Betty la Fea somos todxs

Por: María Etcheverriborde

Este verano Netflix lanzó algunos contenidos ya vistos en la TV que habían sido éxitos en el pasado. ¿Su intención? volver a ver esos sucesos que amábamos todxs.  Pero como dice el dicho, esto también puede malir sal. Y así descubrimos que en “Rebelde Way” Manuel violentaba a Mía, que Pablo violentaba a Marizza, que ambos intentaron violarlas pero todo se arregló con y por amor. Descubrimos que toda nuestra infancia estuvo hiper sexualizada y que adorábamos personajes mega violentos. Descubrimos, detrás de galanes, potenciales femicidas.

En ese maratón añejo, caluroso y nocturno, me propuse ver con gafas violetas las otras series que amé.  Sin miedo a hallar allí la misma violencia con la que reniego a diario. Así me encontré con “Betty la Fea”, ubicada en el puesto 10 de las más vistas, y me dispuse a verla motivada por algunas preguntas: ¿qué cuentan las historias de amor, sobre todo aquello que no es amor? ¿se puede romantizar la violencia? ¿qué vemos cuando miramos tv? ¿qué conceptos se vuelven fundamentales a la hora de poder mirar sin naturalizar la violencia? ¿qué vimos? ¿qué aprendí? ¿qué es ver con gafas violetas? ¿puede eso ayudarme a no dar como válido situaciones que no quiero? ¿cómo se filma a las feas? ¿qué es ser fea? ¿según quién?

Un dato curioso es que dicha narración fue presentada a lxs espectadores en su momento como una novela de ruptura, ya que su protagonista no era una heroína típica y rompía la norma: era fea, inteligente y, sobre todo, amiga de otras mujeres feas que reivindicaban su derecho a serlo, organizándose en el llamado “Cuartel de las feas”. Convirtiendo el baño en su trinchera y punto de encuentro.

Volví a ver esa serie que fue furor en nuestro país en el 2000, que a su vez fue emitida en más de 180 países, doblada a 25 idiomas y adaptada unas 28 veces alrededor del mundo.

Yo soy Betty la Fea es la historia de Beatriz Pinzón Solano, una chica muy formada en términos académicos, recomendada para muy buenos trabajos por sus docentes y antiguos jefes, pero bochada al poner en el CV una foto suya. Advirtiendo que su problema es la fealdad, decide presentarse a un trabajo inferior, omitiendo poner dicho retrato. De esta manera consigue la entrevista de trabajo en una reconocida empresa de modas, pero nuevamente, al acudir a la entrevista, comentan más sus pocos atributos físicos que sus cualidades intelectuales. Cómo consecuencia, no logra conseguir el trabajo, y en su lugar ponen a una rubia espectacular.

Hasta acá horrible pero sigue. Alguno de todos los hombres en situación de poder se rescata de que una secretaria no debe ser sólo linda y brindar una “buena imagen de la empresa”, sino también poseer conocimientos específicos para el trabajo que va a realizar. Por lo cual, la contratan pero deciden “ocultarla” para no afectar la imagen de la empresa, y la ubican en un cuartito (ex deposito) atrás de la oficina de su jefe, Don Armando. Allí Betty pasará sus días trabajando precarizada, enamorándose de su jefe, siendo denigrada por simplemente ser fea, y siendo víctima de violencia psicológica por la mayoría del elenco. Pero también habrá otros días,  donde se acercara a otras mujeres, tejera redes, cuestionara el poder en manos de hombres, tomara decisiones, salvará la empresa, descubrirá que su jefe finje amor para así controlarla, manipularla, y salvaguardar sus intereses económicos. Conversara con mujeres bellas,  y se dará cuenta que ellas también son violentadas por el patriarcado, aunque cumplan con casi todos los mandatos y designios que establece. Cambiará su look, comprenderá que debe ponerle fin al sistema de violencias, conocerá el mar, aprenderá rituales de belleza hegemónicos, se culpara por no haber descubierto el amor propio antes y hará publicidad encubierta de Pantene.   En fin, un montón de capítulos que confluyen en una Betty que deja de ser fea y se casa con el violento, manipulador, y machirulo de Armando Mendoza. Y si bien triunfara como Directora de una multinacional, abandonará todo para ser madre y cuidar.

Pero Betty también es la historia de amor de una mujer con un hombre. Un hombre sanito de patriarcado. Que no sabe llorar, manifestar amor, acompañar, amar saludablemente. Sabe gritar, presionar, manipular, demostrar poder, acabar, estar con muchas mujeres para demostrar hombría, compartir información de la intimidad sexual de su pareja con otros hombres, emborracharse cuando una mujer le dice que no, acosar, patear puertas, patear personas, cagarse a palo, putear, maldecir, y auto-lastimarse. Pero recubierto de un amor, que ahora no puedo apreciar, ver, porque por más que insistamos no está. Porque amar a alguien así supone mucho esfuerzo. Es casi una cuestión de fe o confianza ciega.  Supone quedarse solo con esos micro momentos de intimidad donde ese varón se permite romper con su propia educación, su propia profecía autocumplida. Porque Armando amo con culpa a una fea, y maltrato a la fea desde ese lugar de desobediencia. Porque como galán desobedeció la orden de relacionarse solo con mujeres bellas dignas de tapas de revistas. Porque solo después de romperla en mil pedazos a la mujer que amaba, la pudo apreciar. Porque nos quieren rotas, pero no libres.

Betty tiene anteojos, bracket, bigote, ropa holgada y heredada. Es tímida por educación, dulce por mandato, temerosa por jurisdicción. Padece violencia por no adherir a las normas estéticas del patriarcado, por desatender ese tercer tiempo que nos supone bellas portadoras de conocimiento. Por no tener ese valor estético que como objetos a ser vistos y consumidos las mujeres tenemos que tener. Pero lo peor de todo, es sentir el filo del patriarcado por esas otras mujeres que fueron las mejores alumnas de un mundo desigual y hostigaron a otras, haciéndoles sentir el mandato y el precio de desatender el orden social dominante.

Pero también existen las desobedientes, esas que se sientan al final del salón, murmuran y desafían quien tiene la verdad. Así apareció en la vida de Betty y en la pantalla de sus espectadoras el “Cuartel de las feas”. Mujeres que se aliaron ante un devenir perverso, gritón, de pocos pesos y larga jornada laboral. De todos jefes varones, de exclusión. De rebeldia.

Me da mucha culpa mirar sin ver, y agradezco estas gafas violetas que me permiten observar, y denunciar los modos de construir y pensar las identidades sexuales desde una concepción de heterosexualidad normada y obligatoria que excluye. Porque es por medio de ellas, que podemos desnaturalizar la violencia simbólica y militar está posición política para  develar la desigualdad y la subordinación entre mujeres y varones. Porque por medio de ellas podemos comprender que somos narradas desde lugares que afectan no solo la percepción que se tiene de nosotras, sino nuestra propia manera de percibirnos. Y que construyen hombres y mujeres que no pueden vincularse sin agredirse, porque legitiman la agresión como forma de amar y ser amadxs.

No quiero esperar a que llegue a la pantalla la historia de la fea, la gorda, la chueca, la bizcacha, porque esa historia tampoco habla de mi . Y mucho menos de ellas. Estas series que ayer Netflix subió hablan de un colectivo que ya no pasa más. Hoy somos otras, este verano andamos en bondi, pero llenos de compañeras.  Usamos Bikini aunque se nos salte el rollo. Nos liberamos del pareo, y la celulitis copa toda la playa. Este verano hay sol pero no encandila, porque por fin tenemos gafas violetas. Este verano, no me chapo más al lobo feroz y le tejo orejas de cordero.

Este verano llegamos todas juntas, al grito de Betty la fea somos todas, y acá estamos tus hermanas.

IVIT

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