“Special”: estantes NO placard

Por: María Etcheverriborde

El domingo me deprimí. Me hice mate con lo último que quedaba en el tarro: polvo y algunos palos. Le puse media tonelada de miel, porque quería algo dulce, y me entregué. Cerré los postigos de la habitación para estar a oscuras. Me quedé sentada arriba de la cama, en pijama, con mi perro mirándome, tomando mate de fin de mes, para dar rienda suelta al melodrama y un poco de andreadelboquismo. Porque intensidad y macrismo.

Puse Netflix dispuesta a ver algo acorde al momento: pensé en el diario de Bridget Jones, o algo bien basura, que me recuerde a mi infancia sin problemas de adultos. Para llorar, hiperventilar, autoflagelarme con todas las demandas de la sociedad incumplida, sintiéndome gorda, fea y desempleada. Pero un mensaje interrumpió todo el momento.

Si, justo cuando estaba por ahogarme en un mate lavado, llegó un inbox salvador que decía: “mira Special”. Y, bueno, eso hice.

No sé si me atrajo ese primer plano secuencia de Ryan, la caída y el rechazo, la parálisis cerebral o vivir con una persona discapacitada y saber de cerca lo que implica asumir esa realidad… O tal vez, el humor como vía de escape ante una realidad que no nos agrada, pero no podemos modificar.

Creo que lo que me mantuvo pegada a la pantalla, para ver los 8 capítulos de un tirón, fue la empatía que generó toda la narración. Como cineastas, muchas veces no necesitamos grandes despliegues tecnológicos, ni súper locaciones, ni máscaras en after, ni lentes supersónicos ( ¿o si?, ¿Faraona estas ahí?) sino, historias que trasciendan eso de “el rico y la pobre”, y nos trasladen a otros espacios, para poder pensar más allá de nuestro ombligo. Porque estas historias son ganarle al neoliberalismo, que fracciona, que hace que me preocupe solo por mí, y que sienta que nadie puede ponerse en mi lugar y comprenderme. Porque la empatía genera solidaridad, movimiento y organización.

En uno de los capítulos, Ryan tiene su primera vez. Es una primera vez paga, pero con responsabilidad sexoafectiva. Hay cuidados, pautas, preguntas, sensibilidad y límites comunes. Forros y lubricante. Hay empatía. Hay un registro del otrx, y un trato entre humanos humanizados. Y lo escribo así, porque miles de veces escuché historias de situaciones atroces. Vi en la tele situaciones sexuales idílicas y poco reales, con ausencia de preservativos y métodos de prevención de embarazos y enfermedades. Y banda de maltrato.

Aunque Ryan no lo diga, esa primera vez (para las mujeres siempre idealizadas desde el dolor y la entrega, y nunca desde el placer) está llena de micro acciones importantes, difíciles, llenas de miedos, de no poder.

Desprenderse el botón de la camisa, atarse los cordones, levantar un cierre, controlar movimientos suaves, rápidos o lentos, coordinar extremidades, hacer pis y controlar esfínteres, son algunas de las acciones súper cotidianas para algunxs, pero verdaderos desafíos para otrxs.

En esa descoordinación de movimientos, Ryan no hace las cosas “bellas y suaves”, típicas de la escena de amor. Más bien, a lo que asistimos como espectadores, es a ver a una persona que se esfuerza por poder generar eso. Finalmente, el deseo, la confianza, y las ganas de coger superan esos obstáculos. Pero, nuevamente, aparecen las limitaciones, la coordinación corporal, que para muchxs es algo totalmente dado, y dificulta esos “quehaceres” sexuales, pero gracias a la presencia de un compañerx paciente y respetuoso, se puede llevar acabo ese encuentro sexual.

Si nos preguntaran si podemos levantar o abrir las piernas, muchxs de nosotrxs responderíamos que sí; pero otrxs, les aseguro amigxs, no contestarían nada, por vergüenza sobre sus limitaciones corporales. Para ellxs la participación en el mundo social, sexual y laboral, está completamente cercenada.

Al final del encuentro, ambos personajes se recuestan y el trabajador sexual manifiesta haberse dado cuenta de la “patología” de Ryan, y cuenta haber estado con otras personas con estas dificultades motrices, y tener incluso cuadros más complejos que el suyo. Ryan, con vergüenza y timidez, cuenta que su pc es un grado leve.

Ryan en su cuerpo tiene marcas, cicatrices, huellas de operaciones, pero en su mente tiene marcado a fuego el rechazo de muchxs. Lleva consigo, y en sus movimientos, largas jornadas de estimulación, de ejercicios, de lágrimas por no poder. Su garganta tiene horas de discusiones con la prepaga para que les cubra su derecho de acceder a la salud. Su espalda, carga con el peso de ser especial. Pero, sobre todo, con el “deber” de ocultar esa discapacidad para encajar en este mundo de desencajados.

Porque encima de ser discapacitado o pc, es gay. Y eso ya bastante lo atormenta. Pero si encima de ser discapacitado y gay, fuera pobre, puff, otra seria la historia. Y seguro que no la veríamos en Netflix.

Ryan nos cuenta, de manera amorosa y sincera, cómo es vivir bajo la guillotina de la diferencia.

Cuando pienso en Ryan, pienso en la cantidad de pibxs, sin la suerte de tener una madre (o alguien que vele por ellos) y adapte el mundo a sus “limitaciones”, y los acompañe a lidiar con la mirada de lxs otrxs, siempre juzgadora y casi nunca inclusiva. Pienso en el baño que mi vieja tuvo que adaptar para que mi abuelo, pueda hacer algo tan esencial como bañarse. Pienso en los pibxs que esperan por un turno en los hospitales, para ir con unx fonoaudiólogx, unx terapista, unx psicopedagogx, unx kinesiólogx. Pienso en lxs trabajadores sociales, desbordados por faltas de herramientas del Estado para poder viabilizar soluciones. Y, por último, pienso en el Ministerio que nos falta.

En Argentina, hay muchos Ryan anónimos. Hoy el presupuesto para la Secretaría de Gobierno en Salud presenta una reducción real del 8,1% respecto al de 2018. Se destinarán menos recursos para medicamentos, para métodos anticonceptivos, para diagnóstico de infecciones de transmisión sexual y para la formación de equipos de salud desde una perspectiva comunitaria.

Otras áreas afectadas por el ajuste son de vital importancia para dar respuesta a enfermedades epidemiológicamente significativas. Por ejemplo, se estipula una reducción real del 56,1% en el crédito asignado al programa de Prevención y Control de Enfermedades Endémicas (responsable de prevenir las enfermedades transmitidas por vectores -chagas, dengue, paludismo, fiebre amarilla- y las zoonosis, y de intervenir en el control de situaciones de riesgo o emergencias).

El presupuesto 2019 también prevé un recorte que ronda el 20% en los hospitales nacionales, un 78% en el área que debe garantizar la calidad de los bancos de sangre y más de un 30% en el caso del INCUCAI.

Y, recientemente, desde las redes sociales se denuncia constantemente la falta de insumos para pacientes HIV, como también la quita de pensiones. Ni hablar de conseguir turnos, medicación o recibir sillas de ruedas o pañales.

Hace un tiempo, nos cambiaron, como figuritas en el recreo, Ministerios por secretarias. Y hace unos días, echaron de un camping a una pareja gay, y una jubilada se arrojó a las vías del subte porque no podía comprar sus medicamentos y alimentar a su familia.

Los armarios son para la ropa y cruzarlos no nos llevara a Narnia… No quiero armarios para la gente, y menos para el Ministerio de Salud o para los personas con discapacidades. Quiero estantes, con todos los derechos ordenados, para que todos lxs que tengan una necesidad encuentren una respuesta del Estado.

Quiero remedios, pañales, turnos. Quiero medicxs capacitados en sus disciplinas, pero también con perspectiva de género. Quiero que nos traten de humanos, y no como gente con partes enfermas.

Nos quiero radiantes, gozando derechos. Orgullosxs de ser lo que somos, pero, sobre todo, teniendo un Estado que nos cuide, nos abrigue, y no justifique que nos peguen por elegir. Si lo ven, díganle que lo extraño. Y voten para que vuelva.

Si se encuentran con Ryan, abrásenlo. Y díganle que me gustaría ser su amigx . Y si tienen Netflix miren Special.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *