I am not a witch (No soy una bruja)

Por Micaela Mennuto

Como ya sabemos, las mujeres seguimos siendo oprimidas en todo el mundo, víctimas de una violencia social sistemática. Pero esta violencia se ve plasmada de distintas maneras según la parte del mundo donde hagamos foco. En América y Europa podemos dar cuenta de los femicidios, la violencia de género, la brecha salarial, los abusos sexuales en el trabajos y en la vida diaria, entre otras prácticas, que generan un mundo machista, patriarcal y violento.

Si querés tener un pantallazo breve de qué pasa con las mujeres en otras partes del mundo, hoy te recomendamos I am not a Wicht (2017), de Rungano Nyoni. Esta película nos permite viajar a África, Zambia, y conocer cómo la violencia social hacia las mujeres está conformada por prácticas culturales propias de la Edad Media, pero perpetuadas en la actualidad, donde se acusa a las mujeres de ser brujas por irrisorios motivos. Y, ante el repudio social por la fuerte creencia, algunas son asesinadas, y otras, con suerte, expulsadas a campamentos para brujas. Es una película de ficción, pero cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia.

La película narra la historia de Shula, una pequeña niña de 9 años que es acusada por su comunidad de ser una bruja, por el simple hecho de estar presente en un incidente superficial. Sin afirmarlo ni negarlo, Shula es enviada a un campamento con señoras mayores acusadas de ser lo mismo: brujas. En este campamento, las mujeres deberán trabajar la tierra gratis, los hombres jefes utilizarán sus “poderes” de brujas para determinadas situaciones, las exhibirán al turismo, y siempre permanecerán sujetas a una cinta blanca que no las deje escapar. Si alguna no obedece y corta la cinta, la creencia presagia que se convertirán en cabras. (Consejo: mirate la peli antes de seguir leyendo)

Por un lado, tenemos el hecho de que la bruja protagonista es una niña de 9 años, cuando en general las acusadas suelen ser mujeres adultas y/o ancianas. Esto nos permite interpretar que, en un país con extremas dificultades sociales, ser mujer y además ser pobre es motivo suficiente para ser la causante de todos los males, sin importar la edad. Por otro lado, podemos analizar cómo las mujeres condenadas a los campamentos de brujas sufren la injusticia en carne propia, pero al ver cómo una niña es condenada a su misma situación, sufren por ella, la integran, la protegen y ella les dará el impulso de luchar.

Estas lecturas van acompañadas del interesante tratamiento narrativo que la directora utilizó. Shula tiene pocas lineas de diálogo, y atraviesa la mayoría de las situaciones como puede, sin negarse, como lo que es: una niña. Sin embargo, la gran actriz que interpreta el papel, nos permite acompañarla en sus dudas y miedos, donde a lo largo de la película somos testigos de cómo ella misma va creyendo, por momentos, que sí es una bruja. Con un tratamiento audiovisual que toca el realismo mágico, durante toda la película respiramos una realidad con aires de fantasía, desde el punto de vista de una niña, lo que genera una poética visual más intensa, e innegablemente atractiva.

Este tratamiento, también nos permite realizar algunas lecturas metafóricas: la presencia visual de las cintas que lleva cada mujer, una suerte de cadena de tela blanca ¿será acaso una representación del mandato que todas las mujeres estamos obligadas a cumplir, según el lugar del mundo donde hayamos nacido? ¿Aquel mandato al cual estamos atadas, y del que nos dicen que no nos conviene liberarnos porque todo será peor? Siguiendo esta línea de interpretación, el final cobra aún más relevancia. Pero no voy a spoilear tanto.

En línea con esta interpretación del mandato, hay un personaje que pone en reflexión qué actitud tomar ante la situación. Shula tiene dos opciones: se revela ante el mandato y todo será aun peor; u opta por la obediencia, y tendrá como recompensa la salvación (contraer matrimonio con un hombre jefe, que le de “mejor” calidad de vida siendo su esposa). Creo que teniendo en cuenta el rol de la mujer en la historia, este mandato nos resulta conocido. Y más que esposa, me atrevo a decir empleada/sirvienta, entre otras cosas.

Desde lo absurdo de dejar que un “hechicero” (varón) sacrifique a un gallo, y en función del lugar que éste muera, se determine si la mujer acusada es una bruja o no, hasta los campamentos de brujas abiertos al turismo exhibicionista, nos permite también reflexionar sobre qué comunidad es la ignorante: ¿la comunidad que cree en las brujas, o las personas blancas que encuentran una atracción en esto, y se enternecen con una niña esclavizada y encerrada, por lo que su buena acción del día es sacarse una foto con ella para mostrarla en las redes sociales?

En palabras de la directora, esta es una película que nos invita a reflexionar “cómo la gente impone reglas, por muy absurdas que sean, a otras personas y lo difícil que es romper esas reglas, aunque sean de las que no se explicitan y van ligadas a la sociedad o la tradición”.

I am not a wicht es una representación de la condición de la mujer en todo el mundo de manera metafórica, pero impacta saber que en Zambia, es una representación en sentido literal. Nos muestra la situación de la violencia hacia las mujeres en África, y nos deja un mensaje ante la opresión: la resistencia, y la lucha unida. Siempre, la lucha.

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