Las crudezas de la desigualdad: la otra cara del fútbol femenino profesional

Por: Melina Mendoza.

Desde el  21 de enero – momento en que se hace pública la denuncia de Macarena Sánchez al Club Deportivo UAI Urquiza y a AFA-, hasta Mayo -donde el Presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, Claudio Tapia, y el Secretario General de Agremiados, Sergio Marchi, firmaron el acuerdo que dio inicio a lo que ellos llaman “Liga Profesional Femenina de Fútbol”-, nos fuimos encontrando con una realidad dispar, donde todos los reclamos que suenan por lo bajo pero se viven en carne propia, en los espacios reducidos y maltrechos de entrenamiento y en las canchitas auxiliares mal sembradas, que ofician de escenario para los primeros equipos de fútbol femenino que disputan el torneo de primera A.

Esa realidad que resuena, y que sigue siendo cotidiana, es justificada con el amor al fútbol y al club, con las ganas de crecer y de creer. La desigualdad aparece en cada esfuerzo por juntar las monedas para pagar la ambulancia y la seguridad, o el pasaje para que alguna compañera llegue al predio a disputar la fecha.

Si pensamos en las condiciones que posibilitan las carreras de un jugador,  en contraste con las condiciones de una jugadora, vemos dos realidades completamente distintas: mientras que ellos entrenan desde pequeños para llegar a los 17 o 18 años y debutar en primera, perseguir carreras brillante y ganar el suficiente dinero para vivir una vida tranquila, ellas a los 14 años ya están circulando por las primeras categoría, sorteando los obstáculos que se les van presentando en una formación que es deficiente.

Además, muchas veces tienen que abandonar sus carreras como jugadoras para enfrentar la vida laboral o para estudiar alguna carrera. Con suerte, algunas logran, con el apoyo de sus familias, equilibrar ambas actividades. En este sentido, la necesidad de que sean reconocidas como jugadoras profesionales, debería implicar un cambio significativo, no sólo en término del reconocimiento económico, sino también, en la posibilidad de que regularicen su relación laboral, ya que cobrar un sueldo digno, no es lo mismo que recibir una beca, obtener viáticos, o tener que realizar otra tarea en el club. Entrenar sin la necesidad de tener otro trabajo y tener obra social, son condiciones que parecen obvias pero que no llegaron para las mujeres en el fútbol argentino.

Es aquí, entre lo que sucede y lo que debería suceder, que nos encontramos, con la cruda realidad. Las encrucijadas que se les presentan a las jugadoras como desafío, que en el fútbol masculino no existen. Y son estas dimensiones sexuales y políticas, que condicionan el “juego” en el fútbol femenino.

Entre la familia y la pasión

Lorena Benítez es una jugadora de la Selección Argentina de fútbol Y futsal, de Boca Jr y Kimberly, que ha sido protagonista de distintas notas previo a la copa mundial, primero por su reciente maternidad y, luego, por las condiciones en que lleva adelante su labor como jugadora amateur. Como trabajadora del Mercado Central, nos compartían sus rutinas en un vídeo, donde comentaba que desde las 4 de la mañana inicia su día, entre frutas/verduras y el Fútbol.

Finalizado el mundial, volvió a resonar su nombre ya que no se encontraba en la lista de jugadoras que participan de los juegos Panamericanos, pero esta vez, por decisión propia. A sus 20 años, y con un futuro prometedor como jugadora, ella advierte la siguiente situación: “Apenas me mandaron la citación para la Selección me di de baja. No iba a jugar más, tengo que trabajar para mi familia. De Boca me volvieron a hablar y me dieron una mano para que no deje el club y acepté. Pero terminaré el año y después seguro me dedicaré a mi familia. Con el trabajo que tengo, no puedo. Y no puedo dejar el trabajo. Ojalá fuera como con los varones. Rechacé varias ofertas del exterior, no puedo ir con mi familia. Mientras trabajemos las dos nada les va a faltar a los mellizos. Yo ya cumplí mi sueño, hoy sólo me importan ellos”. F

El mundial terminó y, sueño cumplido de por medio, tenemos que pensar en la encrucijada en la que se encuentra, entre el amor por su familia, por un lado, y por el fútbol y el futsal, por el otro. Hay que tener en cuenta que para ambas actividades deportivas el consumo del tiempo y la inversión es grande, ya que no sólo implica las horas de los partidos, de la previa y el post, si no también todas las horas que se invierten en los entrenamientos semanales.

La chica que trabaja en el mercado central y se levanta a las 2 de la mañana, la que iba a cumplir el sueño de jugar un mundial, ahora también tiene que asumir el rol de madre de familia. Lo que antes implicaba equilibrar lo laboral con el fútbol, ahora toma otro peso. Podríamos pensar que con las reformas que AFA viene disponiendo ese balance seria posible, pero observamos que no es suficiente. El cambio de Amateur a profesional, aunque signifique sueldos, contratos y mejores condiciones, no representa estabilidad laboral. Los contratos sólo tienen vigencia en tanto dura la temporada, lo que no permitiría que una jugadora abandone su entrada de dinero fija, es decir, su trabajo extradeportivo, que en el caso de Lorena sería el mercado central. Todo esto, aun siendo una de las jugadoras con más futuro.

Hay que tener en cuenta que el gasto físico que alguien pone en juego a la hora de entrenar y de practicar un deporte de alto rendimiento, sumado el esfuerzo que confiere el trabajo físico en el mercado central, no sería descabellado pensar que tanto el desgaste físico como emocional, podría impactar en un cuerpo convirtiéndose en riesgo de lesiones. De este modo, observamos cómo distintas cuestiones van obstaculizando el camino de progreso de una jugadora y su breve trayectoria.

Postergar la profesionalización

Deyna Castellanos, jugadora promesa de la selección venezolana, tiene en su haber un campeonato sudamericano con la sub 17, es goleadora histórica de la copa mundial sub 17, juegos olímpicos de la juventud, y además es la jugadora más joven en ser nominada al Premio The Best FIFA . Hoy milita en Florida State University, de la liga universitaria de fútbol de Estados Unidos.

Resonó en los medios las últimas semanas porque ha sido vinculada al Real Madrid Femenino, club que comenzará a disputar partidos dentro de la Liga Iberdrola en 2020. Ante esta posibilidad, decidió dar por terminado el rumor, mediante un hilo en Twitter: “Aquella aventura que empezó en el 2016 está por terminar y me gustaría cerrar mi ciclo en la liga universitaria en el Florida State Seminoles Fútbol con otro título nacional y como periodista. El camino no ha sido fácil y el dilema siempre me ha perseguido”.

Y agrega, haciendo un análisis de la realidad como futbolista: “Nosotras entrenamos y competimos por igual pero nuestra realidad nos orilla a tomar decisiones distintas. En mi caso, la oportunidad de recibir una beca deportiva fue la mejor decisión que pude haber tomado bajo el contexto del fútbol femenino actual. La beca que me da Florida State Seminoles Fútbol por sí sola tiene más valor económico que la mayoría de contratos profesionales en el fútbol femenino. ¿Ridículo? Sin duda”.

Fuente: Infobae

Pensando, entonces, en el caso de la jugadora venezolana, que teniendo la posibilidad de ser transferida al fútbol europeo disputaría una liga profesional, lo que le permitiría vivir del fútbol, sumado a que le aportaría a su carrera, el roce internacional, al disputar partido de la Women’s Champions League. Podría representar una de las máximas aspiraciones como jugadores, ya que no sólo le brinda ingresos económicos superiores, sino también un crecimiento a nivel deportivo. Sin embargo, bien entiende ella, que las realidades entre el fútbol masculino y femenino, aunque lo traslades a Europa, siguen siendo desiguales. Se le plantea nuevamente una encrucijada, que ella resuelve optando por postergar su profesionalización en el fútbol por un logro académico. Y que como alternativa a la inestabilidad laboral que representa ser “jugadora”, un título universitario le brinda una opción más a la hora de enfrentarse a la vida.

A través de estos ejemplos se expresan las desigualdades que existen entre el fútbol profesional masculino y el fútbol femenino y su incipiente profesionalización, no sólo vislumbrando la realidad Argentina sino también pensando en el escenario internacional.

Entender cómo las dimensiones políticas y sexuales condicionan el ingreso de las mujeres en el fútbol, creando realidades opuestas, que da cuenta de lo lejos que estamos aún de que se haga realidad la profesionalización para las jugadoras, y por lo tanto, considerarla como una auténtica actividad laboral. Y así no perder de vista que estamos en el camino, pero que es tan sólo el inicio, y que para hablar de profesionalización ya no deberíamos escuchar que un club da de baja la actividad; o que se salteen el reglamento para sumar a un equipo a la Primera, aunque sea del interior; ni los desplantes a las referentes argentinas cuando reclaman lo justo, como ha sucedido antes con Florencia Quiñones y Elisabeth Minning, y ahora, con Banini, Potassa, Bonsegundo y Bravo.

En el camino a la profesionalización hay que notar que no es suficiente saber, y que la mejor manera de acompañar, es no abandonar a las verdaderas protagonistas. Que el campo de juego, también, siempre sea un campo de lucha.

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