El vaginismo y yo: de cómo me hice amiga de mi cuerpa

Por: Anónimx

Tengo 29 años y tengo vaginismo. Así te lo cuento: de la forma más directa que puedo, sin dibujar introducciones bonitas o sutiles. Porque nunca me gustó ser tibia: opto por la frontalidad y por llamar a las cosas por su nombre.

Te cuento, además, que tengo vaginismo – aparentemente – desde siempre, pero fue una ginecóloga, de mi ciudad natal, a los 18 años quien introdujo este término en mi vida, quien – de alguna manera –  corrió las cortinas de esa ventana y me permitió despejar la incógnita, entender qué era lo que me pasaba cuando tenía intimidad con mi segundo novio, en ese momento.

Entre lxs que están leyendo, estarán lxs ya saben de qué trata el vaginismo y estarán aquellxs que no: se define, en términos simples, como la aparición persistente de espasmos involuntarios de la musculatura del tercio externo de la vagina frente a la introducción del pene, de los dedos o del espéculo. Es decir, es la contracción involuntaria de los músculos perineales que impiden la penetración de algo en su interior.

Pero para definiciones más amplias, para indagar en las características o causas compartidas, está el Tío Google. Me gustaría hablar del vaginismo como una excusa para exorcizarme.

Tener vaginismo me permitió – después de 29 años, lo puedo ver de esa forma – hablar de la sexualidad, desde otro ángulo y por fuera de la mirada hetero-cis patriarcal.

Sí, para el resto de lxs mortales, yo era y soy virgen. Mi cuerpa nunca “tuvo el gusto de tener un pene dentro suyo”, y los hombres, con quienes me acosté, nunca pudieron saciar su deseo de penetrarme.

Santiago, mi novio de allá por el 2015, me reveló que jamás se le hubiese ocurrido contarle a sus amigxs que yo tenía “eso”, porque ya conocía la respuesta del otro lado: le iban a cuestionar qué estaba haciendo conmigo, “con alguien así”.

Nicolás, el pibe con el me junté a tomar una birra y que solo había visto una vez en una entrevista radial que le hice, me acostó en su cama e intentó penetrarme por la fuerza: la fuerza física –  al 80%, podríamos decir – la tenía él, por su contextura y porque me tenía agarrada desde arriba sosteniéndome los brazos. No entendía – o no quería entender – que no era un capricho mío, realmente mi cabeza estaba mandando la orden a mi vagina para que se cerrara.

Sí, porque quizás no les aclaré esa parte: las causas más frecuentes del vaginismo, son psicológicas: reprimirse frente a la sensación de que esa experiencia sexual te va a causar dolor. Es un reflejo, una contracción, una fobia.

También estuvo mi amiga, Laura, quien al contarle que había ido al “telo” con mi novio – de aquel momento – me preguntó: “Ay qué bien, ¿o sea que ya pudiste?”. Yo no entendía bien qué tenía que responder: ¿qué significa poder? ¿Yo, que no logro que me penetren, no puedo ir a un “telo”? ¿Tengo ese pase abnegado?

En fin, con terapia psicoanalítica, pude llegar al hueso de la cuestión: identificar porqué yo pensaba así, quién o qué me había generado ese miedo. Perfecto, pero no es suficiente, le dije a mi psicóloga. Yo necesitaba darle una respuesta a mi cuerpa. “No quiero quedarme acá, lamentando y llorando porque no puedo disfrutar como esa piba, como mi hermana, como mi amiga, como mi mamá”, le respondí.

Y ahí hice el clic. Cuando dejé de preocuparme por darle una respuesta a los pibes con los que me acostaba, o a mis novios. Por el contrario, quise atenderla a ella, a mi vulva, a mi vagina, a mi cuerpa.

Durante todo este tiempo, mi cuerpa buscó comunicarse conmigo y lo supo hacer a través de la resistencia, ella también fue víctima de lo “no-aprehendido” o más bien, “de lo interiorizado por el poder de una cultura machista, católica y patriarcal”: había logrado interiorizar la culpa de sentir placer. Pasarla bien era mala palabra.

Había interiorizado la relación sexual como un mandato en donde mi cuerpa se entregaba cual sacrificio, una cuerpa para otro, una cuerpa regulada social y culturalmente, abnegada y pasiva.

La búsqueda de mis deseos, de mi placer, de mi dominio sobre mi propia cuerpa, quedaban en segundo lugar.

Fue así que, de la mano también de una sexóloga que me abrazo el corazón, y de esas amigas que sí supieron escucharme y no juzgarme, pude ver que no había nada malo conmigo, que no tenía ningún problema, que no tenía una “disfunción sexual”, que no era ninguna víctima. Durante estos años aprendí a ser una persona sexual, a disfrutar de mi cuerpa de otras maneras. Y sí, déjame decirte que disfrute muchísimo.

Construí el vaginismo como una “performance contestataria” – no voluntaria, pero sí ahora justificada – que exige pensar la interacción sexual desde otras alternativas.

El patriarcado me había hecho creer, desde mi adolescencia, que yo tenía un problema, y que ese problema me hacía “menos merecedora de deseo, de placer, de pasarla bien” que el resto de las mujeres. Que hasta que no “resolviera ese problema” tenía que pasarla mal, ver y sentir mi autoestima por el piso, o simplemente “bancármela”.

Tenía que hacer todo para resolverlo y para, de esta forma, satisfacer al hombre, satisfacer su necesidad imperante de que mi cuerpa sea únicamente, receptáculo de un pene. De su pene, nada más. Obvio.

Cómo olvidarme de Juan Patricio, mucho más grande que yo, quien en cada encuentro sexual, me “consolaba” diciéndome que él me iba a “ayudar a solucionar esto”, que ÉL necesitaba estar dentro mío. Después me di cuenta que era un gil, – por otras cuestiones- y que todo esto que me había dicho, tomaba sentido con su mentalidad y personalidad.

También estuvieron esos hombres que no hicieron del vaginismo, un impedimento a NADA. Y si bien, sabemos que no necesitamos de la aprobación del otrx para querernos; sus palabras y actos me hicieron sentir deseada, – y creo que es una de las sensaciones más bellas.

Cómo olvidarme de ellas, de las mujeres que abrazaron mi cuerpa, e incluso – hasta la más machista – me cayó la boca cuando yo quería seguir explicándome, excusándome, argumentándome, y por el contrario, solo se preocupó porque la pasemos bien.

Esto no es una batalla diaria conmigo misma. Es un asunto del cual me quiero ocupar, pero con el solo objetivo de seguir disfrutando. De seguir sumando posibilidades de goce, de disfrutar de lxs cuerpxs. Sin restricciones, sin pensar. Eso: sumemos más pasión, más intensidad, más corazón, más placer a la cama – o a donde sea que estén – pero no tanta racionalidad, ni cabeza. Al menos, es lo que yo me repito siempre.

Mi objetivo es que cuando busquen notas, o un relato de una mujer con vaginismo, puedas leer algo que no sea puro drama. Yo estoy acá, tengo casi 30 años, sigo con vaginismo, sí. No me hago la superadora ni mucho menos. Pero mi cuerpa es mi casa, y mientras estemos acá adentro, mierda qué la vamos a pasar bien.

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