No llamen a los bomberos, fue intencional

Por: María Etcheverriborde

Miss Bolivia y Jimena Baron se encontraron y lanzaron un tema que se titula “Se quema”. Con más de un millón de vistas en Youtube, llegaron para discutir con la idea de lo masivo como chato, carente de todo juicio valedero, de crítica, como pochoclo de paco, que pasará al olvido ni bien salga un nuevo tema del invierno 2019.

Vienen a discutir con Adorno* cuando decía que la cultura de masas no hacía más que adoctrinar y alcanzarle una silla al espectador para que se ponga cómodo mientras pasan los elefantes.

El montaje comienza mostrando primero un lavarropas y su movimiento de lavado, una cama que se tiende (y aunque no la vemos, todxs sabemos que es una mujer), las uñas que se pintan de rosa Barbie, un hombre que se abrocha el cinturón, la Miss y una Chevy verde Aborto Legal Seguro y Gratuito (que antes que connotara esto, era un auto de industria nacional, símbolo de macho que se sube al auto, el auto que le alarga el pito, y con tres arrancadas te seduce desde la esquina – o más bien te asusta-)

Pero después aparece mi amado contrapunto audiovisual: esa herramienta que viene, como sugiere el tema, a incendiar toda la narración. A hacerme preguntas ¿realmente veo eso? ¿que me quieren decir?

Y aparecen las pibas del amor, las pibas que vinieron a discutirlo todo: la jugadora de fútbol femenino que no se conforma con las decisiones que toman un cúmulo de hombrecillos y lucha, hasta que en Diputados terminan sacando una ley para que el fútbol femenino también sea profesional; la madre que se amotina y no acepta que este MAL amamantar en una plaza, porque argumenta que lo que está mal es que lxs pibxs en las barriadas no tengan para comer, o que Chocobar lxs mate por la espalda, o que lxs repriman cuando salen a protestar porque la olla cada día está más vacía, o las leyes que lxs criminalizan.

La que en el probador de un local comprende que lo equivocado en el sistema no su cuerpo y sus majestuosas curvas, sino el pantalón tamaño bufanda con el rotulo de talle único. Como si nuestras cuerpas fueran diseñadas en un laboratorio y, al igual que un mini toy, saliéramos todxs iguales, de rulo, tamaño y color.

Jimena Barón, portadora de culo y abdominales, esta vez no baila al lado de quien conduce la canción. Usa su cuerpo, su voz, en diálogo con otros planos y acciones, para poner de manifiesto cómo la pobreza esta feminizada, cobrando siempre un 27% menos que un hombre. Y cómo los “comerciantes” utilizan nuestros cuerpos para vender productos. Nos utilizan como caras de negocios, porque si tenés una secretaria bella y joven ¿qué puede estar mal? ¿Eso acaso es símbolo de una empresa eficiente? ¿Contratar chicas lindas? ¿Y las feas de qué tenemos que trabajar? ¿En un negocio donde arreglan cosas rotas? ¿En una empresa que genere déficit?

Algo que me parece muy importante es el plano donde se ve a varias mujeres en un concurso de belleza, y es una mujer la que aparta a una de las concursantes ya que, según su juicio, no cumple con la norma o los estándares de belleza.

Resulta muy interesante poder cuestionar a las mujeres que en situaciones de poder también adoptan prácticas “masculinizadas”, que es una instancia que tenemos que incorporar. Porque responde a una generación, o a determinados privilegios de clase, el hecho de que estas mujeres adoptaran prácticas misóginas y competitivas, para poder acceder al poder. Y hoy hostigan, maltratan, dejan huellas psicológicas en muchas de nuestras compañeras. Es necesario invitar a esas mujeres a la reflexión, porque nos urge construir representatividades políticas, y las lógicas que llevan adelante estas mujeres no son las que elegimos. Y porque su suerte (privilegio) representa una minoría. Porque el avance de la derecha, encuentra nichos de resistencia y disputa de poder en un feminismo biologicista, rascista, trasfóbico, y anti-pobre. Y por sujetxs de derecho que no discuten con sus privilegios.

Y te meneo y muevo el culo como poeta, hago poesía de las nietas, canta la embajadora de la calle, Bolivia, acompañada por bailarinas, guerreras de la libre expresión del cuerpo.

En los ´90, años en los que nací, todas las bailarinas eran marcadas por sus docentes con la pauta de sonreír, de disimular si algo fallaba, de aguantar. Donde lxs gordxs bailábamos atrás y lxs lindxs adelante. Donde estaba bien si nos dolía el cuero cabelludo al peinarnos. Estas bailarinas son conscientes del poder de su cuerpo, de sus movimientos, de sus extremidades. Conciben sus pasos como territorio de lucha, sus pasos son balas al sistema. Su cuerpo, arena donde se funde el deseo de cambio, donde marcan el límite y menean la cadera, ya no para agradar a nadie. Mueven la cadera de la misma manera que hacemos parar al mundo en cada huelga, donde demostramos que las mujeres generamos plusvalía, bienes y servicios. Y que sin nosotras, la rueda del capitalismo se queda quieta.

La elección de las locaciones no es ingenua, representa lugares desde donde se ejerce el poder machista. La estación de servicio, cuyo bar siempre está repleto de hombres, dispuestos a masplanearte todas las veces que quieran porque seguro ellos saben mucho mejor que vos cómo funciona un auto.

El mismo lugar a donde lo llevaba tu marido, porque nosotras, aunque paguemos la mitad del vehículo y seamos excelentes economistas y estiradoras de sueldo, no íbamos. Porque no teníamos carnet. Porque no sabíamos, porque íbamos a arruinar el motor poniéndole cualquier nafta, porque nosotras no sabemos o siempre nos cagan. El sitio, que abrigó y fue templo, de machos atendidos por sus propios machos.

La cocina, lugar donde por años estuvo confinado parte del género. Decir que sos mujer y admitir que no te gusta cocinar, era/es una ofensa para muchxs . Como si fuera una afirmación que no puede coexistir en la misma oración que la palabra mujxr. Porque desde ahí, la nona amaso todas las desgracias del desarraigo, del aguantar. Porque en la espera de la salsa y la pasta, aguantó que tu abuelo se emborrache y le pegue, y que su hijo le falte el respeto.

Y todo esto, te lo canta la Miss desde el lavadero. Desde el lugar en el que muchas de nuestras abuelas y madres, pasaron largas horas del día lavado para afuera, o bien, lavando para sus propias familias. Porque la calle, lo público, la universidad, el trabajo rentado por fuera de la casa les fue negado.

Desde una pared de lavarropas automáticos, electrodoméstico que les devolvió tiempo a las mujeres para vivir algo de vida, incendia el sentido común y te canta las 40.

Me vuelvo una fiera, como Juana Azurduy, que empuña el sable, y no pide “porfi porfi” la independencia de una potencia que oprime. Ahora el potrero ya no es exclusivo de hombres, el lugar del conductor en el auto, la mesa servida a su hora, la linda consiguiendo el laburo y yo callando avergonzada por no cumplir con el mandato de belleza.

Thelma y Luis ya no saltan al vacío. Ahora saltan al encuentro con una comunidad organizada que las espera con un abrazo, un cántico y un reclamo unísono por sus derechos.

El lavarrap como espacio de encuentro, donde empezamos a discutir que la violencia ya no es un trapito para lavar en casa. Ahora lo personal es político. Nuestro amor es político. Nuestros vínculos, nuestros deseos, nuestros dolores, nuestras heridas de amor romántico.

Ahora se cayeron del mundo las ideas, formas de dominación que ataban nuestros pies, nuestras manos, nuestras mentes. Están naciendo nuevas identidades no dispuestas a resignar sus deseos y sus goces, y eso nos va a costar relaciones, personas, trabajos, militancias.

Se quema, arde, pero no llames a los bomberos. Es intencional, y queremos ver las cenizas.

Nuestro caballo de troya es pegadizo, musical, bailable, y nos encanta.

Es escopeta y fuego.

*Theodor Adorno. Filósofo alemán. Uno de los máximos exponentes de la Escuela de Frankfurt y de la teoría crítica.

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