El ruido de los golpes que me da tu ídolo, los escucho por TV

Por: María Etcheverriborde

Hace algunas semanas salió a la luz la serie de Monzón. Técnicamente impecable, con escenarios, material de archivo, subsidio INCAA y actorxs, que re-construyen un mundo, por momentos, muy parecido al de hoy; y por otros instantes, muy diferentes.

La historia comienza con la tortura y el asesinato de Alicia Muñiz, pareja de Carlos Monzón y madre de uno de sus 4 hijos. Desde el asesinato, aparecen la policía y los medios de comunicación a la par. Y sobre eso es que me interesa hacer foco. No quiero spoilear. Pero sí destacar algunos puntos importantes, con gafas violetas y el diario del lunes.

El primer capítulo comienza con una casa asaltada por la violencia y, si bien en las placas iniciales la palabra femicida aparece a la misma altura que campeón, hay que esperar 31 minutos de capítulo para ver a la mamá de Alicia Muniz. Sola, en una morgue, ante la frialdad de lo que “debe ser” un abogado, contando lo que es tener una hija subsumida por la violencia de un héroe que castiga por amor. Esa madre, somos todxs. Las lágrimas que caen de su rostro, las lloramos todas. La violencia machista se disfraza de locura, y la tele reviste los discursos para camuflar los golpes. “No quiero que sus amigos famosos digan por la tele que es un buen tipo, porque no lo es”.

En ese entonces, la figura de femicidio no estaba instalada, y nos hablaban de crimen pasional. Como si la pasión te llevará al asesinato. Otras vez, el amor romántico justificando la violencia. Otra vez, el ruido de los golpes que me da tu ídolo, los escucho por tv. Pero la tele y los medios gráficos de ese momento eligen hablar de “confuso episodio”, en el que Monzón habría estrangulado, golpeado y arrojado por un balcón el cuerpo de quien en ese momento era su pareja. Vaya manera de comprender lo confuso…

La tele, gran constructora de sentido, actúa de sí misma, en la propia serie de tele que se emite por la tele. Como si fuera la más egocéntrica de todas las criaturas del mundo. La tele cita a la tele de ese momento. La retrata como si fuera alguien lejano a sí misma. Tanto es así , que evidencia sus propias miserias y acuerdos internos.

Mucho antes de la madre de Alicia, y casi al comienzo, tenemos toda una escena donde el juez que actúa en la causa, arregla con los abogados de las dos partes, la no mediatización del caso, y el trabajo “tranquilo” de la justicia. Como si se pudiera dejar de lado, el propio poder judicial que componen los medios de comunicación masivos. Metros de cinta y material de archivo, dan cuenta de los litigios mediáticos. Hay más material audiovisual que expedientes judiciales. La tele tuvo hasta el poder de cambiarle el apellido a la víctima. Porque Muñiz, ese apellido que todxs recordamos, también lo invento la tele: en realidad es Muniz.

Otra escena para detenernos, ya en otro capítulo, es una charla que mantienen el abogado de la familia Muniz con un importante periodista del espectáculo: junto al Club de Pesca, en Mar del Plata, conversan. Me parece importante detenerme en ella, no tanto por su construcción o belleza como plano, sino por lo simbólico. Es presenciar un acuerdo que todxs conocemos, pero nadie cuenta, sobre el patriarcado y los medios de comunicación. Es vivir el momento, donde pactan cómo nos van a construir como víctimas, siempre culpables de nuestra propia muerte. Es reconocer que el dispositivo imagen es una parte importante del patriarcado. Es presenciar un acuerdo mediático, que casi nunca, beneficia a las mujeres.

Seguida de esta escena, asistimos a un casting de mujeres abogadas. Ya que la estrategia de la defensa de Monzón es apostar a una mujer capaz de defenderlo, para “mejorar” así, la opinión pública. Cualquier parecido al presente, es pura coincidencia.

Hace un tiempo, mirando la serie sobre Pablo Escobar, pensaba que había pocas mujeres, porque claro: hay pocas mujeres sicarias. Y la conclusión es que las mujeres y las disidencias vamos a seguir actuando de árbol, de lámpara, de puta, mamá, amante y secretaria hasta que caiga un meteorito feminista o nos hagamos lugar en los lugares de poder, donde se corta la verdadero pastel, que nunca nos dejan hornear.

Pero, para felicidad mía y tristeza de Fantino, eso ya empezó a pasar, y aunque aún faltan capítulos por ver, el tribunal que marcó historia de Monzón, estuvo presidido por la jueza Alicia Ramos Fondeville, quien también había tenido su propia lucha contra la cultura machista para llegar a ser la primera – y aún la única – mujer en la Cámara Penal de la Justicia de Mar del Plata.

Las imágenes construyen sentido común. Si en esas imágenes las mujeres estamos ausentes, como protagonistas o destinatarias, serán verdades a medias cuyo sentido común sostenga una ideología patriarcal y produzca la consolidación de estereotipos de género.

El patriarcado no es un invento de los medios, pero es innegable el aporte de sostenimiento y perpetuación que producen. Monzón es un hijo sano del patriarcado. Y a los hijos sanos del patriarcado también los construye la tele.

El protagonista de esta serie fue condenado a 11 años de prisión por homicidio simple. Ojala que ahora, el poder judicial de la tele, lo termine de condenar como femicida por toda la eternidad.

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