CINE: “Call me by your name”

Por: Camila Parrotta

Un pantallazo

Call me by your name, la película dirigida por Luca Guadagnino (Sicilia, 1971) estrenada en España, narra el vínculo de un adolescente judío de 17 años llamado Elio (Timothée Chalamet), que veranea con su culta familia en el norte de Italia, y Oliver (Armie Hammer), el académico que ha sido invitado por el padre de Elio (Michael Stuhlbarg) a pasar el verano en su villa para terminar su doctorado en cultura grecorromana.

El film está basado en una novela de André Aciman, publicada en 2007, y se encuentra en todas las listas de mejores películas del año de 2017: fue nominada a los premios Oscar por mejor película, mejor actor (Timothée Chalamet), mejor canción (The mistery of love, de Sufjan Stevens) y ganó el premio al mejor guión (de James Ivory).

Elio descubre sus deseos homoeróticos para con Oliver, (que no sabe cómo asumir) en pleno auge de la adolescencia, al mismo tiempo que intenta descifrar los signos confusos que su futuro amante le envía.

Situada en el verano del año 1983, la cinta recorre los emotivos paisajes del norte de Italia, acompañados por una sensible y tranquila banda sonora, reflejo de las sensaciones y sentimientos del primer amor. Los colores pastel tiñen cálidamente las imágenes bajo el sol del Mediterráneo y un aire primaveral y despreocupado invade las escenas.

¿Por qué “Call me by your name” deja a sus espectadores destrozadxs? (Spoiler alert)

En su mayoría, las escenas entre Elio y Oliver tienen un tinte voyerista que mantiene la atención del espectador en la pantalla, incluso haciéndolo cómplice de ciertas situaciones sumamente sensuales y traviesas.

Entre los protagonistas se genera un magnetismo fascinante, capaz de envolver a cualquiera que les esté prestando atención. Desde las señales visuales hasta la comunicación verbal (muy escueta por cierto) se construye una complicidad afectiva de caminos imprevisibles. La suma de estos ítems crea en el espectador unas ansias increíbles por el encuentro físico de los enamorados.

Los padres de Elio constituyen un auditorio también cómplice, y para que esto fuera posible era necesario situar la novela en los años ’80, cuando la modernidad todavía era alegre y despreocupada.

El arte del pasado tiene vital importancia presentado en estas luminosas imágenes como vestigios arqueológicos, que recobran vida en la actualidad. La belleza física en una escultura grecorromana encontrada en el mar, por ejemplo, nos hace pensar en los cuerpos de Elio y Oliver, similares a las piezas que podemos encontrar en un museo de arte. La antigüedad de la cultura europea actúa como huella del eterno retorno.

Pero finalmente, no son más que eso: restos atravesados por la fugacidad del tiempo que todo lo consume.

La cinta de Guadagnino reúne una serie de elementos capaces de destrozarnos el corazón: nada escapa al paso del tiempo, todo termina; incluso la tierna y eufórica aventura del primer amor.

La imagen desgarradora y desolada de Elio ya maduro –testimonio del paso de los años- frente a la estufa, nos arrastra a una nostalgia indecible, nos deja con los recuerdos de la brisa del verano mientras sentimos cómo nos empieza a congelar el otoño. El tiempo pasa y no vuelve.

Sin dudas, ésta es una de las escenas más conmovedoras que nos ha dejado el cine europeo en los últimos años.

No todo es color de rosas o más de lo mismo

Ahora bien, la historia atraviesa varios estadíos: curiosidad, atracción incomprendida, distancia, deseo, amor, frialdad. La homosexualidad no genera disputa, no se convierte en algo difícil de llevar, no hay padres que se revelen contra ellos (es más, los padres de Elio son sumamente comprensivos y gayfriendlys). Esto permite al espectador adentrarse de lleno en el romance y disfrutar de él, tanto como los protagonistas.

La atención de los lugareños es digna de mencionar, demostrada por ejemplo en la escena donde una señora les ofrece agua cuando están sedientos durante un paseo en bicicleta.

Si bien esta pareja puede explorar su relación sin tener que cargar con los dramas convencionales, el final rompe con esta línea. Tal como estamos acostumbrados a ver, los romances entre parejas LGBTIQ suelen durar poco. El problema no es que terminen, el problema es cómo: Oliver cede ante la presión social de una vida burguesa y convencional y la heteronorma nos patea en la cara nuevamente. El perverso cine comercial irrumpe en nuestro escenario vintage introduciendo a Call me by your name en la infinita lista de películas con temática LGBTIQ cuyo cierre es mediocre y hasta ofensivo, dejándonos con un sabor amargo muy difícil de borrar.

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