Macri ya fue, Vidal también: si vos querés, la tele paqui también

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Por: María Etcheverriborde

Hace una semana y días, se estrenó por la pantalla de Telefe una novela llamada Pequeña Victoria. Este hecho podría haber sido un producto más en la historia de la TV, pero quienes conocemos, o hemos escuchado, a Erika Halvolsen sabemos que es necesario prestar atención a lo que hace (recomiendo mucho el podcast de Anfibia Feminista sobre TV y feminismo).

Cuatro mujeres se encuentran. El final feliz de tener bebés y amar, aquí es el comienzo. La maternidad idílica es deconstruida y puesta en plano. Las mujeres ya no se pelean, y se ayudan entre sí para vivir más y mejor, pero sobre todo, para cumplir los sueños en colectivo.

Frente a una TV que “promueve” como historia de amor válida a la pareja binaria, de hombre-mujer, las traiciones, el amor romántico, la desconfianza, la tercera en discordia y lxs malxs; aparece una maternidad deseada, planificada y compartida.

Irrumpe en la pantalla el post parto, la dificultad de que “agarre la teta”, la dismorfia corporal después de parir, el hormonaza, la lógica hospitalaria, el aceite cannábico para uso medicinal y la segregación a las compañeras trans.

Es importante destacar, que en el campo de los estudios genéricos del universo audiovisual, la novela o el melodrama, han sido estudiadas, pero en casos muy específicos y ha sido abordada desde lugares menos estereotipados.

Hay una concepción muy machista de la novela, que entiende que debe ser consumida por “Doña Rosa”, quien es conservadora, a-política, romántica, paqui, heterosexual, desclasada y blanca. Al mismo tiempo las únicas acciones que realiza, como espectadora, son las de llorar o conmoverse. Es decir, nunca se dispone a pensar, revisar sus construcciones vinculares, o a qué pactos socio-afectivos adhiere.

La novela como género, funciona como estructura “válida” de las relaciones que debiéramos construir: normaliza y construye mandatos. Muchxs entienden a las telenovelas, como una narración de tradiciones. Y esto debiera ser un lugar desde donde pensar y revisar la construcción genérica.

Porque si los géneros audiovisuales se construyen a partir de rasgos comunes, presentes constantemente en él, entonces es hora de que esa construcción comience a ser revisada, y cuestionada.

Porque estoy hasta la coronilla de las novelas como “Las Mil y una Noches”, donde la protagonista, Sherazade, es consumida como cuerpo sexuado por su jefe, quien le propone acostarse con él, ya que la prepaga no le cubre la enfermedad de su hijx. Todo esto para después “enamorarse”, tener una relación violenta y maltratarla 240 capítulos.

O de Laysa en “Los Roldan”, donde la chica trans no puede vivir su amor a la luz del día, porque su enamorado es un ‘psico’ que la oculta, porque no le dan las pelotas ni la masculinidad para asumir que se enamoró más allá de la genitalidad de la que le habían dicho podía gustar.

Es necesario comenzar a visualizar otras formas de amar y de ser amadxs. ¿Por qué seguir perpetuando la lógica de amor unidireccional, posesivo y capitalista? Cuando la diaria nos demuestra que el amor es múltiple, fluctuante, diverso y con nuevos acuerdos que escapan a las tradiciones blancas y puras.

Pero sobre todo, nos urge atender a cómo es narrada, cómo es contada, y desde qué lugares se para a contar. Porque frente a una mayoría de novelas que promueven una historia gay desde la barrera de la no aceptación familiar, como la historia de relleno que viene a sumar progresismo, Pequeña Victoria establece la pregunta sobre porqué un hombre no se vincula con el mundo trans.

De esa forma, le quita la carga a lxs compañerxs, abandonando el lugar de tener que pedir perdón y permiso, y sobre, todo de explicar la razón de su identidad.

El problema no debiera ser decidir – porque desde que nos levantamos hasta que nos acostamos estamos decidiendo cosas-, el problema del mundo paqui es decidir que no queremos eso que establece como decisión ideal.

“Paqui” viene de paquidermo, una clasificación que se usaba para designar a animales gigantes, con piel muy gruesa y dura, agresivos, torpes, y brutos (tales como elefantes, hipopótamos y rinocerontes).

La abreviatura “paqui” comenzó a ser popularizada por el colectivo de lesbianas de los años sesenta,  porque la heterosexualidad, según ellas, es una posición política frente al mundo, torpe y aburrida. Pero lo paqui puede ser leído desde los consumos culturales, desde formas de hablar, así como desde lugares o comportamientos. 

Se trata de la sanción moral y discursiva, un desprecio a todo lo que no es elegido por ellxs. Es la resistencia negativa, y la no asunción de los privilegios de los cuales goza.

Pero señorxs, entérense que lo paqui ya no es lugar seguro desde donde tomar las decisiones del mundo. La historia paqui ya fue. Son lxs paquis lxs que tienen que revisar cómo se vinculan con el universo, y eso debe hacerse analizando cuáles discursos suprimen del imaginario social.

El mundo ya perteneció a ustedes demasiado tiempo, es hora de que nosotrxs agarremos la manija.

Es necesario que ellxs se cuestionen, que abran el juego a dejar de pensarse como el único posible capaz de construir un mundo nuevo: el centro del universo; y asumir que son quienes generalmente destruyen, quienes se oponen a todo, quienes nos traban todas las leyes que vienen a ampliar derechos y a dejarnos decidir sobre qué y quiénes queremos ser.

Como dice Susy Shock: “No queremos ser más esta humanidad”, y para eso es necesario construir también otra tele.

Es oKtubre y ya sabes: Macri ya fue

Vidal también.

Si vos querés, la tele paqui también.

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