Entre pito y flauta

Por: María de los Ángeles Etcheverriborde

Hace algunos días, navegando por las redes, me encontré con una publicidad de Tulipán. (Y como buena hija de los ´90, criada en el fulgor de los videoclips y las publicidades de Sprayette, las amo. A todas: con canciones, sin canción, incluso, cuando sé que esos productos no funcionarán jamás. Me declaro fan. Seudo adicta)

El problema que me planteé fue que las publicidades de preservativos nunca me interpelaban. Tal vez porque no tengo pito o porque, al criarme en un pueblo, ir al kiosco a comprar forros nunca fue algo permitido para mí. Mi sexualidad y su seguridad siempre estuvieron en la clandestinidad.

Una de las primeras publicidades de forros que vi era, nada más y nada menos, la de un adolescente varón cis, blanco pero feo (para los estándares de belleza hegemónicos), típico púber, que un día despertaba y encontraba su pene erecto y parlanchín, porque comenzaba a hablarle y pedirle “acciones”. El muchacho iba por la vida con un pene que hablaba (visto desde hoy: violador alert), volviéndose “incontrolable”. Pero encuentra la solución colocándose preservativos, y guiñandole el ojo a una muchacha que desprende la camisa y, sin decir nada, muestra su corpiño blanco. Y él festeja, porque hoy la pone.

Así nació y se perpetuó la idea de que los hombres piensan con el pito, no con la cabeza. Y el mundo patriarcal nos evangelizó con esta excusa que justificaría mil y un ejercicios de poder violento.

Yo, mujer blanca y paki, recuerdo caminar hasta un kiosco lejano y esperar afuera mientras el partener hacía la compra, y salir luego caminando por otra calle, como si fuéramos la mafia italiana. O como si estuviéramos vendiendo alguna droga, corte Brakind Bad. Pero no, eran forros con espermicida. Forros que luego serían escondidos en los lugares más remotos, insólitos, resguardados delx hermanx menor. Resguardados de asumir en público el ejercicio de una sexualidad posible.

En 2007 salió el “hitazo” que todxs recordamos “Sin triki triki no hay bam bam”. El enigmático slogan con que el Ministerio de Salud (en ese momento teníamos uno) lanzó en una campaña de lucha contra el Sida, en el marco de una iniciativa financiada por las Naciones Unidas. A la distancia, entendemos que esa oración podría haberse referido a cualquier cosa, pero en este mundo, donde nombrar sexualidad o genitalidad incomoda, hablaba de que sin forro no hay sexo.

Esta publicidad, que fue tanto audiovisual como gráfica, sumado al reparto de preservativos de manera gratuita, pretendía una responsabilidad por parte de quienes llevarán adelante el acto sexual. Un acto sexual que siempre se daba entre una pareja heterosexual PERO que no nombraba nada. Pretendía hacernos responsables de algo dicho desde los gestos, desde el mostrar el elemento preservativo, pero siempre sugerido desde el Tabú.

Si, otra vez la sexualidad clandestina, cuidándose del fantasma sida/HIV, gonorrea, sífilis. De eso que la tele y la escuela te decía que se transmitía entre los monos, los gay y lxs que ejercían su sexualidad activamente y no de forma “misionera”. Otra vez la desinformación.

Según una nota publicada en el diario de ese momento, “la campaña buscaba dar un mensaje claro y contundente, en un lenguaje y estética cercano a los de la población, y a la vez abarcar a la sociedad toda”.

Bueno, parece que la población es paki. Y que la gente vivía en un musical constante. Y que no se puede hablar de educación sexual integral pero sí generar comicidad.

Luego, siguió otra publicidad, que venía a reforzar el mensaje Trikitriki: “si no se lo pone él, se lo pongo yo”. Si una vez más, un maravilloso cerebro pensó que si no eran pocas las cosas con las que ya cargaba el género femenino, le podíamos sumar ahora la tarea de pedirle, por favor, al sujeto que se ponga el forro, y si el hijo de dios no se lo pone, yo que soy re gauchita, se lo pongo, porque ahora la tele me explico cómo hacerlo.

En un video de 1.09 minutos, una reconocida actriz nos explicaba cómo CONVENCER al varón de ponerle el forro sin decir una sola palabra, sugiriendo la creación de un CLIMA , oscureciendo el lugar, poniendo música suave, contando secretos íntimos, besando todo su cuerpo y, como parte del juego, ponerle el preservativo acariciando suavemente sus genitales.

Luego veíamos como se colocaba el preservativo en un pito de cristal, y la actriz comentaba que si habías practicado sexo sin condón podías hacerte la prueba del HIV/SIDA. De aborto legal o pastilla del día después, nino. Ni Noticias.

Hoy, lejos de estas cumbias y videos explicativos, que ponían a la mujer en el lugar de convencer de manera silenciosa, me encontré con el Pack del Consentimiento: una pintoresca cajita que sólo se abre con el acuerdo de las dos personas. Literalmente, para abrir el paquete se necesitan sí o sí las cuatro manos.

Poniendo en escena la discusión sobre la necesidad de explicitar el consentimiento del acto sexual de ambas partes (o de todas las partes que participen) y evitar la violencia sexual. Dos ejes arrancados de la potestad de las mujeres durante mucho tiempo: la decisión y el goce.

En argentina 4 de cada 10 mujeres reconoce haber sufrido abusos por parte de sus parejas. Y, en una encuesta publicada recientemente por la Ciudad de Buenos Aires, la mitad de las mujeres que tienen domicilio allí, admiten estar en una relación con signos de violencia.

Entonces, decir que no, es romper un acuerdo tácito y naturalizado, que no nos preguntó si queríamos, pero que nos silenció para que no pudiéramos marcar nuestro desacuerdo. Es dejar de asumirse objeto que está al servicio del placer del otrx. Es ser gobernadora de nuestras decisiones. Es quitarle poder a la moral. Y a la pasión las excusas. Es tomar ese lugar que nos fue arrebatado. Es ir arriba porque tengo ganas, es el pedirte tal o cual pose, es demandarle al otrx, de la misma manera que somos demandadas.

Es decidir que no hay voracidad sexual posible sin respeto. Es que en esa situación íntima, donde todo lo que hagamos o decidamos explorar sea una decisión consiente, que incluya nuestros deseos, respete nuestro miedo o límites, atienda nuestras fragilidades, que nos abra a nuestras maneras de sentir y percibir placer. Porque precisamente ese respeto mutuo y confianza es lo que necesitamos para encender el fuego de nuestros encuentros, tanto fugaces como estables.

Es la posibilidad histórica de que los varones puedan ejercer otras masculinidades donde dejen de afirmar su virilidad por medio de la opresión. Un ejercicio que incluya los placeres y los deseos de otrxs, donde nadie tenga que crear climas para que accedas a ponerte un forro. Porque mientras no exista aborto legal, el placer va a estar siempre sesgado por la posibilidad de gestar algo que no decido, y arriesgar mi vida en ese derecho a decidir.

La afirmación: si no te dice que sí, es NO, es confrontar con la cultura de la violación que te hace creer que si ya vino a tu casa, o porque ya hablaron por tinder te lo tenés que coger, aunque te parezca un adefesio.

Calentarse, gozar, mojarse, sentir placer, jugar, debería ser más que un ideal del kamasutra, o un derecho que sólo ejercen los hombres.

Entonces, es preguntarme si quiero coger – pero no poner un SI cuando estoy inconsciente tirada en el piso-. Y es también respetar cuando digo NO -aunque estemos desnudos y de pronto haya cambiado de opinión y ahora digo NO, que es la palabra que vale-.

Y, después de todo eso, es preguntarme si ya quiero acabar. Porque, entre pito y flauta, acá hay un cuerpo que quiere gozar y que respeten ese goce.

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