Foto: Mariángeles Vallejos

Por: Mariángeles Vallejos

Si se tuviese que pensar en una ciudad feminista ¿cómo sería?, ¿qué incluiría y qué no? Muchxs pensaríamos en algo bastante parecido a cualquier ciudad durante un 8M, un 3 de junio o una Marcha por el Orgullo: fechas donde nos congregamos, nos hacemos visibles en la calle, marchamos, cantamos, gritamos. Fechas donde, sobre todo, transitar lo público nos resulta seguro, porque el acoso y el odio parecen no existir.

En el marco del 34 Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y no Binaries se llevó adelante el Conversatorio Ciudades Feministas, primero con esta temática en la historia de los Encuentros. Este espacio fue motorizado por La ciudad que resiste. Hacia un urbanismo feminista, un proyecto de extensión de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UNLP. La dinámica fue la habitual de los talleres y tuvo que desdoblarse en tres partes para poder incluir a todas las personas que se sumaron.

Quien haya transitado una ciudad con un cuerpo feminizado sabrá que hay horarios para las cosas, que existen zonas más o menos iluminadas, donde hay mayor o menor movimiento e incluso, zonas intransitables. Ahora bien ¿cómo medimos a una ciudad según lo que nos permite y lo que no nos permite hacer? Una de las propuestas del taller, tomada de algunas corrientes de la economía heterodoxa latinoamericana, fue utilizar al Buen Vivir (que proviene del quechua sumak kawsay) como forma de medida. El Buen Vivir implica considerar la satisfacción de necesidades y la expansión de potencialidades de la población, supone tiempo para la amistad, la emancipación, la socialización y la contemplación. De esta forma, la invitación fue pensar de qué manera nuestras ciudades colaboran o no con el logro de ese Buen Vivir y, como en todos los talleres desde hace 34 Encuentros, surgieron propuestas.

Primero, caminar las ciudades con los ojos de quien quiere conocer para poder hacer. Establecer señalizaciones que recuperen nuestras luchas y nuestra historia, tal como ocurre con las baldosas blancas por la memoria. El muralismo, al mismo tiempo, como intervención donde el arte nos dice algo sobre el lugar que estamos pisando, así como sucedió con la Casa Sandra Ayala Gamboa en pleno centro de La Plata, donde se explicita “acá se cometió un femicidio”. Rampas, bancos para lxs viejxs, plazas con juegos para lxs niñxs. Ciudades que nos incluyan a todxs no sólo a quien tiene la posibilidad de pagarlo.

Foto: Mariángeles Vallejos

El intercambio también incluyó el nuevo código de ordenamiento urbano que legaliza construir viviendas de sólo 18m2 en la Ciudad de Buenos Aires, se habló del acoso callejero, la publicidad en la vía pública y la organización de barrios enteros en terrenos tomados. La variedad de temas ayuda a pensar en todo lo que le falta a las ciudades para lograr ese Buen Vivir y en todos aquellos aspectos sobre los que ya se está accionando con una mirada feminista.

Desde esta ciudad de baldosas flojas, con riesgo de inundación, con casonas del siglo XIX que pueden ser demolidas para reemplazarlas por monoambientes, con barrios enteros sin acceso a servicios como el gas, la luz o el transporte público, con el miedo a salir de noche más allá de las luces led o las cámaras de vigilancia, se vuelve grito que este espacio se perpetúe como taller en el resto de los encuentros y no como un conversatorio. Que sus conclusiones expresen el debate, las necesidades, las experiencias y todo ello, quede en la memoria de los encuentros ¡Que sea taller!


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