Ni héroe ni monstruo: FEMICIDA

Por: Victoria Briccola

Ilustración: Ivit

Diseño: Valen Cachorro

Allá por noviembre de 1992 no se hablaba “violencia de género”, ni existía la figura penal de “femicidio”. Persistía, sin embargo, un machismo encubierto. La atrocidad cometida por Ricardo Barreda se banalizaba con humoradas, y hasta llegó a ser aplaudido y ovacionado en lugares públicos. Hombres que le pedían autógrafos o le palmeaban la espalda.

¿Por qué? Principalmente por la violencia simbólica creada en torno al estereotipo de la “esposa y suegra”: Siempre insoportables, locas, brujas, manipuladoras, y anda a saber, cuántas cosas más.

Más de una vez hemos escuchado: “a la mujer y la suegra, lo entiendo; pero por qué a las hijas”. Lo que había hecho Barreda era visto, por muchxs, como un acto de justicia: fue considerado un ídolo por muchxs. Un héroe. Un santo. Fue, entonces, un espejo de lo que esxs muchxs tenían incorporado: la violencia machista.

Siempre presente y latente la justificación. ¿Qué motiva a un hombre a tomar una escopeta y asesinar a su mujer, a su suegra y a sus dos hijas?   Le decían “Conchita”. Y esa fue la única versión que se repitió por años y años. Claro, era la versión de Barreda, porque de las mujeres jamás se supo. Los medios, y en consecuencia lxs argentinxs, también repitieron esa lógica.

Si bien avanzamos un par de casilleros, sería necesario revisar los que ya dejamos atrás y si realmente aprendimos. Barreda no fue ni héroe, ni un ídolo ni un monstruo o animal. Fue un hombre sano del patriarcado, un misógino, un femicida. 

Cabe recordar, que en aquellos tiempos, Barreda había negado la acusación en su contra e intentó hacer pasar el hecho como “un robo a su casa”, pero finalmente confesó los crímenes. En 1995 fue condenado, en juicio oral, a reclusión perpetua por triple homicidio calificado y un homicidio simple.

Murió el pasado 25 de mayo, olvidado en un geriátrico de José C. Paz.  La casa en la que vivía el odontólogo con su familia, ubicada en el centro de la ciudad, continúa abandonada e inhabilitada para funcionar como centro de prevención de la violencia de género.

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