¿Cuál es el peligro?

Naomi Vona

Por: Bárbara Haurie

Yo había ido a comprar un sellaroscas verde; volvía de la ferretería como cortando campo por el parque y viceversa; pisando, bajo el sol, algunas hojas de otoño. Entonces vi, a la distancia, a dos hombres parados calle arriba frente a la otra esquina y pensé; pensé en lo que podían estar haciendo mientras se acercaban a esa casa y se agachaban junto a la caseta de gas, un poco como inspeccionando y después seguían, rumbo al parque.

Antes de salir yo había visto también nuestra casilla de gas abierta y le había escrito a Diego para avisarle; perseguida, porque la noche anterior se había viralizado en feisbuc la noticia sobre unos tipos que montaban todo un operativo de inspecciones falsas para entrar a afanar o no sé qué cosa en las casas y me asusté. Pensé ahí nomás que en cualquier momento me iba a caer algún falso inspector y yo sin gas pimienta. Imaginé tanto esa situación, analicé lo posible, hice cálculo de probabilidades, y me asusté de nuevo. Después, inmediatamente después, por puro capricho asociativo, me acordé del plomero; de su último mensaje de audio y del tono con que había pronunciado sus últimas palabras: “Termino con esto y…voy para tu casa”; ¿era esa la voz del tipo cuando estaba cansado o cuando se ponía gediento?, pensé. En cualquier caso era mejor no saberlo.

“Le escribo a Diego”, dije entonces; “ah, pero hablamos hace menos de media hora y estaba grabando; quedamos en hablar más tarde”, calibré hasta que finalmente, dada la situación, resolví escribirle igual. Pero en el entretiempo en el que busqué la conversación y apoyé el índice sobre el cursor, hubo como una milésima de segundo de reflexión en contra o a favor y me eché atrás. Y ahí me dije que; que eso no podía ser, que “siempre hago lo mismo” y “me la tengo que bancar”.

Asumí entonces, por más exagerado que suene, que parte de autopercibirme mujer es asumirme constantemente al límite y en estado de riesgo, de peligro; “pero, calma –dije- ; también es una experiencia que sé perfectamente transitar: corro, grito, pataleo y tengo bastante fuerza. Mejor no le escribo nada a Diego”.

Abrí la puerta, fui hasta la computadora y bajé la música; me senté. Escribí y volví a subir la música.

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