La incomodidad de Maxi Prietto

Por: Aréchaga, Ana Julia

Del blog: https://anajuliaarechaga.wordpress.com/

“Fuimos a cenar con una amiga a un espacio cultural que se llama La Bicicletería. Dimos varias vueltas para elegir nuestro lugar, porque afuera hacía frío y adentro estábamos solas. Hasta que decidimos sentarnos adentro, en un salón donde hay una barra que da a la cocina. Escucho que suena vía YouTube el CD de boleros que grabó Maxi Prietto junto con Poli (Natalia Politano). Hago alusión al mismo sin carga peyorativa, sólo haciendo un gesto como nota mental sobre algo que no tengo resuelto.

Me escucha quien estaba atendiendo, y aparece una chica y dice que ella lo había puesto como haciéndose cargo de una acusación. “Lo puse porque me gusta”. Ambos me cuentan que casualmente Poli estaba trabajando esa noche en la cocina del lugar. Allí comenzó un breve intercambio donde me preguntaron si para mí estaba mal escucharlo. Dije que no, que era algo que también me preguntaba como elles, la cuestión de qué pasa con la obra de un artista con quien no se comparte una visión política ideológica o sus prácticas de vida van a contrapelo de un montón de cosas con las que una está de acuerdo. La disyuntiva entre el ser “privado” y la cara pública. Aparece Poli y me dice que le pasa lo mismo, dice que ella no había puesto esa música y que estaba tan consternada como el resto con lo actualmente sucedido. Intercambiamos ideas, expuse mi posición sobre el terreno fangoso en el que todavía el feminismo chapotea. Por una parte, porque decidió que así sea (que los hombres se ocupen de su propia deconstrucción), y de otra porque las prioridades del movimiento fueron otras. El lugar incómodo que nos lleva a la pregunta de ¿qué hacemos con los Maxi Prietto? Porque como expuse en ese momento, no alcanza con separar, apartar de sus ámbitos. No alcanza y no sé si es la respuesta: ¿Mandamos a todos los hombres que incurrieron en el abuso de su masculinidad, de su posición de poder, a una isla? ¿Los metemos presos? ¿Los apartamos de unos ámbitos para que sigan transitando en otros?

Ahora bien, estas preguntas son de difícil resolución y sólo de manera colectiva se construirá la respuesta. Aquí plasmaré algunos argumentos que me vienen rondando en la cabeza a partir de lecturas y debates de los que participé.

En primer lugar, la idea no es poner en duda a quienes exponen el sentirse afectadas.  Entendemos que a la luz de los avances que se están haciendo en la sociedad con respecto a la matriz que nos atraviesa a todes sobre el modelo patriarcal, es que se puede realizar una relectura del pasado. Eso que en su momento incomodó, dolió o dañó tiene ahora una lectura desde el colectivo, no es algo que me pasó por puta, groupie, casquivana, o estar en el momento equivocado. No es individual y privado, aunque el acto en sí recae en una persona singular. Obedece a una trama de violencias sistémicas que se implican en ser mujer, trans, travesti, homosexual y otres. Así como el victimario también está inserto en esta matriz cultural, lo que no quita responsabilidades, pero desindividualiza el problema en el sentido de que no es un caso aislado, extraño, extraordinario sino parte de una trama. Y al mismo tiempo, genera nuevas lecturas, o da palabras, a hechos pasados.

En segundo lugar, los debates actuales que se fomentaron a raíz de varias notas de Rita Segato sobre la diferenciación entre el linchamiento y el escrache. Y en ese sentido estamos en una disyuntiva similar, las prácticas individuales versus las colectivas. El escrache habla de entender lo particular e íntimo como político y, por ende, como problema público. Se hace una lectura colectiva de la situación y se trabaja de manera colectiva sobre su resolución (por ejemplo, el caso de Thelma Fardin). El linchamiento, refiere la autora, es la respuesta individual a una situación vivida de manera particular no compartida, analizada, en algún entorno colectivo. El primero sería aceptado por la autora, el segundo no tanto. Sobre esto pienso que si las mujeres encontramos como modo tanto el linchamiento como el escrache para efectuar una justicia de índole simbólica, más que material, es lo que estamos pudiendo.  Posiblemente se acusen a hombres “inocentes”, pero en ese sentido las que llevamos las de perder de manera histórica somos nosotras y nosotres. Seguimos teniendo miedo de caminar por la calle de noche, nos siguen violando y matando, y en todos los casos somos inocentes. Así que el argumento del cisne negro, el cual refuta la norma por exponer un caso al que no se ajusta la normatividad (el caso del inocente agraviado) no es conducente. Vuelvo a otro pensamiento: en las mujeres como parte de nuestro ideario de acción está la enseñanza sobre el cuidado del otro, y en ese sentido injuriar, exponer o señalar nos cuesta. Y está bien que nos cueste, porque como dice la nueva gurú Segato no queremos reproducir las mismas violencias. Pero también pienso que no hay que caer en la demanda moralista de ser mejores personas que se nos exige permanentemente a las mujeres donde el feminismo tiene que ser moralmente superior a otros movimientos. Es un movimiento de este planeta no de seres puros y divinos. ¿Queremos una sociedad más justa que no reproduzca antiguos modos de reproducción del poder? Sí, claro. Pero que esto no sea un mandato que obture el accionar, y la visión de que estos avances van a ser conflictivos. No vamos a estar de acuerdo, no hay una verdad sino que serán nuevos pactos a establecer. Se tilda de extremistas a reacciones que parecen ser disputas amorosas más que sometimientos. Puede ser, o no. Respiremos y centrémonos: el extremismo está en que nos matan, no en una reacción. Discutamos e intercambiemos, pensemos y armemos un código donde tipifiquemos las múltiples situaciones en que nos vemos violentadas, ahora que son visibles, y sus posibles resoluciones. Sigamos indagando y también diciendo basta como nos salga, porque ya nos callaron suficiente.

En tercer lugar, ¿el feminismo debe ocuparse de dar respuesta a las situaciones “Maxi Prietto”? Yo creo que sí, si queremos seguir avanzando debemos meternos en esto.

En varias ocasiones intercambiando con amigas feministas, con quienes llevábamos adelante talleres de violencia de género como trabajadoras estatales, cuando proponía la necesidad de trabajar con los hombres, ellas arugmentaban que los recursos del estado son escasos y que no se debe destinar dinero en programas que trabajen con hombres violentos, porque simplemente no hay plata ni siquiera para casas de tránsito para mujeres que tuvieron que huir de sus casas con sus hijes y tres petates porque su concubino estuvo a punto de matarla. Cómo contraargumentar esto. La urgencia en detrimento de la estrategia. Pero nuestros pensamientos no pueden cerrarse a los recursos disponibles del estado. Otra respuesta que se da es trabajar con les jóvenes, en profundizar la ESI, pero eso es a futuro. ¿Qué hacemos con el entuerto de ahora?

En CABA están funcionando espacios que dependen de ONGS que atienden a hombres que han ejercido violencia y quieren cambiar. En La Plata hay espacios en el Hospital de niños, San Martín y en el Patronato de Liberados, que se acceden por órden judicial (creo). Son datos interesantes.

Desde otro ángulo se menciona que nosotras/es hemos hecho mucho trabajo en la concientización, la reflexión, en el ámbito de la militancia, estando en el espacio público y no podemos seguir reproduciendo el lugar de madres/maestras educadores. Los hombres tienen que hacer su trabajo para deconstruirse, desnaturalizar sus prácticas, nosotras solamente vamos a señalar lo que no queremos más. Estoy de acuerdo con esto. Pero también pienso que ya avanzado el movimiento es hora de que sumemos a los muchachos a las discusiones. Está buenísimo que el encuentro en octubre sea plurinacional solo de mujeres, trans y travestis, porque nos tenemos que encontrar desde el lado de les oprimides para reconocer tanto las secuelas de esa opresión como el ejercicio de reproducción que nosotres también ejercemos, y al mismo tiempo que debemos organizar la lucha, armar nuestra agenda. Pero hay muchos otros espacios que podemos construir donde la otredad masculina puede ser invitada a reflexionarse, y reflexionarnos y reflexionar los vínculos. Porque si consideramos que la salida punitivista (todos los hombres a la cárcel) no aplica a todos los casos, demos el debate sobre ¿cómo los resolvemos? Lo que me lleva al cuarto punto.

En cuarto lugar, es necesario pensar, debatir y discutir sobre qué hacemos, qué se hace como sociedad y como colectivo con estos hombres. He escuchado varios casos donde frente a denuncias sobre un chabón se lo separa del movimiento u organización donde participa. Es la respuesta y el mecanismo que actualmente se encuentra, antes se silenciaba y el chabón seguía compartiendo la mesa como si nada. En eso hay avance. Pero ese chabón sigue estando en la sociedad, en el barrio, en los bares. ¿Le ponemos una letra escarlata? Si hay un violador que la justicia no metió en cana por el pacto de silencio patriarcal, ponele un cartelote porque debo protegerme. Pero, ¿en otros casos? Y en el caso del violador ¿pensamos que se pueden recuperar? ¿o los condenamos a la cárcel de por vida?

No es lo mismo una acusación de violación que una acusación de acoso, no es lo mismo el maltrato físico que el maltrato verbal, aunque todos sean maltratos y reproduzcan el mismo sistema. Tampoco que sea una acusación a que existe un proceso judicial. Y no todo debe ser judicial. Lo que implica que las respuestas son particulares a los casos. Pienso también que quienes tenemos hermanos, padres, tíos, primos ¿cuántos de ellos pasarán la actual vtv?

Claro, no es lo mismo quiénes actualmente se están replanteando su masculinidad a quienes siguen deseosos de seguir ejerciendo sus privilegios y sólo desearían que ardamos en la hoguera. Obvio, también están quienes discursivamente son progresistas y hablan de equidad, pero en la vida cotidiana hacen agua, y eso nos lleva a ser cautelosas y desconfiar.

Y ahí vamos con Maxi Prietto, referente actual de una linda música que ostentaba e intentaba una figura de masculinidad no hegemónica, pum, acusado de tres situaciones de acoso y abuso. Es apartado de la banda, luego reincorporado, se van dos de sus compañeros, o dicen que se van porque no comparten su reincorporación. Maxi Prietto ayer (21/03) escribe en su Instagram. Pide perdón. Y abre un camino que nos llena de preguntas (por suerte): en su proclamación que intenta no mencionarla como defensa, dice que no es el mismo que en el 2008 (momento de las acusaciones) y que la sociedad no es la misma. Habla también de que él es parte de una cultura. No niega, aunque sí dice que no se ve en todas las acusaciones representado fielmente. En los comentarios hay quienes lo alientan, dan ánimo y festejan que “dé la cara” y quienes no les parece suficiente excusarse en “el machismo es una enfermedad, está arraigado en la cultura”, y un perdón. El machismo no es una enfermedad, es un sistema de poder.

¿Le creemos o no le creemos? Utópicamente se considera (ponele) que el fin de las cárceles no sólo es juntar a quienes delinquen y castigarlos sino también “reeducar”. Entonces, partimos de la creencia en el cambio, en las transformaciones. En el pedido de perdón. Lo que remite a ¿somos una esencia? ¿nuestras personalidades se modifican? ¿se puede cambiar? ¿quien es violento es violento una vez o lo será siempre? Una persona que ostentó de su lugar estratégico de poder, por hombre y por músico, se hizo el poronga, abusa, y transgrede el no ¿acredita para el indulto social?

No puede salir indemne, no. Decir basta públicamente a esas situaciones es parte de lo que se requiere para el cambio social. También considerar como parte de este cambio a quienes están dispuestos/es a reflexionar, a deshacerse para volver a hacerse, a no ostentar una verdad, y estar dispuestos a atravesar el “escarnio” público y ensayar formas de reparación. No hay respuestas unívocas, pero hay que darse el debate y darnos el tiempo de descubrir esas respuestas, y de no tener vergüenza de intercambiar sin miedo a ser juzgades.”

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