¿Qué rol cumplen los festivales y las muestras de cine en nuestro país? En un contexto de ataque contra las expresiones audiovisuales independientes, espacios y pantallas alternativas se encienden para acercar historias, identidad y memoria. En esta nota, un repaso por la resistencia de las pantallas durante 2025.

Por Daniela Pereyra *
Abriendo Fronteras, Encendiendo la mecha y Sin INCAA no habría…, frases que a simple vista no tienen un denominador común pero que se resignifican y cargan de sentido cuando se identifica su origen: nombres y consignas de festivales y muestras de cine. Son todas frases que interpelan, que llaman a la acción, inclusive la tercera, que invita a completarla y a pensar qué pasa si desaparecen las políticas públicas que fomentan y protegen el cine nacional. Abriendo Fronteras fue el lema de la edición 2025 del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos (FICDH), Encendiendo la mecha fue la idea que guió la programación de la muestra DOCA de este año, y Sin INCAA no habría… un ciclo de cine que invita un domingo por mes a encontrarse con una película argentina en el Circuito Cultural JJ, en el barrio de Abasto. Entre las tres propuestas se puede armar una idea de lo que puede hacer el cine y lo que pueden generar los encuentros con una pantalla grande enfrente.

Si imaginamos un mapa de la ciudad de Buenos Aires con los espacios de exhibición de películas, seguramente podríamos ver cómo algunas zonas concentran esos puntitos rojos que aparecen cuando buscamos una ubicación, sobre todo, en la zona norte y el centro de la ciudad. Si hacemos zoom, nos van apareciendo los nombres y fotos de esas salas, en su mayoría complejos multipantallas en centros comerciales con carteleras donde abundan las grandes producciones internacionales, y ocasionalmente algún tanque nacional, protagonizado por algún actor o actriz famosos. En ese mapa también aparecen espacios históricos como el cine Gaumont, que depende del INCAA, y el cine Lorca sobre la avenida Corrientes, que ofrecen una programación más diversa, con cine independiente argentino y de otros países.
En este escenario, ¿cuál es el rol que cumplen los festivales y ciclos de cine? Vamos a poner imágenes en palabras y a los protagonistas en primer plano para responder a esta pregunta.
Una noche de junio la sala del Centro Cultural 25 de Mayo en Villa Urquiza se llena de gente. Hay saludos, abrazos y folletos que anuncian la programación de una nueva edición del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos. Unos minutos más tarde y con el público ya ubicado en las butacas, el escenario del cine teatro vuelve a llenarse de emoción. Se recuerda a Nora Cortiñas como una ferviente espectadora del festival, entre aplausos y alguna que otra lágrima, y los abrazos se vuelven a estrechar, cuando la familia Santucho, organizadora del Festival, se funde en esa expresión junto a Daniel, niño apropiado en la última dictadura militar argentina, que recuperó su identidad en 2024 gracias a la la lucha incansable de su familia, y el trabajo de Abuelas de Plaza de Mayo. Florencia Santucho, directora del Festival y hermana de Daniel, cuenta que el festival surge en 1997, y “supo presentar un faro para las demás muestras y festivales latinoamericanos como ejemplo de aunar luchas sociales con el mundo cinéfilo”. Durante una semana se ofrece una programación amplia de películas de todo el mundo, documentales y ficción, con foco en temáticas como género, infancias, pueblos originarios, memoria y cuestiones ambientales. El festival no se cierra al cine, y propone una serie de actividades que van desde muestras de arte, performances, charlas y hasta música en vivo: “Esa es nuestra visión del arte, que vaya construyendo puentes”, cuenta Florencia. Construir puentes y abrir fronteras, tal como se explicita en el slogan de este año y se comprueba con películas como “No other land”, la coproducción palestino-noruega que ganó el Oscar a mejor película extranjera y pone en primer plano el asedio israelí sobre Cisjordania; un documental que acerca el conflicto, con las cámaras que acompañan y escapan de los ataques de las fuerzas de seguridad israelíes. También abre fronteras hacia adentro de nuestro país, con la proyección de documentales y ficciones de distintas partes de Argentina, ofreciendo un panorama de la realización cinematográfica nacional que acompaña la lucha por los derechos humanos.
“El festival vino de la mano del reclamo de memoria, verdad y justicia, pero a partir del 2000 también supo acompañar e involucrarse en los movimientos sociales y de lucha por los derechos civiles”, explica Florencia y agrega: “Desde 2001 cuando hubo una apropiación del recurso audiovisual por los movimientos sociales y se democratizó el acceso a la producción cinematográfica, Argentina se convirtió en una referencia internacional para un cine documental, de observación, de autorrepresentación de los pueblos”. Estas palabras podrían servir también a modo de sinopsis de “Elogio de la rebelión”, el documental de Fernando Krichmar que abrió la muestra DOCA de este año. Una producción que recopila el registro audiovisual realizado por cooperativas y colectivos sociales al calor de las luchas de la década del 90, y que tienen su corolario con la crisis económica y política de diciembre de 2001 en Argentina. Natalia Vinelli, de Barricada TV, colectivo audiovisual que coproduce “Elogio de la rebelión”, desarrolla la idea detrás de mostrar esas luchas de años: “Todos y todas nosotras nos formamos en el audiovisual, nos formamos en la militancia, nos formamos en el corte de ruta y creo que ahí también está el punto de la discusión que queremos dar cuando decimos Encendiendo la mecha. Hubo resistencias muy significativas que habilitaron el camino para el 2001, estas películas y esta muestra en general recuperan eso”.
DOCA es una asociación de documentalistas argentinos que desde su conformación trabaja para potenciar la realización de documentales, con diversidad de historias y miradas, y que también reclama y lucha por la exhibición de este tipo de producciones. Este año la muestra tiene distintas sedes en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en la provincia de Buenos Aires, y se replica en Tucumán. Entre las salas donde se lleva cabo está el icónico cine Gaumont, donde un miércoles a la noche se ve una fila que sale de la puerta principal y se extiende hasta los locales vecinos. Podría pensarse que son espectadores para ver la última película de Adrián Suar, pero no: se está por dar sala para el estreno de “Resistenza”, un documental de Omar Nieri y Mónica Simoncini, que forma parte de la muestra. Algo parecido pasa con “Norma también”, dirigido por Natalia Vinelli y Alejandra Guzzo, que agotó las entradas días antes de la función. Y una vez más vamos a los años 90 y vemos a la luchadora incansable del movimiento de jubilados, Norma Plá. Con la muestra DOCA, la mecha del activismo y la movilización se enciende en las pantallas, con películas que también tratan sobre el conflicto en Palestina, el feminismo y problemáticas ambientales.
Para quienes no llegaron a ver “Norma también” en esos días, hay revancha. Unas semanas después, se anuncia en el ciclo Sin INCAA no habría…. Y con esta experiencia, tenemos el caso concreto de la transformación de un espacio cultural en sala de cine. El Circuito Cultural JJ en Almagro tiene una propuesta cultural variada, entre presentaciones de libros, charlas, música en vivo y fiestas, con una marcada apertura a los vínculos entre los vecinos y la acción comunitaria. Y en ese contexto, llega el cine. Lucía, organizadora del ciclo lo describe de esta manera: “Pensamos en este ciclo como una propuesta para seguir difundiendo y poniendo en valor el cine nacional que sufre las consecuencias de la ausencia de pantallas. Sentíamos que hacía falta espacios donde los directores puedan encontrarse con los espectadores, charlar, reflexionar, intercambiar, y responder a esta necesidad desde un lugar sociopolítico.” En cada función realizadores y productores acompañan las películas y charlan con el público. Como entrada se pide un alimento no perecedero que distribuyen entre comedores y merenderos del barrio. El ciclo existe desde 2023, y el nombre lo eligieron por la importancia que tiene un instituto nacional para la cinematografía, y Lucía cuenta que “fueron los directores mismos quienes nos dieron a entender qué pasaría si no existiese un instituto de cine: no existirían obras clave para nuestra sociedad y además no habría quiénes narren nuestras historias”. En este mismo sentido, Teresa Saporiti cineasta perteneciente a DOCA, explicaba en la charla previa de una función, que aún no saben qué muestra podrán hacer el año siguiente por la desfinanciación y el nulo fomento a la producción de películas desde el Instituto. Mientras tanto las pantallas siguen encendiéndose. En Sin INCAA no habría… pasaron películas argentinas de estreno reciente como “Alemania”, “LS83”, “Quinografía”, las mismas que “se cree” que no llevan espectadores y, sin embargo, en un centro cultural de barrio, en un festival o en muestra agotan las entradas.

¿Por qué poner corazón, pasión y trabajo en estas experiencias? Lucía (Sin INCAA no habría…) afirma: “Frente a la proliferación de pantallas individuales, armar un espacio colectivo para que todos nos juntemos en una misma pantalla a ver una obra nacional nos parece esencial”. Fernando (DOCA) refuerza: “El mismo dispositivo cinematográfico de la sala oscura permite otro nivel de reflexión, otro nivel de socialización de los materiales. La idea es generar reflexiones más colectivas”. Y en sintonía, Florencia (FICDH) concluye: “Hacer un festival de cine en un momento de deterioro, de destrucción del mundo cultural y cinematográfico en particular, es claramente una resistencia y una forma de seguir adelante, de darnos la posibilidad de sostenernos mutuamente”.
Las pantallas grandes resisten y el público acompaña.
Daniela Pereyra es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y docente de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).