convertirse en madres y esposas del ciudadano – (sujeto que fue durante décadas un ciudadano varón)-; un conjunto de disciplinas escolares se encargó de introducir a éste en el espacio público y en el mundo de los deberes y derechos del ciudadano.

Las prácticas deportivas han tenido –y aún tienen- un papel central en el modelado de diversas masculinidades, especialmente hegemónicas y subordinadas. Los deportes asociados a una determinada masculinidad relacionada con la fuerza, la rudeza, la valentía, la osadía y el coraje. Al mismo tiempo, ciertos juegos y deportes contribuyeron a modelar cuerpos femeninos jerárquicamente diferenciados. Los objetivos de éstas prácticas corporales avalaron y legitimaron la construcción de estereotipos sociales y sexuales: desarrollar la fuerza en el varón y la coordinación y el ritmo en las mujeres.

Actualmente, cada vez más mujeres se incorporan a diversas prácticas deportivas pero no de manera plena, ya que aún persisten determinados estereotipos que siguen recordándole que no es un espacio propio para ella o, al menos, no tanto como para el hombre. Los medios de comunicación, la familia y la escuela orientan de manera distinta a hombres y mujeres hacia el deporte, a través de expectativas de interés, realización y elección de determinadas modalidades deportivas identificadas socialmente como más acorde a cada uno de los sexos.

El deporte femenino en la Argentina tuvo una evolución similar al resto del mundo, con mujeres que tuvieron que luchar con los prejuicios y la rigidez de una sociedad poco dispuesta a aceptar modalidades que se alejaran de lo convencional. Sin ninguna compensación económica, las deportistas tienen que organizarse para cumplir con su trabajo, entrenar y competir. Estas mujeres, en distintos momentos de la historia, tuvieron que enfrentar, además, agresiones verbales del estilo de “machonas” o “varoneras” y el conocido “vayan a lavar los platos”.

A pesar de los avances sociales de las mujeres en diversos ámbitos todavía existen diferencias importantes en cuanto a la participación y representación femenina en las distintas esferas del deporte. Por ejemplo, se puede apreciar mayor presupuesto federativo al deporte masculino que al femenino.

Por lo tanto, en esta sociedad donde todo tiende a naturalizarse y reproducirse, sería interesante poder abordar este tema desde un posicionamiento crítico y reflexivo, intentando descubrir las formas en las que ha sido institucionalizado el poder masculino sobre las mujeres en el deporte, cuestionando de manera práctica y simbólica estos privilegios masculinos, usando el género como categoría básica de análisis y creando conciencia acerca de las complejidades y contradicciones de las relaciones de género en el deporte, tanto en la teoría como en la práctica.

2 comentarios sobre “El género en el deporte desde la primera infancia

  • CONTUNDENTE Y PORMENORIZADO DETALLE DE COMO SE VA CREANDO “LO MASCULINO Y FEMENINO”. IMPOSIBLE REBATIR LAS ARGUMENTACIONES DE LA AUTORA SOBRE EL TEMA. EXCELENTE NOTA. DERRIBANDO ESTEREOTIPOS!!!

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